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Cambio de frente

Acompañado por su hermano Gustavo, el entrenador de Boca apuesta a su autoridad y convicciones futbolísticas para recuperar la mística ganadora del club. La relación con los referentes del plantel y los planes a futuro de un ídolo de la historia xeneize.  
Local. El Mellizo, de regreso en la Bombonera. Asumió la conducción del equipo tras la abrupta salida de Rodolfo Arruabarrena. (Télam)

Guillermo Barros Schelotto se siente en Boca como en su casa de City Bell. Desde que puso un pie en el vestuario local de La Bombonera después de ocho años, el Mellizo –ahora como entrenador–, exhibió su autoridad ante un grupo de jugadores que, más allá de los títulos del torneo local y la Copa Argentina que lograron el año pasado con Rodolfo Arruabarrena como técnico, vive marcado a fuego por las eliminaciones ante River en la Copa Sudamericana y la Copa Libertadores de 2015. Guillermo es uno de los más grandes ídolos de la historia de Boca; y es, también, la estrella que estiró su luz hasta donde pudo, el que se quedó en el club después de las salidas de Martín Palermo y Juan Román Riquelme. Pero la autoridad, más que exhibirla, la puso en práctica desde el minuto cero junto a su hermano Gustavo, quien lo acompaña en el cuerpo técnico desde que inició su camino como entrenador en Lanús, en 2012, donde dos años más tarde ganaron un torneo de relieve: la Copa Sudamericana.   Alta exigencia En los partidos que llevan en el banco, a Boca ya no le ganan fácil. De aquí en adelante, Guillermo buscará consolidar la línea de juego, una combinación de mayor audacia ofensiva con inteligencia y solidez. «Adelante», dijo, sin más, en una conferencia de prensa cuando le preguntaron dónde iba a jugar Carlos Tévez, a quien el presidente de Boca, Daniel Angelici, le cedió las llaves del club, como dijo. Un mensaje futbolístico con un plus. Guillermo llama a los jugadores por su apellido, al contrario del Vasco, que utilizaba –y hasta ponía– los apodos. Guillermo difícilmente diga en una entrevista «mi presidente» para referirse a Angelici, como lo hacía Arruabarrena. Tévez es Tévez. A lo sumo Carlos. «Lo que hizo es plantar una bandera elemental de autoridad. Pero, al mismo tiempo, acierta en orientar a Tévez hacia su territorio más promisorio –escribió Alejandro Caravario en el sitio Un caño–. Le cercena un capricho, pero favorece al jugador y al resto del equipo. Ese Carlitos que se retrasaba hasta el círculo central y pretendía convertirse en armador era como un ingeniero al volante de un taxi». Tévez, después del último empate sin goles en el Monumental ante River, afirmó: «Físicamente no estamos para jugar como pide Guillermo». Lo que pide: presión a los defensores rivales en la salida, agresividad a la hora de atacar, presencia en las líneas. Si bien advirtió que el nivel del equipo no variará hasta junio –se filtró que no está a gusto con el rol de los llamados referentes (Agustín Orión, Daniel Díaz, Fernando Gago)–, y con la certeza de que los jugadores que llegaron como refuerzos no son soluciones, Guillermo quiere terminar este primer semestre –en el que Boca afronta el torneo local y la Copa Libertadores– de la mejor manera. El entrenador es consciente de que necesita reforzar el trabajo. Al predio de Casa Amarilla arribó con un sistema de análisis biométricos a través de un gps, que implementó en Lanús con el asistente Pablo Matallanas. En los entrenamientos se lo ha visto pegar más de un grito a quien sea. Explicándole a Gino Peruzzi cómo generarle un espacio a Palacios para que tire un centro. Gustavo, en este aspecto, es todavía más enérgico a la hora de las indicaciones. La parte física está a cargo de Javier Valdecantos, un preparador físico conocido por su alta exigencia. «Si querés ser un equipo duro, hay que entrenar duro. Boca es, como dijo el Coco Basile, Deportivo Ganar», remarcó el Mellizo. La contratación de Guillermo implicó la vuelta de un ídolo para que tome decisiones. Angelici lo quiso como entrenador desde que se convirtió en presidente de Boca. En este momento, no cabía otra alternativa. Desde la Casa Rosada, sin embargo, el presidente Mauricio Macri simpatizaba con Martín Palermo. Guillermo tiene el vía libre de Angelici –y espalda– para tocar lo que haya que tocar. Quiso asumir de inmediato el compromiso, luego de su breve paso por el calcio italiano. De su paso por el Palermo de Italia –dirigió cuatro partidos y tuvo que irse porque le rechazaron la licencia para entrenar, que exige cuatro años de experiencia–, el Mellizo regresó enamorado del profesionalismo. Como le pasó a Diego Simeone luego de dirigir al Catania y llegar a Racing. «En Italia me dijeron que hay que contener las emociones para que salgan afuera las ideas», contó en su presentación como entrenador de Boca.   Otra mentalidad «La intención es jugar, tener la pelota y atacar con mucha gente», dijo Guillermo en 2012. El mensaje no varió. Guillermo es, además, el primer ídolo de la generación de jugadores que triunfaron con Bianchi en ser el entrenador de Boca. El Vasco, es cierto, abrió la puerta. Compañero del Mellizo en Gimnasia La Plata y ayudante del Maestro Óscar Tabárez en 2002, año en el que dirigieron a Boca y a Guillermo, Alberto Márcico le dice a Acción: «Veo un cambio de mentalidad; y es normal por el cambio de técnico, que trae una revuelta del jugador, que trata de posicionarse. Y en el juego también. Gago es cinco y juega de cinco. Es una apuesta siempre ofensiva y él no perdió la impronta, la picardía». Márcico agrega: «Se vienen cambios a largo plazo. En el próximo mercado de pases, a mitad de año. Guillermo apunta a otro tipo de jugador. No se puede seguir con que hay internas. Sean o no verdad, va a querer terminar con esa historia del vestuario». Barros Schelotto ya no se arremanga los puños de la camiseta para gambetear desde la punta derecha. Ya no piensa como alternativa ser un abogado propenso al chamuyo y lejano a los libros. A los 42 años, aún es un meticuloso del fútbol. Cuando era jugador los entrenadores se cuidaban –y lo consultaban– por lo que sabía de los rivales y el juego. «El otro día veía una entrevista que le hacían a René Favaloro –dijo en diciembre de 2014, en una charla–. El periodista le decía que había sido un genio y lo alababa todo el tiempo, hasta que Favaloro lo frenó: "Yo no habría sido genio si no hubiera trabajado". Entonces –agregó Guillermo–, si vos no trabajás, no ganás, por más suerte que tengas. No hay un trabajo exacto para jugar bien al fútbol, pero si no afinás el lápiz, sos uno más en el montón». ---Roberto Parrottino