De cerca

Excesivo por naturaleza

Creador del «realismo delirante», Alberto Laiseca, recuerda sus comienzos en la literatura. Fobias y obsesiones de un escritor que le dio forma a una obra tan original como estimulante.   El padre del «realismo delirante» abre la puerta de su casa y se escapa una minúscula gata negra que cree que juega cuando muerde. Hace dos días que no atiende el teléfono, porque lo había desconectado para dormir y así había quedado. En su escritorio se apilan libros, botellas, bolsas de compras que alguien parece haber hecho por él en el supermercado, regalos de sus alumnos del taller literario –él los llama «discípulos»; ellos lo llaman «maestro», «conde» o, directamente, «Lai». Es notable el profundo cariño que le tienen, el respeto con el que se dirigen a él. Desde hace años coordina un taller en el Centro Cultural Ricardo Rojas y otro, privado y más reducido, en su casa. Entre quienes se formaron con él se cuentan escritores como Leonardo Oyola, Juan Guinot, Sebastián Pandolfelli o Selva Almada. Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941, pero creció en Camilo Aldao, un pequeño pueblo que se ubica en el límite entre las provincias de Santa Fe y Córdoba. Pasó la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde actualmente reside. Ha publicado novelas como Su turno (1976), La hija de Kheops (1989), La mujer en la muralla (1990), El jardín de las máquinas parlantes (1993) –por la que obtuvo una Beca Guggenheim–, El gusano máximo de la vida misma (1999), Beber en rojo (2000) y la mítica Los sorias (1998), que va por su tercera edición. También ha publicado cuentos, reunidos recientemente por la editorial Simurg en un tomo completo. Y poesía, como en la falsa antología Poemas chinos (1987), aunque buena parte de su obra en ese género se encuentra desparramada en sus novelas. En televisión, protagonizó un exquisito ciclo de cuentos de terror en la señal I-Sat y fue consultor sentimental en el programa Cupido. En cine, actuó en las películas El artista, junto con León Ferrari y Fogwill, y en Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Además, se ha realizado el filme El mostro, de Alejandro Millán Pastori, sobre su vida y obra. Laiseca fuma un promedio de dos cigarrillos por hora y el humo avanza entre sus bigotes nietzscheanos con lentitud. En su casa hay una habitación entera reservada para los libros: están todos forrados de blanco («para que los enemigos no me los roben», explicará) y numerados en un orden estricto y secreto que consulta en una carpeta. Hay una foto del escritor con diez días de vida, en brazos de su mamá, junto a su papá. Todos sonríen. Hay otra de su hija, Julieta. Es bióloga y campeona de tiro, según lo prueba una medalla. Su genio exorbitante ha producido una biblioteca originalísima, dominada por una escritura capaz de encastrar argentinismos y neologismos con una música hilarante. Sin embargo, la suya es una vocación universal: Laiseca no ha escrito, únicamente, para que lo lean sus compatriotas, aunque quede mucho por hacerse en ese sentido y él considere que, de haber nacido en otro país, su destino hubiese sido otro. En su escritorio se encuentran dos traducciones recientes al francés: Aventuras de un novelista atonal, en una edición tremendamente bonita, y Mi mujer (en la portada, Ma femme), que fue el primer cuento que publicó el autor, y el único que alcanzó a leer su padre en vida, quien esperaba para su hijo, antes que el destino de escritor, el de ingeniero químico. Pero Alberto abandonaría la carrera en tercer año y decidiría dedicarse, para siempre, a la literatura. –¿Cómo fue el vínculo con tu papá? –Ya me reconcilié con él, pero me arruinó la juventud, que es cuando tus padres te tienen que dar caminos de vida. No sólo por lo que me prohibía, como, por ejemplo, leer a Poe, por dipsómano, o a