De cerca | ENTREVISTA A MARTÍN CAPARRÓS

Mirar con sorpresa

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Osvaldo Aguirre

El periodista y escritor publica un libro que describe el presente desde una óptica futurista y una serie de novelas policiales ambientadas en los años 30.

Foto: Télam

Radicado hace tiempo en España, Martín Caparrós no deja de pensar ni de imaginar la Argentina a través de la ficción, la crónica y hasta las redes sociales. Opina, discute y reflexiona sobre la coyuntura política con intervenciones punzantes en la red X, mientras termina de publicar Los tangos de Rivarola, colección de seis novelas policiales ambientadas en la década de 1930, y anuncia para marzo la distribución nacional de El mundo entonces, una historia del presente, un libro característico de Caparrós, en el sentido de proponer un objeto que parece desmesurado y de agotar su descripción en el cruce de la crónica, el ensayo y la literatura, como hizo en títulos tan diversos como El Interior (2006), El hambre (2014) y Ñamérica (2021). Ahora se trata de «una guía para entender el mundo en que vivimos», que reelabora un caudal extraordinario de datos e interpretaciones a partir de un recurso a la ficción: el libro se presenta como el manual de una historiadora del siglo XXII. Ese distanciamiento, dice Caparrós, es necesario para levantar la mirada y redescubrir lo que el hábito naturaliza.
–En la red X tenés una actitud de contestar las barbaridades que te dicen. ¿Hay una nueva exigencia para tu trabajo como escritor y periodista en la coyuntura actual de la Argentina?
–Contesto una de cada cien puteadas. Lamentablemente son muchas y muy burras, dicen cosas muy falsas o muy ignorantes. Me dan ganas de contestar por eso, nada más. Por otro lado, no es que yo haya pensado que frente a esta situación tengo la obligación o el deber de manifestarme, sino que es algo tan brutal lo que sucede en Argentina que no puedo mirar para otro lado. Estoy atento y alerta porque me preocupa.

«Yo creo que es muy útil sorprenderse ante las cosas que vivimos y que por lo tanto no analizamos. Estamos tan acostumbrados que nos parecen normales.»

–En El mundo entonces, la historiadora reivindica «una mirada extrañada, ajena». ¿Alejarse de lo que se observa es la mejor manera de comprenderlo?
–Sí, yo creo que hay un punto en el que es muy útil sorprenderse ante las cosas que vivimos y que por lo tanto no analizamos. Estamos tan acostumbrados que nos parecen normales. Para anormalizarlas es útil dar ese paso atrás. En El mundo entonces el paso atrás es un recurso de ficción: el libro es un manual de historia que cuenta cómo era nuestro tiempo mirándolo desde el año 2120. Eso permite mirar con sorpresa cosas que nos parecen demasiado comunes, demasiado cotidianas. Al mirar con sorpresa, insisto, entendemos cosas. Por supuesto, hay situaciones donde esas revisiones no son lo indicado. Supongo que cuando hablamos de una cuestión de actualidad política muy rabiosa es mejor estar metidos en la polémica y poder conocer sus detalles. Pero en otras situaciones el paso atrás permite mirar de otra forma.

–En el libro no hay pistas sobre cómo es el futuro que se imagina, pero al menos no parece apocalíptico ni dramático. Sin embargo, nuestro presente aparece como cierre de un ciclo. ¿En qué aspecto estamos en un final de época?
–El fin de ciclo del que hablo es lo que llamo la Edad Occidental. Los historiadores suelen hablar de la Edad Antigua, la Edad Moderna, y a esta que vivimos la llaman Edad Contemporánea, un disparate epistemológico. Claro que es contemporánea, como todas. Entonces lo que se postula en el libro es que hubo una revisión de ese nombre, buscaron otro que definiera nuestra época y decidieron llamarla Edad Occidental en la medida en que en los últimos siglos el mundo estuvo dominado por una cantidad de formas producidas en Occidente: las formas políticas que usan 200 países, las formas industriales, el tipo de aparatos, de ropa, de consumos, todo fue originado en Occidente, y ni hablar de la cultura. Nunca había habido en la historia de la humanidad tal hegemonía de un pequeño sector. Pero eso se acaba, China, India están despertando y creo que la Edad Occidental termina en estas décadas. El mundo entonces es un libro sobre el presente, el futuro es un recurso narrativo para contar mejor el presente. No me creo un visionario como para saber cómo será el mundo dentro de cien años y por eso no hay indicaciones sobre el futuro en el que escribe la historiadora. Tampoco creo en los apocalipsis, porque en general tienen el buen tino de no concretarse.
–Otro señalamiento de El mundo entonces es que «nunca hubo tanta información y tanta ignorancia al mismo tiempo». El libro tiene una carga de datos impresionante, ¿cómo entendés el uso de la información?
–Justamente, toda esa información que está en el libro, los datos fuertes sobre cómo es nuestro mundo y que mucha gente ignora, serían un ejemplo de lo que te digo. Tenemos a nuestra disposición una cantidad de información como nunca antes tuvimos y sin embargo no somos mucho más sabios en nuestras vidas y en nuestras elecciones. Probablemente tampoco seamos más brutos, somos parecidamente brutos con una pátina de cierta información de actualidad muy leve. Eso es lo terrible, que teniendo todos los medios no los usemos.

