De cerca

Existencialismo rockero

Pionero del género, fundó el blues en castellano con el legendario trío Manal. Lejos de la nostalgia, sigue en actividad y este mes presenta su nuevo disco. Filosofía de vida de un hombre que se nutrió del tango, el jazz y la literatura beatnik para sentar las bases de una cultura diferente.


 

Todos conocemos a Javier Martínez. Todos conocemos la genialidad sin fisuras del primer disco de Manal y su carácter fundacional: ahí, en ese disco editado en 1970 se firmó el acta de nacimiento del blues argentino. Todos conocemos su condición de pionero y también todos sabemos del estigma que carga con más desaprensión y humor que resentimiento: nunca, desde aquel disco debut, logró empardar el nivel de esas canciones. Tal vez la sentencia sea un poco brutal e injusta, porque tanto en los discos posteriores que sacó con Manal, con La Pesada del Rock and Roll y como solista, se reparten canciones inspiradísimas que no trascendieron como lo hubieran merecido. El imaginario popular quedó detenido en las ocho –vibrantes, sensibles, enérgicas, rockeras, bluseras y jazzeras– canciones del elepé: «Jugo de tomate», «Porque hoy nací», «Todo el día me pregunto», «Informe de un día», «Una casa con diez pinos», «Avenida Rivadavia», «Avellaneda blues» y «Doña Laura». No en vano el disco tenía los rostros de Javier Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina metidos dentro de una bomba que no tardó en detonar.
Martínez lo sabe, y no parece muy preocupado. Vive confinado en el sur del Conurbano bonaerense en una casa donde, dice, puede tocar la batería hasta las cuatro de la mañana. Navega por Internet e investiga filosofía. Sigue estudiando batería y guitarra, y ahora se prepara para aprender vibráfono. Está en pareja desde hace 10 años, pero cada uno vive en su casa. Tiene 70 años y detesta la melancolía. Justo él: al que momificaron con un baño de bronce del que trata de escapar vanamente desde hace casi medio siglo. Estamos en un bar, en Palermo, cerca de Radio del Plata: moja la medialuna en un submarino y pregunta con esa voz –vozarrón– que es una matriz: «¿No queda bien, no?». En una mesa lejana, Daniel Tognetti conversa con lo que debe ser su equipo de producción. Por ahí están Guillermo Moreno y su esposa. Extraño marco. «A este barrio, hace 60 años, solo se animaba a entrar el Nicanor Paredes de Borges», dice.
–Si hubieras nacido 20 años antes habrías sido un terrible tanguero. Todas tus letras tienen perfume a tango.
–Y claro. Soy porteño. Me encanta el tango y lo he estudiado mucho. Lo que no puedo entender del tango es por qué le sacaron la batería. El tango de la guardia vieja tenía batería. Hay una foto en el hall de sadaic de la orquesta de Roberto Firpo, en la que en primer plano se ve a un baterista con una batería igual a la que usaban los jazzeros. Eso fue antes de Osvaldo Fresedo: el Pibe de La Paternal también usó batería. El tema es que el tango empezó a utilizar como soporte rítmico el bandoneón, que es un instrumento melódico. Yo creo que el tango, por una cuestión de racismo, trató de borrar cualquier clase de presencia negra.
–¿El rock argentino ocupó el lugar del tango?
–Andá a saber. El tango cumplió ya más de 100 años, y el rock nacional está cumpliendo 50. Hay que ver qué es del rock dentro de 50 años, si se la banca. Se volvió clásico, pero hay muchos que dicen que hacen rock y no hacen rock.
–¿Y cuál sería el problema?
–Que el rock es rock, como el tango es tango.
–Pero el rock siempre fue un género esponja. ¿Quién tiene la chapa del rock, las credenciales?
–¡Yo las tengo! Mi generación las tiene: Moris, Vox Dei, Litto Nebbia... Nosotros escuchábamos el rock and roll del 50, el rock norteamericano. El rock no es inglés, es yanqui y negro. Antes que Elvis, es Little Richard y Chuck Berry. Para mí, que haya un montón de tipos que hacen cumbia y dicen que hacen rock es un problema. ¡Toquemos salsa y digamos que es tango! No viejo, los géneros hay que respetarlos. Si hacés murga y declamás que hacés rock, le faltás el respeto al rock y a la murga también, que es una música formidable con un tradición riquísima.
–¿Te interesa el hip hop?
–Es una expresión popular, pero no me interesa. Escuchame: los negros, que son los representantes del tambor en el mundo, ¡trabajan con máquinas de ritmo! Es una vergüenza. No tienen nada que decir. En los años 60, la parte más popular de la música negra era el soul, y la más erudita era el jazz moderno, Miles, Coltrane. Cómo vas a comparar eso con el hip hop: un tipo falopeado arriba de una máquina de ritmos, puteando, diciendo giladas.
–¡Lo mismo que decían los tangueros de ustedes hace 50 años! Que eran faloperos, que no hacían música.
–Es cierto, nos negaban. Siempre pasa. Lo que ocurrió es que nos confundían con los de El Club del Clan. No nos habían escuchado. Hay mucha gente que habla sin fundamento. Y funciona el resentimiento. Terminaron aceptándonos.
–¿Cómo estás de los problemas de salud que tuviste hace unos años? ¿Funcionaron los by pass que te practicaron?
–Estoy perfecto. En 2011 me operé. Que me dure… Mientras, vivo tranquilo en el sur. Soy ciudadano ilustre de Berazategui. No me voy más: toco la batería hasta las cuatro de la mañana, no me jode nadie. Mi infancia la pasé ahí, tengo recuerdos, tengo el verde. Soy bastante lobo estepario. Estoy en pareja hace diez años, pero cada uno vive en su casa. Mis horarios van en contra de todo.
–¿Cómo es tu vida cotidiana?
–Laburo todas las noches, en casa. Estudio guitarra y batería, voy a estudiar vibráfono. Siempre compuse con la guitarra, y voy avanzando en teoría y solfeo para leer y tocar vibráfono. Siempre me gustó el vibráfono, es una percusión melódica. Me encanta estudiar. Y ando mucho por Internet: practico francés e inglés, veo noticieros franceses. Leo mucho: libros de historia argentina, sobre todo de los años 70, de diversos autores. Yo me fui a Europa en 1972 y volví en 1980. Los años bravos me pasaron de largo. Es la década en que metieron a la Argentina en la Guerra Fría. Entonces me gusta enterarme. Y me doy cuenta que cada uno de los bandos, a su manera, intentó cambiar el mundo. Y empeoró todo. Fue muy infantil. Y lo hicieron todo así, infantilmente, con la crueldad de los niños.
–¿Cuál es, ampliamente, tu pensamiento político?
–Voy a decir algo que no es políticamente correcto: las ideologías políticas no enamoran, son deprimentes, son pobres. Tanto de izquierda como de derecha. No me creo el cuentito, siempre fui escéptico. Cuando yo era adolescente cundía la ultraderecha: los neonazis, los Tacuara, la Guardia nacionalista restauradora. Una vez me apretaron en la Galería Flores. Uno me preguntó: «¿Sos judío?». Le dije que no, que el que era judío era Jesús. Me cagaron a trompadas entre diez. La izquierda me quería convencer de que había que salir a matar milicos. A veces coincidíamos en La Paz. Nunca les creí. Yo vi el estalinismo, lo leí, conozco el Pacto Soviético de 1938. ¿Entonces de qué me hablás? ¿De un tipo que era imitador de Hitler llamado Stalin? Mi pensamiento político tiene que ver con cierta idea de autogestión, de cooperativismo. Lo practicábamos en los 60. En vez de estar en un bar hablando del socialismo, sociabilizábamos nosotros. Pipo Lernoud ganó una guita con «Ayer nomás», que le grabaron Los Gatos, compró una Telecaster y nos las dio a Manal. Sandro compró los equipos de Juan Sebastián Bar, el boliche de Gesell, y nos entregó la viola para grabar «Rebelde» a Moris y a mí. Yo toqué la batería en 30 minutos de vida, en varios temas el bajo lo tocó Pappo. Era así, nos ayudábamos entre nosotros.
–Nunca fuiste hippie.
–No, no les creí. Yo era más beatnik: se bañaban y les gustaba el jazz y la literatura. Igual, a diferencia de ellos, nunca me gustó la falopa. Cuando leí El almuerzo desnudo de Burroughs no estuve de acuerdo. Temblaba de horror y de miedo. Yo vi los efectos de la falopa. No voy a negar que transité una etapa alcohólica cuando volví de Europa. Era un alcohólico típico: decía que no era alcohólico. Me tomaba quince whiskies por día. El tema es que en Europa te contratan los bares y te ponen de músico residente; estás siempre ahí, con sueldo fijo, y todos los scotchs a tu disposición.



