De cerca

Volver a escena

Después del parate obligado, el actor regresa al teatro con dos obras filmadas con un estricto protocolo que este mes se estrenan en la web del Cervantes y el San Martín. Vicisitudes y temores ocasionados por la pandemia. La televisión, el cine y las influencias que lo marcaron a fuego.

Estaba mirando el techo hace como una hora. Me ayuda a relajarme, a acomodar las ideas, a pensar mejor. Fijo la vista en un punto y así me quedo, reflexionando, hablando en voz alta y repasando la letra de un personaje. Los actores estamos medio piruchos», se ríe con su vozarrón característico Osmar Núñez. Desde su departamento ubicado en el barrio de Balvanera, el versátil intérprete reconoce altibajos anímicos provocados por la cuarentena. «Hay días y días, no voy a negar la preocupación, el miedo y las necesidades. Tengo urgencia por trabajar, pasaron meses y meses sin recibir un solo peso. Ojo, me encanta estar en mi casa, en este tiempo pude hacer cosas a las que nunca antes le había podido dedicar atención. Pero bueno, pasaron muchas cosas y la cabeza carbura más de lo aconsejado», advierte. En marzo, cuando se desató la pandemia en el país, se encontraba haciendo las obras Algo de Ricardo y Las patas en la fuente y, además, tenía todo listo para grabar dos miniseries. «Las piezas teatrales pueden rescatarse, las miniseries se pincharon», explica.
–¿Qué te alteró más de esta cuarentena?
–La vida, los horarios, el sueño. Duermo de día, me desvelo a la noche. Siempre fui noctámbulo, pero todo este despiole agudizó mi desvelo en horarios de madrugada. De a poco estoy intentando volver a mi normalidad, pero cuerpo y cabeza estuvieron tomados de rehén por este desconcierto, por esta confusión de horarios y, de pronto, eran las cinco de la mañana y estaba viendo una serie, mientras que a las cuatro de la tarde dormía profundamente.
–Antes decías que no ibas a «negar el miedo». ¿A qué le temés?
–A volver a trabajar, qué te parece. A volver a estudiar, a repasar guiones, a mover el cuerpo. La voz perdió entrenamiento, tonalidad. Nunca en mi vida estuve tantos meses sin hacer nada. Soy un fanático del laburo, jamás me tomé más de quince días por año de vacaciones porque amo hacer teatro, sobre todo, entonces siempre tenía algo en la galera.
–¿Se pierde confianza?
–Yo la perdí, tengo dudas, inseguridades. El otro día lo hablaba con colegas y a muchos nos pasa. Pero no porque nos olvidamos de actuar, sino porque el coronavirus cambió radicalmente el mundo del espectáculo. Broadway, en Nueva York, bajó las persianas hasta marzo de 2021. ¿Qué nos espera a nosotros? Lógico que estoy preocupado y tengo miedo, porque más allá de las dudas personales, la incertidumbre es más profunda, es a nivel laboral, porque sé que mi trabajo ya no será como era antes.
–¿A qué te referís?
–A que volví a hacer teatro pero de otra manera, muy distinta, que es grabar una función que quedará en la plataforma digital del teatro. En realidad fueron dos obras, una es Puzzle, de Omar Lopardo, autor pampeano, para el Teatro Cervantes. Y la otra es Las manos sucias, escrita por Jean-Paul Sartre, para el San Martín. En ambas piezas estudiamos el guion, tuvimos tres semanas de ensayo fuerte y grabamos en un día la versión final, como si fuera una película. Fue algo muy raro. Es laburo, bienvenido sea, pero es poco estimulante.
–Difícil imaginarlo.
–No es teatro, es lo más aproximado al teatro, filmando con tres cámaras en distintos ángulos. Pero bueno, no son tiempos para hacerse el exquisito, aunque estoy en contra del streaming teatral: me entristece, la verdad es que no me interesa hacer nada de este tipo, me refiero a una función en vivo. En eso sí me mantengo firme. Esto que hice en el Cervantes y en el San Martín es otra cosa, más cuidada y con la impronta de esas salas teatrales con prestigio.
–¿Qué podés contar de Puzzle?
–Es una obra absurda, con matices beckettianos, que cuenta sobre el encuentro fortuito de dos hombres que no poseen memoria sobre sí mismos, pero sí lo saben todo del otro y, a partir de ahí, arman su propia historia descubriéndose criminales que huyen. Es una pieza que profundiza sobre la condición humana, la justicia y el amor. La obra la dirige Santiago Doria y tuve el honor de poder trabajar con Jorge Suárez, uno de los mejores actores argentinos. Y estará disponible para el público a partir de noviembre en la plataforma del Teatro Cervantes.
–¿Y Las manos sucias?
–La dirige Eva Halac y la protagonizo junto con Michel Noher. El texto plantea la eterna discusión entre el idealismo político y la praxis. ¿Se debe luchar por los grandes ideales o hacer lo que es útil? Mi personaje es un revolucionario, ya medio de vuelta, que se topa con un joven idealista que tiene el mundo por delante. Y lo que subraya Sartre es que los personajes no se modifican por las circunstancias, sino por su necesidad de realizarse.
–¿Cómo ves esta transformación laboral?
–El teatro es irremplazable e inimitable, me duele pensarlo, lloro de impotencia. No quiero hacerme la cabeza, lo tomo como lo que es, una aproximación, un entrenamiento. Pero el teatro es hacer función todos los días, con el público ahí pegadito y respirando esa adrenalina maravillosa que da caminar por la cornisa de la obra en vivo. Y otra conclusión, no menos dolorosa, es que no se cobra el mismo dinero grabando una función que haciéndolas todas las noches. Pero habrá que aceptarlo y adaptarse, porque entiendo que este formato llegó para quedarse un buen tiempo.

