De cerca | CARLOS PORTALUPPI

Historias mínimas

Con una rica y heterogénea carrera en cine, teatro y televisión, el actor habla de sus inicios, las experiencias que lo marcaron y su nutrida agenda actual.

«Soy tímido, me cuesta hablar de mí, de mis logros. Me resulta más sencillo hablar del otro», afirma Carlos Portaluppi con una sonrisa parca. «Será porque me crie en el interior, no sé», agrega este correntino nacido en Mercedes, el pueblo en el que pasó su infancia y adolescencia arriba de un tractor y arriando ganado. Nada hacía imaginar que se volcaría al arte dramático, porque además de no tener televisión en su casa, en la escuela nunca era tenido en cuenta para los actos. «Yo me moría de ganas por dentro, pero no sabía cómo transmitirlo. O quizá sí, porque una profesora lo pudo advertir y me invitó a participar en Nuestros hijos, una obra de Florencio Sánchez en la que fui el protagonista».
–¿Qué recordás de ese bautismo?
–Que era diciembre, tenía 17 años y hacía un calor infernal. Estaba muy nervioso y terminé muy feliz, porque el aplauso de la gente –todavía hoy– me pone la piel de gallina.
Sin tener idea de lo que significaba subirse a un escenario, esa vivencia lo sacudió. «Yo empezaba a sentir algo distinto, empezaba a canalizar una sensación que no me quedaba claro qué era, pero evidentemente con ese debut fue como si me hubieran inoculado algo en la sangre», recuerda. Al poco tiempo terminó el secundario y viajó a La Plata para estudiar Arquitectura. «Supongo que la elegí por mi crianza en el campo, me interesaba todo lo que tuviera que ver con medidas, trazados y construcciones», dice. En la ciudad de las diagonales empezó a estar más vinculado con el arte, a través de compañeros que tomaban clases de actuación con un docente que viajaba desde Buenos Aires. «La cabeza empezó a cambiar, a estar atenta a otros intereses y me empecé a apasionar con las actuaciones de Lito Cruz. Fue un faro para mí, un referente a quien empecé a seguir en tele, cine y teatro. Seguía estudiando en la facultad, pero al cuarto año largué y me fui a Buenos Aires, averigüé dónde estaba su escuela y me inscribí», dice. Después de conseguir roles menores en el teatro independiente, pasó a interpretar personajes con una mayor presencia escénica. «Así arranqué a moverme por los teatros y los canales de televisión. Me presentaba a cuanto casting encontraba y, cuando menos lo esperaba, ya estaba subido al tren de las oportunidades».
–¿Cuándo dirías que comenzó tu trayectoria?
–En 1990 fue mi debut en las grandes ligas. En Atreverse, el maravilloso ciclo de Alejandro Doria, fue la primera vez que pisé un set televisivo, junto a celebridades como China Zorrilla y Oscar Martínez. No lo podía creer, unos pocos años atrás mi mundo era otro. A veces uno es producto de las casualidades.
–Hasta que llegó la fama con el inolvidable Dominicci en Vulnerables.
–Fue un personaje que arrancó con una mano atrás y otra adelante y, con el tiempo, creció muchísimo. Elvio Dominicci era un farmacéutico que tenía un vínculo muy intenso con María Elena, que encarnaba maravillosamente Leonor Manso, y con su hija, el personaje de la gran Inés Estévez. Ese triángulo…, ¿escabroso?, era como una historia paralela dentro de la trama central. En la calle todavía me dicen: «Ídolo, Dominicci» o «Chau, Morcilla».
–Morcilla dejó su huella en las primeras temporadas de El Marginal.
–Un tipo pesado dentro del penal de San Onofre. Diplomático y político con quien está en el poder, por no decir obsecuente y chupamedias. Me divertía mucho haciendo al Morci, con esa risa entre perversa y diabólica, era un personaje siniestro. Proxeneta y repartidor de la mercadería en el patio y los pabellones. Una de sus virtudes era que siempre se sabía acomodar y, una vez que el Sapo perdió autoridad, se pasó al bando de los hermanos Borges, lo que le costó un precio muy alto.
–¿Qué significó para vos formar parte de El Marginal?
–Fue haber integrado una estupenda serie, un trabajo de altísimo vuelo, con una profundidad artística y poética diferentes a lo que había en televisión, gracias a creadores de la talla de Luis Ortega y Adrián Caetano, con una producción y técnica de excelencia. No es frecuente que una ficción en nuestro país llegue a cuatro temporadas y eso se debe a la calidad del producto y a un público tan fiel como voraz.