Dostoievski, por epiléptico. ¡La información ontológica contradictoria que me encajó! Y unos odiosos estudios de piano, que intenté capitalizar escribiendo. Yo tuve que ser mi propio joven, fabricar mi juventud. Lo único que podés hacer es detener todo el proceso y decir esta frase absoluta: la guerra con papá se terminó. Y entonces todo se detiene. –¿Qué dijo de la lectura de tu primer cuento? –No me lo dijo a mí, pero se lo dijo a una tía: «Por lo menos lo vi editado». A la tía Zulema, que también llegó a leer algunas cosas y dijo: «Qué equivocado estaba Beto», con respecto a que papá no quería que yo fuese escritor. Lo llamaban Beto, porque era Alberto, como yo. –¿Y en ese contexto, cómo llegaste a leer a Poe, por ejemplo? –Ah, esas cosas mágicas. Llegás porque llegás. Algo te lleva. Leí toda la obra de él a los 18 años. De chico no escribía; eso vino después. Leía los libros de Constancio C. Vigil: Los Chanchín, El mono relojero, Misia Pepa. En mi época, cuando yo era chico, las historietas eran totalmente surrealistas. Eso me ayudó mucho porque esas historietas me enseñaron que todo era posible, que todo estaba bien. Ocalito y Tumbita, Pelopincho y Cachirula, eran maravillosas. –¿De ahí nace el «realismo delirante» de tu estilo? –Puede haber salido de ahí también. –¿Es cierto que a los 20 pediste que te manden a Vietnam? –Sí, en plena guerra fui a la embajada de Estados Unidos. Me sacaron a patadas. Le mandé una carta al presidente Johnson, pero nunca me contestó, para mi desesperación. No era por razones políticas, ni para ir de aventuras. Era una de dos: o me saco el miedo para siempre, o vuelvo a casa adentro de un saco verde. Menos mal; me habrían matado. O peor, porque hay una cosa peor a que te maten: que te mutilen. Estaba muy desesperado. La guerra era una manera de sacarme el miedo; un curso ontológico rápido. Además, el mundo es guerra. Esa carta ahora está incluida en una novela que acabo de terminar de escribir. Se la entregué a un discípulo para que la pase a computadora. –¿Seguís tipeando a máquina? –Siempre. No tengo computadora. No me interesa. Las computadoras son un invento del príncipe de las tinieblas. –¿Cómo fue la publicación de tus primeros libros? –Cuando llegué a Buenos Aires, Fogwill, Aira y Piglia me ayudaron mucho. Y Soriano, claro. No fue poco ese acompañamiento. Su turno, la primera novela, se publicó con un nombre que no era. Le pusieron Su turno para morir. «O aceptás o no te publicamos». Y bueno, no me conocía nadie, tuve que decir que sí, amén. Yo trabajaba como corrector en el diario La Razón. Era una novela muy extraña. Se reeditó hace poco con el nombre que yo le había puesto. –En esa novela ya aparecen elementos que se continuarían en Los sorias. –Todos mis libros juegan entre sí, todos colaboran. Cuando tenés una ontología se nota en toda tu obra. El poder es el tema central de Los sorias: qué hacer con el poder. Hay que tenerlo, sí, pero qué hacemos con él después de que lo conseguimos. También el tema del amor, y la humanización del monstruo. Es mi obra maestra, pero, claro, y acá me sale la luna en Leo, todas las mías son obras maestras. Tardó 16 años en ser publicada, y me llevó cuatro intentos. Los tiré a la mierda. –¿Hubo cuatro escritos a mano de Los sorias, que es larguísima? –Sí. El último después lo pasé a máquina. Los sorias es un exceso, pero lo que no es excesivo no vive. –¿Qué significa para vos que la hayan reeditado recientemente? –Me pone contento, claro. Es mi libro más querido; lo pondría quizás junto con El jardín de las máquinas parlantes. Ahora dicen que lo van a traducir al inglés. Ojalá. No sé qué destino tendrá ese libro, verdaderamente no lo sé. –¿Tuviste que estudiar para escribirla? –Leí todo Clausewitz, lo estudié como si yo me estuviera preparando para ser oficial. Para la dirección de un país en guerra