Camino propio
Carlos Osmar Núñez es el nombre completo del premiado actor, que descolló en piezas escritas por su admirado Antón Chéjov como Los hijos se han dormido, Un hombre que se ahoga y Espía a una mujer que se mata, entre otras. «Carlos nunca lo usé, no me gusta para nada», dice. «Soy Osmar pero muchos, hasta el día de hoy, me llaman Omar. Osmar, como se llamaba mi viejo, me da personalidad: esa “s” le da un toque distintivo, desde chiquito yo me sentía distinto».
–¿Distinto en qué sentido?
–Quería ser actor pero tenía que lidiar con mi timidez, era muy metido para adentro.


–¿Cómo lo superaste?
–Les pedí a mis padres que me inscribieran en un curso de actuación. Yo tenía 15 años y empecé en el Teatro Municipal de Morón. Mientras estudiaba y me desarrollaba, pasaron los años y yo ya trabajaba en oficinas asfixiantes que solo me daban oxígeno para pagar mis estudios de teatro y ver las películas de mis actores preferidos.
–¿Quiénes eran?
–Uf, tantos. Tuve la suerte de ver a los más grandes, vi mucho cine británico, italiano, me di grandes panzadas. Laurence Olivier fue uno de mis ídolos, lo vi en trabajos excelsos como Hamlet y Espartaco, donde desplegaba una virilidad y entrega admirables. Después recuerdo La huella, con Michael Caine, en un duelo de animales de escenario insuperable. Y a la par de Olivier, aparece otro a quien quizás quiero más: Albert Finney, aquí conocido por El gran pez, en ese rol inmenso de un padre que se está despidiendo de su hijo. Pero Finney tiene una veintena de laburos de diez puntos como Muchas gracias, Mr. Scrooge, Los duelistas, Erin Brockovich o Antes que el diablo sepa que has muerto. También me marcó el cine italiano, por supuesto, con Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni por encima de todos. Dos monstruos. Gassman me perdía, me vi todo lo que hizo: Los desconocidos de siempre, Perfume de mujer, La armada Brancaleone, Nos habíamos amado tanto. Cuando vino a la Argentina la última vez, creo que fue en 1999, me mandé a escucharlo: daba una especie de clase abierta en el Gran Rex, pero yo no tenía un mango. Uno de los acomodadores me hizo entrar media hora después y casi me meo encima. El manejo de los espacios, la voz inconfundible, era un fuera de serie.
–¿Y cuáles son tus influencias locales?
–Acá hubo indiscutibles, pero elijo a tres con los que me caía de culo con cada uno de sus trabajos. Walter Santa Ana, un artista completo de cine y teatro, pienso en obras como Rey Lear, Galileo Galilei, Borges y el otro. Ernesto Bianco, que consagró su vida al teatro, minucioso en cada detalle, un actor de laboratorio. Y no puedo dejar de mencionar a Alfredo Alcón, amo y señor de la actuación, dueño de una sensibilidad extrema, de quien aprendí muchísimo.
–¿Qué director teatral sacó lo mejor de vos?
