De cerca

Salir del jazz

Tocó con Sumo, Divididos y Las Pelotas. Y acaba de sacar un disco junto con Daniel Melero. Gillespi combate los estereotipos y repasa su carrera en radio y televisión.   Hacía un tiempo que Gillespi andaba con la idea de escaparle al riesgo del estereotipo. Revisando su carrera, hay que advertirlo, ese no era un peligro latente: a lo largo de 30 años de trayectoria musical (su primer disco, Ultradeforme, es de 1998, pero ya a fines de los 80 estaba tocando con Sumo y, un poquito más tarde, con Divididos y Las Pelotas, dos emergentes inmediatos de la disolución de la mítica banda liderada por Luca Prodan), este artista inquieto y polifacético nacido como Marcelo Rodríguez en pleno estallido «beatle» ha cambiado muchas veces de piel. Si hablamos estrictamente de música, grabó con Pachuco Cadáver, Luis Salinas, Charly García y Ratones Paranoicos, entre otros. Si ponemos la mira en sus trabajos en los medios, integró equipo televisivo con Gonzalo Bonadeo y Roberto Pettinato en Orsái a la medianoche y condujo sus propios programas de radio en Rock & Pop, durante varios años, y en los últimos tiempo en Nacional Rock. Aquel temor al estereotipo mencionado unas líneas más arriba está relacionado, fundamentalmente, con el rol del trompetista de jazz, un lugar al que Gillespi siempre le escapa a pesar de su emblemático nombre artístico. «Siempre tuve esa idea, por eso llevo más tiempo vinculado al rock que al jazz», explica«. Hice la mayoría de mis trabajos con bandas y solistas de rock. Pero la influencia de un instrumento como la trompeta te lleva naturalmente al jazz. Lo que pretendo sería algo así como tocar el charango tratando de no quedar atrapado en la música andina. Mi idea es salir del jazz: ser un trompetista, pero no de jazz. Algo muy difícil y que, dicho sea de paso, le encantó como desafío a Daniel. Fue casi un año de idas y vueltas, algunos encuentros en un estudio para tocar juntos y mucha mezcla frente al monitor de la computadora. El resultado me gusta muchísimo». Daniel es Melero, y el disco del que habla Gillespi se llama Desayuno en Ganímedes, editado por el sello independiente Ultrapop. Ganímedes es un satélite natural de Júpiter, y la alusión es precisa: la sociedad entre Gillespi y Melero produjo una música espacial y narcótica, un viaje placentero hacia la ingravidez al que es muy aconsejable entregarse. «Como se suele decir, a Daniel y a mí la vida nos juntó. Conozco a Melero hace años y he seguido su carrera con mucho interés. Siempre me pareció creativo y enigmático. Intuitivamente, nos resultábamos compatibles antes de hacer nada juntos. En un par de ocasiones improvisamos música y siempre coincidíamos en la idea de hacer algo», cuenta. El punto de partida del proyecto se podría fechar el día que Gillespi lo invitó a una de las «zapadanga» de su programa Burundanga, en Nacional Rock. «Fue hace un par de años», recuerda. «Vino con Yul Acri, su pianista. Yo me sumé a ellos y terminamos improvisando un par de canciones en el auditorio de Radio Nacional. Nos prometimos tomar whisky juntos y conversar. Al poco tiempo, fui a su departamento a grabar una entrevista para un libro que estoy haciendo. Ahí le comenté que estaba medio trabado en mi cuestión musical. Tenía composiciones a medio terminar y no sabía cómo seguir. Me dijo que le envíe todo el material, incluso aquellas maquetas que me avergonzaban o que consideraba feas. Le envié todo una madrugada y recibí pronto un llamado súper estimulante de él: “Están buenísimos estos temas”, me dijo. “Quiero producirlos, ¿me dejás?”. Y el intercambio a partir de ahí fue genial». –La sociedad con Melero es nueva, pero en tu modus operandi de siempre está el cruce con músicos de diferentes estilos. Eso ya estaba presente en tus experiencias con Las Pelotas y Divididos.    –Mi paso por Las Pelotas y Divididos se dio naturalmente por haberlos conocido ya en tiempos de Sumo. En el 87 supe hacer varios shows con Sumo y pegué buena onda con todos los integrantes del grupo. Principalmente con Pettinato, Arnedo y Luca, en principio. Cuando sorpresivamente muere Luca, salen todos para distintos lados. Pettinato, un amigo muy cercano en esos tiempos, decide viajar a España para probar suerte allá. Había empezado a componer y tocar con Ricardo Mollo en una especie de embrión de Divididos. Cuando él viajó a España, me dejó servido en bandeja con los Divididos, que me llamaron para ocupar su lugar. Con ellos aranqué a principios de 1988, pero recién debutamos en junio del 88, en un bar de Flores. Toqué hasta el 90, grabé su primer disco, 40 dibujos ahí en el piso, y en un momento de crisis interna, cuando se fue el baterista Gustavo Collado, también me fui. Al poco tiempo ingresó Federico Gil Solá y la banda encontró un nuevo rumbo. Eso coincidió con el regreso de Pettinato a Buenos Aires, con el disco de Pachuco Cadáver bajo el brazo. Lo escuché y me encantó, me pareció súper moderno. Entonces decidimos armar algo juntos. Al poco tiempo llegó de España Guillermo Piccolini y comenzamos una nueva etapa de Pachuco Cadáver en la Argentina. También grabamos un disco, Life in La Pampa, que salió primero en España y después acá. Pettinato dio por terminado el proyecto por sus trabajos en la televisión. Y ahí me convocó Germán Daffunchio para grabar en el segundo disco de Las Pelotas, Máscaras de sal. Eran sobre todo texturas de teclados y algunas trompetas. Yo ya venía tocando teclados y bajo, además de vientos, en Pachuco. –¿Qué influencias te marcaron? –Podría referirme a varias etapas en mi formación musical. Mis primeros años de deslumbramiento con el rock sinfónico de Yes, Emerson, Lake & Palmer, King Crimson y, acá, Invisible y La máquina de hacer pájaros, de Charly García. En los 80, me voló la cabeza el jazz. El free jazz en particular. El trompetista Lester Bowie y el Art Ensamble of Chicago, Don Cherry y Ornette Coleman, Arthur Blythe, el World Saxophone Quartet, Hermeto Pascoal, Keith Jarret y también los clásicos: Miles Davis, Dizzy Gillespie, Clifford Brown y Freddie Hubbard. –Cuando decís huir de los estereotipos, ¿tenés en mente al virtuosismo? –El virtuosismo es una deformación profesional. Siempre me ha generado un poco de impresión ver a aquellos músicos estilo Paganini, un endemoniado con el violín. O a los trompetistas pirotécnicos que tocan solo sobreagudos, que me aburren y me parecen freaks de la música. Para decirlo en otras palabras: la música es un lenguaje. Como tal, y siguiendo en ese pensamiento, no soportaría a un tipo que me diga cien palabras por minuto, tipo rapero. Eso es el virtuosismo. Volviendo al asunto del lenguaje, prefiero entender lo que me dicen. Si transferís todo eso a la música, vas a entender lo que pienso. La técnica es necesaria, aunque no imprescindible. Se pueden tocar los instrumentos de muchas formas, tradicionales o alternativas. Yo aprendí a tocar la trompeta solo, soy autodidacta. Y mi desafío fue siempre transmitir algo con el instrumento. Me gustan Chet Baker, el guitarrista Bill Frisell, el bandoneonista Dino Saluzzi, toda gente que encontró un lenguaje propio sin estridencias ni virtuosismos. –¿Cuándo tomaste la decisión de dedicarte a la música? –Yo quería ser músico: es mejor decirlo así. Poco a poco, gracias a la trompeta y a los pocos trompetistas existentes en aquellos años, fui enlazando distintos proyectos y laburos como trompetista. Naturalmente, un día me di cuenta de que podía dedicarme a la música profesionalmente. Ahí dejé la universidad –estaba cursando el cuarto año de Psicología– para tocar con varios grupos. Algún dinero empecé a ganar, y mis viejos me apoyaron. Mi papá era muy musical y disfrutaba el hecho de que yo fuera músico.   Aire y medios Gillespi tiene una sensación de ambigüedad cuando habla de su paso por la televisión. «Es una experiencia extraña», sintetiza. Hace algunas semanas estuvo de invitado en Duro de Domar y revivió esa especie de inevitable desconcierto. «Por momentos es aterrador y, en otros, tan vulgar y frívolo como estar sentado en el living de tu casa. Hacía un buen tiempo que no aparecía en televisión de aire en vivo, unos 4 años, más o menos. El set de televisión era aterrador y superficial a la vez. Los panelistas todo el tiempo mirando sus celulares y diciendo cualquier cosa. Es como una gran estafa muy bien paga. El problema es cuando tomás conciencia de todo, y decís “ahora me está viendo fulano, mengano, mi vieja, mi suegro”. Ahí te agarra terror. Si no pensás eso, podés ser una gran estrella de la televisión. Cuanto menos te importa todo, más posibilidades de triunfar tenés. Y si le perdés el miedo al resto de las personas y podés bardearlas descaradamente, tu futuro es promisorio. Es entretenimiento, y la gente se entretiene viendo el dolor, la pelea, el morbo, la desgracia