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Final cantado

Después de tres ediciones, los dirigentes resolvieron poner fin a una estructura que amplió la brecha entre clubes grandes y chicos. El reparto del dinero y la deuda del juego, principales retos de AFA, otra vez a cargo de la organización del campeonato.

Bombonera. Frente a un defensor de Gimnasia y Esgrima La Plata, Salvio lleva el balón en el encuentro que consagró a Boca como nuevo campeón. (Mariano Sánchez/NA)

A partir de la próxima temporada, la Primera División dejará atrás la Superliga y volverá a estar regida por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), bajo el nombre de «Liga Profesional». La Superliga, una estructura escindida de la AFA que reunía a los clubes de Primera, había nacido en 2016 con el fin, según se dijo, de darle previsibilidad y transparencia a la máxima categoría. Además que los problemas subsisten, el torneo se destacó por otro motivo: amplió las diferencias entre los clubes más grandes y los más chicos. Dentro de la cancha, en ese sentido, quedó plasmado: Boca ganó las ediciones de 2017/2018 y 2019/2020, y Racing la de 2018/2019. En la reciente edición, como en ninguna de las tres Superligas, Boca y River disputaron el título hasta el último minuto de la última fecha. Y el conjunto xeneize, con la renovación dirigencial-futbolística encabezada por Jorge Amor Ameal y Juan Román Riquelme, con el mando del equipo en el entrenador Miguel Ángel Russo y con el renacer de Carlos Tevez en el césped, ganó sobre en la última fecha el certamen.
Si el mundo se volvió cada vez más desigual, el fútbol argentino también. La Superliga, esa experiencia que incluso había forzado el gobierno de Mauricio Macri, tuvo como musa inspiradora a la Liga de España, donde 14 de los últimos 15 campeonatos se los llevaron Barcelona y Real Madrid. Tanto, que contó con la asesoría de Javier Tebas, presidente de dicha liga. El esquema actual de reparto de dinero entre la Superliga y los clubes –un 50% para todos por partes iguales, un 25% según el desempeño en el campeonato y el cuarto restante según la audiencia televisiva– estiró diferencias. Según el sitio Transfermarkt, especializado en los movimientos de mercado en el fútbol, los planteles de River (138,6 millones de euros) y Boca (111 millones de euros), sumados, valen más que juntar a todos los jugadores de 13 de los 24 equipos de la Superliga. El River de Marcelo Gallardo no pudo ganar la Superliga, es cierto. Pero en ese lapso ganó la Copa Argentina 2016/2017 y 2018/2019 y la Copa Libertadores 2018. El podio de puntos entre los tres torneos que organizó la Superliga, de hecho, quedó así: Boca (157 puntos), Racing (141) y River (137).


Idas y vueltas
«La Superliga atentó contra los clubes chicos y medianos. Además del modo de competición, por ejemplo, con la publicidad estática internacional. No es lo mismo vender todo el fútbol argentino como paquete a que cada club vaya por afuera. Así Boca y River sacan una ventaja muy grande», dice a Acción Nicolás Russo, presidente de Lanús. «Nosotros tratamos de dar pelea, pero la brecha es cada vez más grande. Económicamente, Boca y River están muy por encima del resto», había dicho a comienzos de esta temporada 2019/2020 Diego Milito, director deportivo de Racing, otro campeón de la Superliga. Lo que le resta a la vieja estructura es la segunda –y última– Copa de la Superliga, cuya primera edición la ganó Tigre, que a la vez descendió a la Primera Nacional pero juega la actual Libertadores. La Copa de la Superliga sumará puntos en la fase de clasificación para el descenso por promedios –de momento, serán tres– y para la clasificación a las copas internacionales de 2021. Cada equipo, de esta manera, jugará 11 partidos, divididos en dos zonas.
Lo que sobrevendrá después es más difuso. La Liga Profesional tendrá 23 equipos y la temporada se podría jugar en dos torneos. La vuelta de la Primera División bajo la órbita de AFA no deja de ser un movimiento de poder de Claudio Tapia, su presidente, ya que piensa adelantar las elecciones, previstas para marzo de 2021, y ser reelecto hasta 2025 con la aceptación de la mayoría de los dirigentes. Sucede que es un estado de situación muy diferente al de 2016: cuando asumió, Tapia tejió una alianza con Daniel Angelici, entonces presidente de Boca y delfín del Gobierno de Macri, y cedió la Primera para dar lugar a la conformación de la Superliga. Los mismos dirigentes que crearon la Superliga con promesas de «transparencia económica» y «normalización de la competencia», es verdad, son los que ahora le devuelven la Primera a la AFA. Tapia tiene pensado repartir el manejo de la Liga Profesional en un presidente (Marcelo Tinelli) y seis vicepresidencias. La Primera División, entre contratos de marketing y de televisación, maneja una caja de 6.500 millones de pesos. Eso está en juego.
Pero hay otro juego. El de adentro de la cancha, que no cambia por una denominación del campeonato. La Superliga 2018/2019 finalizó con un promedio de tiempo neto de juego por partido (51,35 minutos) más bajo que el de las ligas de Alemania, Italia, Inglaterra y España. El promedio de gol de la Superliga de aquella temporada (2,21 goles por partido) fue más bajo que el de esas ligas europeas. Pero no solamente: si lo comparamos con los actuales de las ligas de México (2,91), Brasil (2,31) y Estados Unidos (3,04), Argentina también sale perdiendo. El éxodo de goleadores, las protestas al árbitro, las demoras en la reanudación, las simulaciones, el miedo a perder incluso después de sacar ventaja y los estilos alejados de la posesión de la pelota aparecen como las primeras causas de por qué se juega cada vez menos en Argentina, de por qué casi el 40% de un partido se va sin que la pelota ruede.
Porque, al fin y al cabo, todo empieza por el fútbol pero no termina en el fútbol. «Es una falta de respeto lo que hicieron con el calendario de la Superliga –dijo Tapia a mediados de enero, cuando los clubes no cedían los jugadores a la Selección Sub 23 para el Preolímpico de Colombia–. Hay que perjudicar lo menos posible a los clubes». En el fondo, y desde las elecciones nacionales que ganó Alberto Fernández, había otra intención: que el fútbol grande de Argentina vuelva a la AFA, a sus orígenes, que deje atrás el modelo europeo fogoneado por el Gobierno de Macri. Acaso, ahora, arranque otra etapa, en la que deberá primar un sistema más equitativo en el reparto de los ingresos. Que haya partidos más atractivos, en buena medida, depende del dinero.