De cerca | ENTREVISTA A MARILÚ MARINI

«Se puede amar con odio»

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Mariano del Mazo - Fotos: Juan Quiles

La actriz se luce en El corazón del daño, una obra catártica que pone en escena el ajuste de cuentas con una madre compleja. El Di Tella, el exilio y la terapia.

En la tarde más calurosa del mundo, Marilú Marini ofrece vasos de agua y se abanica con la mano. Hace apenas unas veinte horas estaba parada en el medio del escenario de la sala del Teatro El Picadero: citaba a Clarice Lispector y se disponía a poner en escena esa extraordinaria deriva poética y narrativa que es El corazón del daño, la novela de María Negroni. Adaptada por Oria Puppo y Alejandro Tantanian, y dirigida por el propio Tantanian, la obra traduce teatralmente y con detalles sutiles la maestría del texto de Negroni. Es un libro anfibio, que deja confundir el ensayo autorreferencial con la catarsis: un ajuste de cuentas con una madre compleja, el desandar una simbiosis hecha de amor y odio, como quien desenreda un ovillo doloroso. Un camino que indica hundirse en la herida para salir transformado. La cita a Lispector es la puerta de entrada a la sofocante noche de El Picadero: «Voy a crear lo que sucedió».
La actriz reside en Francia desde hace medio siglo, aunque en los últimos meses vivió en Madrid, donde se montó El corazón del daño con suceso. En el departamento porteño que ocupa transitoriamente, Marini cuenta parte de su historia y, también, a su manera, «crea lo que sucedió». El repaso previo incluye una infancia en Mar del Plata, un período de experimentación en los años del Instituto Di Tella como bailarina y coreógrafa, el exilio en Francia, sus trabajos con Alfredo Arias. En fin, de Copi a Peter Brooks, de Arlt a Fassbinder, de su abordaje a Nini Marshall a Shakespeare, su trayectoria es deslumbrante.

«Tuve una madre idealizada y lejana. Era prusiana. Cuando yo nací venía de un duelo, había perdido una hija. Algo de lo que una difícilmente se repone.»

No hace mucho dirigió Mátate, amor, obra que protagonizó Érica Rivas. El texto original pertenece a Ariana Harwicz, una de las escritoras más interesantes y revulsivas de los últimos años, que mete el dedo en la llaga de la corrección política en varios temas, entre ellos la maternidad. En ese sentido conecta con El corazón del daño: cada una a su manera, Harwicz y Negroni coinciden en dinamitar la idea romantizada de lo que significa ser madre. «Tanto en el texto de Ariana como en el de María, la maternidad está tomada desde un punto de vista que no es moral, ni convencional, ni socialmente aceptado. No hay corrección ahí –dice Marilú–. Ellas toman a la madre desde la carne, desde el cuerpo, desde un descubrimiento. Es una reestructuración de las normas sociales burguesas. Ese concepto social burgués borra todos los conflictos; es una mirada cómoda que al final resulta dañina. Como dice William Blake, “el deseo no realizado engendra peste”. Yo agregaría que el conflicto no verbalizado engendra peste. Cuando la maternidad aparece apagada por esos conceptos morales y sociales, se producen locuras familiares, se establecen cosas terribles. María y Ariana nos muestran la carne del conflicto y nos dicen que se puede amar con odio, que se puede tener una distancia y un entendimiento que va más allá de lo racional. Uno puede incorporar al amor lo que detesta del otro».

Con economía, con una tensión dramática tersa y una expresividad implosiva, Marini compone a la hija de El corazón del daño con la sabiduría que otorgan los años. Captura la esencia del libro. «Alejandro Tantanian, gran lector, me alcanzó el libro de Negroni hace un año. Él conoce a María desde hace mucho, trabajan juntos en una cátedra de literatura de una universidad de los Estados Unidos. Me intrigó el texto. Es tan particular, tan delicioso. María lo llama novela, pero yo creo que sale de los cánones de una novela. Tiene poesía, no es un ensayo pero tiene algo de literatura confesional y muchas citas de otros escritores. Es un banquete literario».
Allí está, sola, con sus lozanos 83, mordiendo el texto con un extraño desasosiego: «En la casa de la infancia no hay libros. Patines hay, bicicletas, cajas de cartón con gusanos de seda, pero no libros. Cuando le digo esto a mi madre, se enfurece. “Por supuesto había libros”, dice. No sé. En todo caso, no hay una biblioteca de ejemplares ingleses como la que tuvo Borges. También de otra cosa estoy segura: una mujer difícil y hermosa ocupa el centro y la circunferencia de esa casa. Tiene los ojos grandes, los labios pintados de rojo. Se llama Isabel, pero le dicen Chiche, que significa juguete, pequeño dije, objeto con que se entretienen los niños. En una escena interminable, la miro maquillarse en el baño. Un hechizo de ver esa mujer».
–¿Cómo era tu madre? ¿Reconocés en ella algo de la del texto de Negroni?
–Sí, muchas cosas. Yo tuve una madre idealizada y lejana. Era prusiana. Cuando yo nací venía de un duelo, había perdido una hija de tres años. Algo de lo que una difícilmente se repone y sobrepasa.

«Es una tarea ciclópea pensar en otra lengua. Imaginate con el análisis. Yo que me inicié como bailarina, es como un trabajo de barra el tema del idioma.»