Filosofía laboral
Portaluppi se mueve indistintamente entre lo comercial y lo independiente, un sello de su intenso recorrido. No le importa el rating ni la audiencia, sino el contenido. «La historia lo es todo», resume. «La obra Emilia, de Claudio Tolcachir, sintetiza mi filosofía laboral. Estuve tres años haciéndola y hemos recorrido el mundo con una pieza tan pequeña como inmensa, que generó en el público que llenaba Timbre 4 una emoción que pocas veces experimenté. Trataba sobre el reencuentro de un adulto con quien fuera su niñera, convertida en una mujer mayor y necesitada, a la que ahora le debía devolver algo», dice.
–¿Fuiste partícipe de otras experiencias tan intensas?
–Sí, recuerdo dos obras de Javier Daulte que empezaron siendo pequeñas y se transformaron en tanques que se mantuvieron en cartel y viajaron a distintos festivales del mundo, como Nunca estuviste tan adorable y La felicidad. Al igual que con Emilia, se produjo una conexión entre la historia y el público que creció a límites insospechados. Y más recientemente con Bajo terapia, de Matías Del Federico, dirigida por Daniel Veronese, vivimos un éxito inesperado. No porque no confiáramos en la pieza, sino porque no estaba en los planes que se instalara tres años en la avenida Corrientes.
–¿En cine te pasó algo similar?
–Es más difícil el cine, es otra industria, mucho más compleja y costosa en términos económicos. Pero lo que importa es lo que me pasó a mí con historias chiquitas, intimistas, que me partieron la cabeza, que si no las hubiera hecho quizás sería otra persona, otro actor. Porque siento que determinada obra de teatro, cierta película, te construyen, te alimentan, te brindan otra sensibilidad. Me pasó con Hijos nuestros, una película de Juan Fernández Gebauer, en la que yo encarnaba a un taxista solitario, exjugador de San Lorenzo, que acompaña al hijo de una amiga, hincha de Vélez, a probarse en el club de sus amores.
–¿Es la película que le hicieron llegar al papa Francisco?
–Claro, Valentín Greco, el actor que hace de mi hijo en la historia, viajó y se la entregó en persona al papa, conocido hincha cuervo, quien muy pícaro comentó: «Pero los hijos nuestros tienen otros colores», en referencia a Huracán. En la tapa del DVD aparezco yo envuelto en la bandera de San Lorenzo.
–¿Y alguna otra película pequeña que te enorgullezca?
–Otra que pasó inadvertida fue El perro que no calla, una poética historia melodramática de Ana Katz sobre un joven al que los ladridos de su perro le complican la vida. Me generó mucha satisfacción haber sido parte, se estrenó durante el aislamiento.