y las perversiones sexuales. Todo eso te lleva a la notoriedad rápida. Los dones, las virtudes, el arte, el pensamiento, la coherencia y la decencia no revisten el menor interés de la audiencia: son valores que miden un punto o dos de rating». –¿La radio es diferente? –La radio es una experiencia maravillosa y enriquecedora cuando se mantiene en el tiempo. He trabajado en distintos tipos de programas, desde los magazines de AM, donde alternan noticia dura, opinión y humor, hasta los programas de FM, más musicales y volados, con cierta psicodelia implícita. Yo particularmente tomo mis programas de radio como experiencias grupales. Burundanga es un programa que, ya desde el nombre, sugiere varios enfoques. El nombre Burundanga es musical, cómico, kitsch y africano. Me remite a «mandanga». Es decididamente un nombre no fashion. Traté de evitar los títulos de películas o de canciones, onda La bestia pop o Sin documentos. Irme de ese espectro de robar el título de algo que conocen todos y resignificarlo. También la burundanga es una droga de difícil definición: la información que aparece en Internet es confusa y contradictoria. Dicen que opera sobre la voluntad de las personas con el fin de poder dominarlas. Me gustaba ese efecto de «burundanguizar» a la audiencia, de captarla. El programa es caótico y divertido. Y es una experiencia de aprendizaje grupal. Cacu (Fernando Cacurri, uno de los integrantes) empezó de productor y terminó haciendo aire con un estilo propio, Malena Pichot encontró sus momentos y todos nos acomodamos en este formato. –En todos tus laburos en medios el humor es un condimento importante. ¿De dónde viene esa inclinación? –Creo que cuento con una especie de «gracia natural», sin decir con esto que lo mío sea bueno o genial. Me refiero a que tengo una cara graciosa, una voz muy particular, parecida a la de un dibujo animado, y ciertos pensamientos laterales insólitos. La combinación de todo eso me transformó en un personaje natural. Ya en la escuela todos se reían de mis ocurrencias. Muchas veces me propongo ser serio y finalmente termino siendo gracioso: es inevitable. No es influencia de nada, no veo cómicos, no vi nunca a Capusotto o a Groucho Marx, ni miro sitcoms como Seinfeld o cosas por el estilo. Nada… Tampoco a Olmedo ni a Cha, cha, cha. No me gustan los programas cómicos, no los veo. Si de casualidad llego a ver unos minutos de algo, quizás me río, pero inmediatamente cambio de canal. No me atrae el humor. –A la distancia, ¿cómo ves tu salida de Rock & Pop?   –Mi salida de la Rock & Pop tuvo multiples factores sumados. Tratando de ser sintético, puedo decir que determinados factores fueron cambiando para peor. La Rock & Pop tuvo tres grandes momentos: la primera era, con Daniel Grinbank como dueño; la segunda etapa, con los mexicanos de CIE y Quique Prosen como director, donde yo trabajé; y una tercera etapa, con Pablo Lete como director y los Moneta como dueños. Mi experiencia con Quique Prosen fue inmejorable: me entendió desde un principio y me motivó a que fuera yo mismo al máximo. Así llegué a hacer varios años de Gillespi Hotel al comienzo, y después también hice Falso impostor. Fueron varios años construyendo un buen programa que se mantuvo primero en audiencia. Nos divertíamos, íbamos primeros y facturábamos un montón de plata: la fórmula era perfecta. Prosen me decía «seguí así». Y eso era lo mejor que me podían decir. Con los nuevos dueños se replanteó el formato del programa, empezaron las reuniones con la finalidad de «desperfilarme» y, finalmente, terminamos haciendo un híbrido que perdió terreno frente a Wainraich y otros. La radio cayó en todos sus horarios y las tensiones crecieron. Finalmente, trajeron a Mariano Closs para injertar un programa de fútbol en mi horario. Medía menos que yo… A mí me mandaron a las 6 de la mañana a hacer un «magazine» con política, economía, títulos, información, columnistas y un imitador que hacia la voz de Mostaza Merlo o de Hugo Moyano. Creo que lo hice bien: terminé el año en el cuarto lugar, detrás de los ya instalados Beto Casella, Pettinato y Juan Pablo Varsky. Terminé el año súper estresado, le dieron mi lugar a Ernesto Tenembaun y no pude encontrar un espacio en la grilla. Fue un momento de tristeza: todo lo construido se disolvió como arena en mis manos. Cuando me quise dar cuenta, estaba en la calle. ---Alejandro Lingenti Fotos: Jorge Aloy