–Daniel Veronese, sin dudas. Un director sencillo, claro, muy piola y dueño de un manejo de la escena infrecuente. No quisiera olvidarme de otros, pero Veronese es el mejor realizador de estos últimos diez años. En lo personal me ha llevado a conocer registros impensados, que descubrí gracias a su búsqueda, constancia y perseverancia envidiables. Y no por casualidad trabajé tanto a sus órdenes: Mujeres soñaron caballos, Tío Vania, Tres hermanas y Los hijos se han dormido.
–Alguna vez dijiste que «el cine es como una casa de fin de semana adonde voy de visita». ¿Qué significa?
–Eso: que es un lugar al que no es fácil llegar, que tuve la suerte de ir varias veces y que me encantaría poder alquilar esa casa por más tiempo, para poder usarla mucho más que los fines de semana.
–Formaste parte de varias de las grandes películas argentinas del último tiempo: Betibú, Las vidas posibles, El nido vacío, Relatos salvajes, Dos hermanos, El custodio, La mirada invisible. ¿Qué te faltó?
–Estuve presente, formé parte, quizás me faltaron más protagónicos, pero estoy a tiempo. Por suerte tengo la inquietud y sueño con la película de mi vida, con hacer la mejor actuación en una película que recorra el mundo. No pasa por una cuestión de ego, ni de fama, sino por una necesidad interior.
–Hiciste poca televisión, ¿por qué?
–La tele nunca me dio bola y yo tampoco. Nos miramos de reojo, somos muy interesados y solo hablamos cuando hay algo importante que decir. A decir verdad, la busqué poco, nunca le demostré interés y nunca me arrepentí. Alguna vez me insinuó un tipo de personajes que nunca me sedujo, el de galán. Siempre me pareció una boludez. Debo pensar eso porque a mí suelen convocarme para personajes tiranos, supongo porque soy alto, tengo vozarrón y una cara con carácter. Pero a mí me gusta la transformación.
–¿Te gusta más hacer de malo?
–Sí, toda la vida. Yo quiero ser perverso, disfruto ser la contracara, creo que para un actor como yo es más desafiante por los matices en los que puedo bucear. Y la tele parece que ya tiene bien cubierto ese rol.
–Hablando de transformación, en 2019 hiciste un pequeño gran trabajo encarnando a Marlene en Pequeña Victoria.
–Fue una experiencia maravillosa, corta pero sustanciosa. Marlene era transexual, la madre adoptiva de Emma, el personaje de Mariana Genesio y la fundadora de un hogar de mujeres trans. Me conmovió el personaje, Marlene era una mujer contenedora, que ayudó a Emma cuando su padre le hizo la vida más complicada por su elección sexual. Tuvo mucha receptividad en el público y eso me sorprendió, la verdad. Creo que se debió a su amorosidad: nunca hice en mi trayectoria un rol con tanta humanidad.
–Después de tantos años, ¿con qué soñás?
–En lo personal, en este contexto sueño con volver a ver los teatros en funcionamiento. Pero hasta que empezó la pandemia mi sueño era seguir trabajando, haciendo los papeles que deseaba. Sin ser tan conocido, yo siempre fui un actor agradecido, que pudo elegir.
–¿Te sentís poco conocido?
–Soy un semifamoso que logró prestigio, que es algo invalorable.