Pandemia y después
El sector cultural fue uno de los más golpeados por la pandemia. La parálisis que sufrió la actividad mantuvo en vilo a muchos reconocidos actores. Y Portaluppi no fue la excepción. «Estuve sin laburar seis meses durante 2020 y debo confesar que se hizo pesado. No había ingresos y las reservas se estaban acabando. Fue una situación difícil para todos los que vivimos del teatro y la televisión. En lo particular, fueron meses sin hacer nada de nada y, como soy inquilino, estuve sin pagar un tiempo. Por suerte mi propietario tuvo mucha paciencia y al día de hoy le estoy plenamente agradecido. Por suerte me pude recuperar y pagar todo lo adeudado. Creo que era la primera vez en casi 30 años que no tenía nada de trabajo, como todo el mundo que forma parte de este gremio. Y la sensación de vértigo fue grande. Hasta que empezaron a aparecer oportunidades vía streaming, un formato inimaginable, pero al que había que acoplarse para retomar la senda».
–¿Qué te dejó la pandemia?
–Que la vida es muy difícil y que, ante la necesidad, uno puede estar abierto a lo que sea.
–En esa época estrenaste La dosis.
–Fue fabuloso protagonizar la ópera prima del uruguayo Martín Kraut, en la que me pongo en la piel de un enfermero que trabaja hace más de 20 años en el pabellón de cuidados intensivos de un hospital y que, de manera solapada, previo acuerdo con los pacientes terminales, les aplica la dosis del título para terminar con el sufrimiento. Es un thriller psicológico que se puede ver por la plataforma de Cine.ar.
–El presente te encuentra otra vez en plena actividad.
–Estoy muy contento con Me duele una mujer, la obra de Manuel González Gil, a quien admiro y es la primera vez que puedo trabajar en un proyecto de su autoría. Junto con Nicolás Cabré y Mercedes Funes armamos un grupo de trabajo maravilloso. Volver al teatro fue alucinante, yo estoy acostumbrado hace más de 20 años a hacer dos obras por año y desde antes de la pandemia que no vivía esto. La abstinencia fue durísima.
–¿De qué se trata Me duele una mujer?
–Es la historia de Miguel, un profesor de filosofía que es abandonado por Paula, que primero fue su alumna y luego su novia. La obra hace foco en los primeros seis meses de ese abandono, con la tristeza y la melancolía de un tango. Mi personaje es el alter ego de Miguel, que lo acompaña a todos lados. Soy como su inconsciente: ese héroe, ese villano, ese artista que habita en el mundo de Miguel pero que no se ve.
–Por otra parte, estás terminando la filmación de Argentina 1985, la nueva película de Santiago Mitre.
–Después del sufrimiento que provocó la pandemia, ser parte de esta película fue una de las noticias más maravillosas: cada escena de la que fui testigo o de la que soy parte me emociona hasta las lágrimas. Argentina 1985 reconstruye la historia detrás del Juicio a las Juntas Militares, encabezado por Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo, papeles que harán Ricardo Darín y Peter Lanzani. Es un thriller judicial, inspirado en hechos reales, que cuenta la instancia legal que cambió la Justicia para siempre.
–¿Tu personaje es el de León Arslanian?
–No es Arslanian, es el presidente de un tribunal que debe tomar la decisión de la condena. Fue una experiencia única, en la que me tomaron un casting después de más de 20 años. Me mandaron una escena, estudié e investigué buscando videos e información de la época. Estaba nervioso y ansioso como hacía mucho no me pasaba, lleno de expectativas. Y por suerte en menos de una semana me aceptaron.
–También tenés novedades teatrales.
–Sí, junto a María Inés Sancerni hacemos Aire de montaña en El Galpón de Guevara. El argumento se centra en una mujer que viaja de Buenos Aires a la Patagonia, donde pasó su infancia y adolescencia, haciendo hincapié en el reencuentro con sus viejos amigos. Entre ellos está mi personaje, con el que tuvo una importante historia de amor.
–Después de El Marginal, ¿hay alguna otra serie en el horizonte?
–Sí, tengo previsto el rodaje de la segunda temporada de Días de gallos, la primera serie de producción argentina para HBO, que fue grabada en pandemia y está vinculada con el fenómeno freestyle, pero también toca temáticas del mundo de los jóvenes de estos tiempos, como la maternidad, el bullying, el trabajo precarizado y la sexualidad no binaria.
–¿Hay otros planes en cine?
–Estoy por reanudar el rodaje de Las fieras, la ópera prima de Juan Agustín Flores, que habla de la lucha por el territorio y la propiedad. Yo interpreto a un hombre que vive en la ciudad y que viaja al interior a visitar a su hermano.
–¿No te altera tanto trabajo?
–Es lo único que sé hacer: contar historias. No me pesa la cantidad, el disfrute de hacerlas y de tener trabajo están por encima.


Javier Firpo / Fotos: Horacio Paone