«Me tiene muy impresionado que Milei pueda decir impunemente que la Argentina fue la primera potencia mundial porque es simple y llanamente mentira.»

–Al mismo tiempo que El mundo entonces salió en España, en Argentina comenzó a publicarse la serie Los tangos de Rivarola. ¿Por qué situaste estas novelas en la década de 1930?
–Siempre me intrigó la época en la que el tango estaba vivo. A mí me gusta el tango, casi sin quererlo me fui haciendo bastante tanguero. Pero tengo en claro que el tango a esta altura es una pieza de museo, ¿cuánto hace que no se escribe un buen tango? Me interesaba esa época en la que un pibe en vez de escribir un trap escribía un tango. El tango era la forma de expresión. Se me ocurrió como personaje un pibe que quisiera escribir tangos y un día de casualidad me crucé con una historia real de esos años: en 1933 había desaparecido Bernabé Ferreyra, la fiera, el futbolista más famoso de ese momento. Pensé que podía ser una buena historia para armar un relato con este muchacho. Inventé a Rivarola, lo puse a buscar a Bernabé Ferreyra, armé una trama con un dealer de cocaína y me divertí tratando de recrear la época. Cuando terminé esa novela, como Rivarola se había hecho amigo de los periodistas de Crítica, le ofrecieron laburar en el diario. Y bueno, ya tenía un periodista de policiales. A seguir adelante. Fui buscando en cada año siguiente eventos reales que me permitieran armar una trama policial alrededor, que Rivarola trataba de entender mientras seguía escribiendo sus tanguitos, conociendo gente de la época. Una cosa que me llamó la atención es que ahora, retrospectivamente, incluso cuando se escucha a Milei, todavía existe la sensación de que en aquellos años 30 Argentina era todavía rica, poderosa, blablablá. Y cuando ves lo que la gente de la época decía, escribía, cantaba sobre su sociedad, se sentían tan en crisis como nosotros. «Cambalache» es un tango de 1934.

Foto: Télam

–¿Cómo ves el culto libertario de Juan Bautista Alberdi, cuando has escrito sobre otras figuras del siglo XIX que no son reivindicadas, como Sarmiento o Esteban Echeverría?
–Para empezar, me tiene muy impresionado que Milei pueda decir impunemente que la Argentina fue la primera potencia mundial porque es simple y llanamente mentira. No es algo que se pueda discutir. Inglaterra era dueña de la mitad del mundo, Francia conquistaba África, estaba el Imperio Otomano, Alemania se había reunificado. Estaba lleno de países más poderosos que la Argentina, que era un embrión en ese momento y tenía mucha pobreza. Efectivamente vinieron muchos inmigrantes, entre 6 y 8 millones, y alrededor de la mitad se volvieron a ir: no era el mundo maravilloso que quieren pintar ni mucho menos. Había mucha discriminación. Durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, bajo la presidencia de Sarmiento, se quemaban conventillos y les echaban la culpa a los inmigrantes italianos. No hubo una edad dorada. Argentina sí tenía unos jeques que eran propietarios de grandes extensiones de tierra porque el ejército de Roca las había malvendido. Alberdi es por otro lado un personaje muy dudoso. Cuando toda la Generación del 37 tuvo que exiliarse, el único que se quedó en Buenos Aires e hizo buenas migas con Rosas fue Alberdi. Echeverría lo odiaba. Me parece genial que sea el prócer de este gran ignorante que es Milei.
–En mayo pasado, cuando este presente era inimaginable, participaste en la Feria del Libro de Buenos Aires. ¿Cómo viste a la cultura argentina entonces y cómo la observás ahora?
–Fue la primera vez que tuve que ir con mi silla de ruedas, como ahora me muevo. Más allá de la cultura me impresionó mucho un dato que es político, supongo: lo difícil que es transitar la ciudad de Buenos Aires en silla de ruedas. En todos los pasos de peatón hay una rampa, una bajada, pero cuando vas con tu silla ves que esas bajadas están mal hechas, tienen roturas. Me parece una gran metáfora de la política argentina: el 99% de la gente, que por suerte no tiene que andar con silla de ruedas, dice «ah, qué bien las rampas», hasta que llega al momento de usarlas y te das cuenta de que es una farsa. Con la cultura, en cambio, la Argentina tiene una resistencia extraordinaria. Se siguen haciendo cosas, se siguen buscando maneras, en las peores situaciones se sigue intentando, eso es lo que más me gusta de ser argentino. Pese a todo, siempre hay gente que lo intenta, aun en las situaciones aparentemente imposibles. Vamos a ver qué pasa contra Milei, que tiene la intención de cargarse cualquier tipo de facilidad para la cultura, lo que está haciendo por ejemplo con el cierre del Fondo Nacional de las Artes y con el Instituto Nacional de Teatro. Cree que eso no importa, pero a veces nos pasa, y a los argentinos en particular, que contra X lo hacemos mejor. A veces, y esto es casi perverso, recuerdo con alguna nostalgia la época de Menem cuando todos éramos más o menos amigos y nos peleábamos juntos contra Menem e inventábamos cosas para contrarrestar lo que estaba haciendo desde el poder. Con un poco de suerte nos pasa lo mismo con Milei.