 

–¿Cómo saliste?
–Gracias a Federico Peralta Ramos. En la época del Di Tella nos hicimos muy amigos. Cuando volví en el 80 lo vi en la Galería del Este y retomamos la amistad como si no hubiera pasado el tiempo. El venía de Alcohólicos Anónimos, yo le seguía diciendo Gordo, pero no era más gordo. Salíamos a Mau Mau, a Regine, siempre con lindas chicas. Él tenía pase libre. Nunca le cobraban. Federico pedía un té, y yo un whisky. Un día me regaló un afiche que decía: «No quieras ser ángel». Era muy sutil, al principio no comprendí. Y es que el hombre se cree ángel porque quiere volar, dialogar con los dioses, ser etéreo, por eso bebe. Un día en Mau Mau, lo de siempre, pero se me adelanta al pedido y ordena: «Dos tés». Le tenía respeto, no le dije nada. Para mí era un filósofo de la calle. Me acuerdo de todas sus frases: «Soy una estrella porque salgo de noche», «Para ser un recuerdo hay que ser un reloco». Tenía un gran poder de síntesis. Esa noche de Mau Mau me callé la boca. Él me dijo: «Mirá Javier, vos sos un hombre de la noche. Vos creés que no se puede salir de noche y no tomar alcohol. Se puede». Entendí el mensaje. Empecé a dejar. El pucho igual, lo dejé tarde, pero lo dejé. Fumé mucho. El último cigarro lo apagué en 2008, para siempre.
–¿Te pega el paso del tiempo?
–Y claro que me pega, pero no me importa. Soy muy existencialista, miro para adelante. Como decía Einstein: hay que mirar al frente y pedalear, pedalear para no caerse. El paso del tiempo me pega pero no por una cuestión nostálgica. Me pega cuando siento que me duele la espalda. Pero no me puedo quejar. El 25 de junio voy a tocar en La Usina del Arte. Estoy chocho. Voy a invitarlo a Moris para hacer «Rebelde». Moris es un genio y es mi amigo. Tocar la bata, cantar, estar con amigos... ¿Qué más necesito en la vida?