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Tenis de guerra

El serbio, quien debió sobreponerse a una infancia difícil, sigue cosechando éxitos y ya se ubica entre los grandes de la época junto a Roger Federer y Rafael Nadal.  
Trayectoria. A base de esfuerzo y dedicación, Djokovic forjó un estilo que lo llevó a lo más alto del circuito profesional. (AFP/Dachary)

Nole se despierta por las noches sobresaltado. Le pasa hasta dos o tres veces cada madrugada. Vive en el sótano de la casa de su abuelo junto a sus padres, sus hermanos y sus tíos. Desde afuera llegan los sonidos de la guerra, las bombas que caen, los aviones que sobrevuelan. Las fuerzas de la OTAN atacan Belgrado, la capital de lo que todavía se llama Yugoslavia. Nole tiene 12 años. Sólo sale del sótano que lo refugia junto a su familia por las mañanas. No va a la escuela: esas horas las aprovecha para jugar al tenis, el deporte por el que sueña, esas noches en las no puede dormir, con ser el número uno del mundo. Novak Djokovic, Nole, ahora tiene 26 años y el tenis en su vida ya no es un sueño entrecortado. En el último tiempo fue el tercer elemento en la elite, el único que generó filtraciones en el doble comando con el que gobernaron Roger Federer y Rafael Nadal. Djokovic, que estuvo de visita en Buenos Aires para una exhibición, terminará 2013 en el segundo lugar del ranking mundial, a 770 puntos de Nadal, aun después de haber concretado una buena temporada, que incluyó la obtención del Abierto de Australia, el Masters de Londres, y tres Masters 1000 (Montecarlo, Shanghai y París). No pierde desde la final del Abierto de Estados Unidos, donde cayó contra Nadal. Incluso, aunque no le alcanzó a su equipo, ganó sus dos partidos para Serbia en la final de Copa Davis contra República Checa. En el circuito, además de talentoso, Djokovic oficia como un bromista excéntrico. El ex tenista argentino Martín Vassallo Argüello lo filmó con su cámara seis años atrás haciendo imitaciones de otros tenistas, un clásico del serbio. En el vestuario, Djokovic se movía como Rafael Nadal, como María Sharapova, como Andy Roddick y provocaba carcajadas. Vassallo Argüello publicó el video en su sitio Segundo saque y las imágenes se dispararon por internet. Tuvo tantas visitas –unas 100.000– que hizo colapsar el servidor de la página. Tiempo después, Djokovic se lo encontró a Vassallo Argüello durante un US Open. «¿Cuándo hacemos un nuevo videíto? Tengo nuevos personajes», le dijo. Djokovic comenzó a jugar al tenis en Kopaonik, un centro de esquí al sur de Serbia, en las montañas, donde sus padres montaron una pizzería y otros negocios. A los 6 años lo descubrió Jelena Gencic, una maestra de tenistas, que también preparó a Mónica Seles. Nunca tuvo hijos, sólo se dedicó a la preparación de chicos para el deporte de la raqueta. Cuando lo conoció, Gencic le preguntó al niño si estaba dispuesto a pasarse los años siguientes de su vida entrenándose duro cada día. «A veces será con sonrisas, otras con lágrimas», le aclaró. El pequeño Nole le dijo que sí, que quería ser un grande. Al tiempo, fue a un programa de televisión con su raqueta: «Quiero ser el número 1 del mundo», anunció frente a las cámaras. Y lo consiguió por primera vez en 2011. Gencic, su maestra, murió en junio de este año a los 76 años mientras Djokovic jugaba en Roland Garros. «Fue mi segunda madre», dijo el serbio.   Talento y carácter Así como en Kopaonik comenzó a formarse como tenista, en Belgrado forjó su carácter, en medio de la guerra, entre las bombas y la tierra que se movía. Lo contó el año pasado en el programa 60 minutos, de la cadena estadounidense CBS. El especial, que duró una hora, se llamó «De la guerra a Wimbledon». El día que cumplió 12 años, el 22 de mayo de 1999, Djokovic sintió el estruendo y, a continuación, llegó el apagón. Los aviones de la OTAN habían bombardeado una central térmica cerca de la casa donde vivía. «Por las noches –relató Djokovic– me despertaba en mitad de un bombardeo, veía a mi madre, asustada, y me ponía a rezar para que no nos sucediera nada malo. Fue una época terrible». El sótano de Vladimir, su abuelo, servía como refugio. No sólo para su familia, también para los vecinos. «Todos los que podía caber ahí, venían», contó Nole. Vladimir murió el año pasado. Y otra la vez la muerte de un ser querido lo encontró a Djokovic en una cancha, en Montecarlo, donde salió a jugar por su abuelo. «Es la persona que siempre me dijo que debía luchar». A la distancia, Djokovic ve los días de la guerra como una forma positiva de superación. Y como algo práctico: «No íbamos al colegio y jugábamos más tenis». Pero además fortaleció su carácter. Practicaba tenis entre edificios en ruina, con la única certeza que le daba su entrenadora acerca de que los aviones no volverían a bombardear lo que ya estaba bombardeado. «Tengo más hambre de éxito», dice el tenista que admira a Diego Maradona. El tiempo lo convirtió en un serbio orgulloso con un costado nacionalista. En 2008, cuando Kosovo declaró su independencia de Serbia, Djokovic criticó la decisión separatista en un video. El gobierno llegó a analizar la posibilidad de imprimir billetes con su cara. Djokovic es celíaco. Su nutricionista descubrió tiempo atrás que el serbio era alérgico al gluten y eliminó de su dieta la cerveza, las harinas y los cereales. Ya no puede comer las pizzas que se hacían en Kopaonik. Hay quienes creen que ese cambio en la alimentación también lo ayudó a mejorar su tenis. Y así convertirse en ese jugador que adentro de la cancha todos temen y dejar de ser sólo Nole, el bromista. ---Alejandro Wall