–¿Por qué lejana?
–No sentía la mirada de mi madre sobre mí. Vivíamos con una hermana veinte años mayor, ¡había diez hermanos entre ellas dos! Fue la mujer que me crió, no se había casado nunca. No diría que era una casa oscura, pero sí densa. Lo esencial del libro de María es cómo aparece la artista a través de esa relación conflictiva, cómo ella sublimó el dolor en literatura.
–¿Hablaste con Negroni?
–Mucho. Sobre todo de cómo procesamos a nuestras madres, cómo las deconstruimos y reconstruimos, también por el análisis. ¡Yo hace cuarenta años que me analizo! Freud vio muy lúcidamente el tema de la madre, antes era una figura dentro de lo sagrado, de lo intocable. Las escritoras feministas fortalecieron la idea de que una mujer no es solamente una madre en potencia, que hay toda una diversidad que contempla el deseo.
–¿Y tu arte? ¿Cómo apareció en esa casa que recordás «densa»?
–No sé exactamente. Tuve la suerte de estar siempre en contacto con el mundo de lo imaginario. Recuerdo de mi niñez en Mar del Plata cosas hermosas e iluminadoras y cosas difíciles. Ahora pienso que no sé si el arte cura. Yo creo que no sirve para nada, más allá de que habilita el acceso a otros mundos, universos a los que no se llega desde lo racional. Claro que no es poco. Es lo que pasa con el amor: se descubren mundos.

–¿Te analizás hablando en francés?
–No, con una terapeuta argentina. Es una tarea ciclópea pensar y vivir en otra lengua. Imaginate con el análisis. Yo que me inicié como bailarina, es como un trabajo de barra el tema del idioma. Y el acento no lo perdés nunca.
–A la distancia, ¿ves cómo algo positivo haber emprendido el exilio?
–Mi vida hasta en cierto punto es fruto de mi inconsciencia. Yo me fui porque Alfredo Arias me llamó. Venía de los años del Di Tella, y estábamos haciendo Señorita Gloria. El clima era horrible, había recibido algunas llamadas telefónicas difíciles, pero no me daba cuenta del peligro. No tenía miedo. Cuando la dictadura cerró el Di Tella estuve presa casi un mes en la cárcel de mujeres de la calle Humberto I°, en San Telmo. En el campo, los gauchos dicen que «lo que no mata, engorda». Es la frase coloquial de lo que decía Nietzsche: «Lo que no mata, fortalece». Yo pienso que eso me ocurrió cuando me fui, en 1975. Me fortalecí.
–¿En algún momento sentiste que dejaste de ser extranjera?
–Sucede que yo me siento en casa en París porque tengo una familia. Marido, hija, nietos. Estoy arraigada. Mi hija no es biológica, es de mi marido, pero la adoro. Es mi hija también. Entonces sentís que la familia es lo que queda de vos después de tu muerte. Como dice Próspero en La Tempestad: «Estamos hechos de la misma materia de nuestros sueños». Nuestra pequeña vida está rodeada de nuestros sueños. Ahora, por otra parte, volviendo a tu pregunta: nunca dejás de ser extranjera. Yo vengo a la Argentina y siento una conmoción especial. No sé cómo explicarlo: se abren todos los cajones de la emoción. No necesito descifrar ningún código, es parte del ADN. En Francia no, es otra cosa.  Hay que aprender a vivir con esa sensación de sentirse extranjero, es como ser rubio o morocho. Es así.

«Haber vivido a pleno los 60 fue como haber tenido una beca. Muy rápidamente el sistema absorbió todo. Los ideales empezaron a ser parte del consumo».»

–Fuiste una agitadora de la escena de los 60. ¿Qué marcas te quedan de esos años?
–Haber vivido a pleno los 60 fue como haber tenido una beca. Muy rápidamente el sistema absorbió todo. Los grandes ideales empezaron a ser parte del consumo: se hizo un mercado de lo hippie. Y bueno, si uno ve la marcha del mundo, fue un fracaso. Fuimos muy ambiciosos. Vivir en comunidad, el famoso peace & love, fue lanzarse a un experimento social muy difícil de concretar. Al menos se intentó. Creo no obstante que los que surgimos en esa época conservamos una ética. Tal vez el campo de acción sea acotado, pero seguimos pensando en la solidaridad, en que hay un otro, en que jamás hay que convertir al prójimo en un objeto. Y la apertura, la curiosidad, la mirada. Aunque tal vez eso sea algo individual mío. En el Di Tella yo hablaba con todos: los artistas plásticos, los rockeros, los de la música electroacústica.
–Los primeros rockeros.
–Claro, yo los conocía a todos: Pomo, Pappo, Javier Martínez, Alejandro Medina, Carlos Cutaia, un poco después a Luis Alberto Spinetta. Sintonizaba con dos que de algún modo se parecían, Miguel Abuelo y Tanguito. Eran como niños, muy frágiles, dueños de un lirismo enorme. Yo andaba por ahí, completamente inconsciente. No tenían estrategias, eran puros impulsos vitales. El Di Tella era un lugar de libertad e intercambio. Vos le presentabas un proyecto a Roberto Villanueva, que era el director de del Departamento Audiovisual, y generalmente te lo aceptaba. No había censura. Todo era permeable.
–Las cosas han cambiado un poco.
–Con el tiempo, todo se volvió horrible. Fijate Milei, las derechas, la guerra de Ucrania, Oriente Medio. No quiero parecer una vieja que dice: «¡Qué barbaridad el mundo!». Pero sí: qué barbaridad.

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