total, como en Los sorias, estudié industrias en guerra. Por ejemplo, sin cromo ni manganeso no podemos empezar. Tengo una cantidad enorme de libros sobre la guerra. Conseguí usados en librerías, vendidos por descendientes de militares. También he estudiado astrología y física teórica. Avancé muchísimo en eso, pero después abandoné. Ocurre que no podés hacer todo en este mundo. Yo dije: ¿qué pasa, Lai? ¿Qué querés hacer? ¿Sos o no sos escritor? Sí, bueno: entonces dejate de hinchar las pelotas. –Escribiste: «El arte es un heroico esfuerzo de la parte más sana del alma». –Sí, no hay que permitirse el nihilismo. Yo he estado mucho tiempo sin escribir para prevenir eso, que se pase a los libros. Siempre me hago la misma composición sencilla: estamos en este mundo, aquí sí hay tetas y cerveza. ¡Aprovechalo! –¿Entendés el delirio como un estadio superior de la imaginación? –Ojo, no el delirio patológico, ni el delirio por sí mismo, sino un delirio realista: realismo delirante. A mí me gusta mucho Raymond Roussel, pero no querría escribir así. Es el autor de Impresiones de África. Nada sucede en África, y tiene una cantidad de máquinas inventadas, es un delirio terrible: pero es el delirio por el delirio mismo, ontología cero. Es nihilista. –Dijiste que tu tarea era «conseguir lectores que no se aburran», ¿qué lugar le das al lector? –El amor de los lectores me apuntala. Sin el cariño de los demás, me voy a la mierda. Soy muy vulnerable. ¿Qué quieren? ¿Que mienta, que diga que no? Por suerte tengo muchos lectores jóvenes. Si no tenés lectores jóvenes, estás jodido. –¿Y a los talleres? –Los talleres siempre me ayudan a escribir. Y del taller sale gente que va adelante, sale escribiendo. Doy mucha libertad, y tal vez esa sea la razón. No trato de fabricar «laisequitas». Hacen cosas muy distintas, y así tiene que ser. –¿Hay algún otro libro en camino? –Tengo para escribir, a sugerencia de uno de mis discípulos, sobre Camilo Aldao, mi pueblo. Pero un Camilo Aldao delirante. La última vez que fui me dieron la medalla de cuero de sapo. Cuando yo era chico, lo peor que te podía pasar es que te dijera otro chico: «Ah, qué vivo sos vos, te vamos a regalar una medalla de cuero de sapo». Entonces yo me dije: lo voy a revertir, lo voy a transformar en una cosa buena. Y cuando fui a Camilo hace cuatro años, dije: «Quiero que me den un diploma con la medalla de cuero de sapo». Y lo hicieron. –¿Te imaginás la vida sin escribir? –No. Lo pensé, eh. Por ejemplo, yo escribía muy mal al principio y me pregunté: bueno, si se prueba que no servís para la literatura, ¿qué vas a hacer? Me voy a ir a África del Sur a hacer guita. Eso me dije. Cuando empezás a escribir, lo hacés para la mierda. No importa, así fue conmigo. Tiré montones de cosas. Me dije: escribo mal, pero a lo mejor después escribo bien. Y así fue. Pero si hubiese seguido escribiendo mierda toda la vida, lo largaba y ya tenía pensado irme. Ahí podía hacer fortuna trabajando mucho. Yo estoy dispuesto a laburar. –Podrías haber seguido Ingeniería… –¡Vade retro! No, por favor. Mirá, yo podría haber sido un tipo de guita. –Ahora, mirando para atrás, ¿hubieses elegido serlo? –No, no, no. Elegí la literatura. –¿Qué pensás que hay después de la muerte? –Te aseguro que hay vida después de la muerte. Sí, totalmente, aunque esta es más linda. El paraíso terrenal existe, pero está acá. Este es el paraíso terrenal. Allá no se puede coger. Se coge acá. A menos que dos personas se hayan amado en este mundo, en el otro hay una cosa de amor, pero platónica, digamos. Tenemos toda la eternidad para ser abstractos. Por eso es tan importante resolver el tema del amor aquí, yendo acorazados en el amor, como dice el Tao Te King: «El que se acoraza con amor es invencible en el ataque e invulnerable en la defensa». ---Valeria Tentoni Fotos: Juan Quiles/3Estudio