Deportes

Ecos mundiales

El segundo campeonato del mundo obtenido por la Argentina marcó la influencia de Maradona dentro y fuera de la cancha, a la vez que consolidó un áspero debate futbolero encarnado en las figuras de Bilardo y Menotti. Entretelones de una gesta con impacto presente.


Grito sagrado. Batista, Burruchaga y Maradona, en la final ante Alemania. (Archivo Acción)

 

Es probable que en una suite del hotel La Fontana, en Bogotá, el martes 13 de mayo de 1986, haya comenzado a gestarse la unidad espiritual de la última selección argentina campeona del mundo. El equipo de Carlos Bilardo estaba de gira por Colombia cuando Diego Maradona reunió a sus muchachos para plantarse contra el entrenador y volver a México. Todavía les quedaba jugar contra Junior en Barranquilla y luego regresar a Bogotá para otro amistoso. Pero los jugadores, finalmente, se impusieron a pesar de los deseos de Bilardo. «Aquella noche de mayo –dice Maradona en el libro Mi Mundial. Mi verdad. Así ganamos la copa, que acaba de publicar Sudamericana–, cuando todavía faltaban tres semanas para debutar en el Mundial, empezó a nacer el campeón, el plantel campeón».
El libro de Maradona –un relato en primera persona, aunque escrito por el periodista Daniel Arcucci– es un alegato a favor del equipo, de los jugadores, en desmedro del técnico, con el que mantiene una pelea personal desde 2010, cuando a Diego lo despidieron de la selección y se fue acusando a Bilardo, por entonces una especie de manager, de haberlo traicionado. «No le demos tanto crédito a la táctica del técnico y démosle más crédito a los jugadores», reclama Maradona a 30 años de la última vez que la Argentina alzó la Copa del Mundo, un aniversario que podría acotarse al 29 de junio, cuando la selección le ganó la final a Alemania en el estadio Azteca, pero que se recuerda durante todo el mes con una nostalgia en tiempo real.
Durante ese junio de 1986 se terminó de configurar la partición de aguas en el país futbolero, dividido desde ese momento entre bilardismo y menottismo, las dos escuelas que marcaron las discusiones de las tres décadas siguientes. La prédica tacticista de Bilardo versus el juego de ataque, apelativo del talento y el libre albedrío que promovía César Luis Menotti, el otro entrenador campeón del mundo con la Argentina, en 1978. La grieta, fogoneada por los medios que respondían a una y otra línea, creció durante los años previos a aquel Mundial aunque no habría sido posible si la selección no lo hubiese ganado.

 

Sueños de barrilete
Por esos días, el fuego interno se encendió en Bilardo y sus acólitos debido a los intentos que se hicieron desde el gobierno de Raúl Alfonsín por desplazarlo. Hasta el secretario de Deportes, Rodolfo O’Reilly, se metió en el asunto. «Él (por Bilardo) sabe mejor que nadie cómo me jugué en medio de la guerra del menottismo contra el bilardismo y del bilardismo contra el menottismo. Me jugué por una causa que tenía que ser de todos. Puse la camiseta por encima de mis gustos, porque a mí el Flaco me llega al corazón», dice Maradona en su libro. «Soy y era menottista, pero era el capitán y tenía que llevar la bandera del grupo», agrega.
En El partido, un bellísimo libro que hace una anatomía del Argentina 2 - Inglaterra 1 de cuartos de final, el 22 de junio, el periodista Andrés Burgo cuenta que Maradona estaba en plena guerra de guerrillas con el que había sido su técnico en el Barcelona, el mismo que lo había llevado a España 82 pero que lo había dejado afuera de Argentina 78. En una nota con la agencia Télam, previa al Mundial, Menotti había dicho que Maradona, como persona, era un «barrilete». Maradona le contestaría unos días después: «Menotti fue un mediocre jugador y parece que quiere lograr el mismo concepto como persona». Ahí estuvo la génesis de la metáfora más bella de los relatos futboleros, la que Víctor Hugo Morales lanzó en el gol de Diego a los ingleses: «Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?».
Después de ganarle a Corea del Sur (3-1), empatar con Italia (1-1) y cerrar la clasificación con Bulgaria (2-0), los jugadores se juntaron en una habitación que se convirtió en un acto de sedición contra Bilardo. En su libro, Burgo relata el episodio a partir del testimonio de José Luis Barrio, uno de los enviados de la revista El Gráfico, que escuchó lo que hablaban los jugadores desde la confitería en la que esperaba para entrevistar a Jorge Valdano: «Diego llegó a decir: “¡Simplemente no le tenemos que dar más pelota!”. Era como un golpe de Estado. “Así no podemos seguir, ¿a ustedes les parece que un equipo argentino juegue así un Mundial?”, gritaba (Daniel) Passarella. El único que lo defendía era (José Luis) Brown: “Ténganle confianza a Bilardo, yo lo conozco, ténganle confianza”. “No, pero qué confianza, no hay que darle pelota”, gritaba Maradona», le contó Barrio a Burgo.
Entre los jugadores del equipo, algunos abiertamente se identificaban con Menotti, como Valdano, Passarella y Ricardo Bochini. Passarella era el capitán de la selección hasta que Bilardo le cedió la cinta a Diego. El cacicazgo del campeón de 1978 terminó de caer en las reuniones previas al Mundial, y a eso se sumaron lesiones y una enfermedad que lo tuvo internado y con suero en un hospital mexicano. «Mentiraaa», dice Maradona en su libro, y sostiene que Passarella no quiso jugar por su vínculo con Menotti.
Hacia adentro, la puja se aplacó. Se consiguió un enemigo externo: «los contras», los periodistas más críticos del equipo, sobre todo los que integraban la sección Deportes de Clarín, ligada con el menottismo. Con el título mundial, el segundo de la Argentina y el primero conseguido fuera del país, el bilardismo se encargaría de marcar una diferencia política: México 86 se había ganado en democracia, a diferencia de Argentina 78, un Mundial organizado por la dictadura. Y para despreciar a Bilardo, el menottismo diría que, sin el genio de Diego, aquella selección no habría llegado a nada.

 

Tiempos de sequía
Maradona expone ahora, 30 años después, la reivindicación de un equipo, con jugadores que quedaron ante la mirada general como satélites que orbitaban alrededor de un astro, ubicados cada uno por Bilardo, que sacó provecho y dejó instalada la idea de que el 3-5-2, el esquema que caracterizaría a esa selección, había sido su creación. «La interpretación de Bilardo del sistema pudo haber sido única –explica el periodista inglés Jonathan Wilson en su libro La pirámide invertida–, pero agregar un tercer defensor central no lo fue. Están los que insisten que el 3-5-2 fue una creación de Ciro Blazevic en el Dinamo de Zagreb en 1984. Blazevic sostiene que el 3-5-2 fue su idea, refiriéndose a Bilardo como “un boludo” por sugerir que había sido idea suya. Los tres en el fondo también aparecieron en Dinamarca».
Que desde México 86 la Argentina no consiguiera otro Mundial (con dos finales perdidas, en Italia 90 y Brasil 2014) ayudó a solidificar las diferencias entre menottismo y bilardismo. Solo Marcelo Bielsa –el bielsismo– logró una suerte de tercera posición histórica, la búsqueda de una síntesis. La próxima estación para que a los recuerdos de junio de 1986 no los acompañe un presente agrio será en Rusia 2018. La generación que estará a cargo de esa tarea es la que lidera Lionel Messi, que nació en 1987. Messi y sus compañeros son los hijos del Mundial 86.