Informe especial | NUEVAS Y VIEJAS MASCULINIDADES

Modelo para desarmar

¿Qué significa ser un varón? La deconstrucción de valores y actitudes tradicionales apunta a desmontar la violencia de género y forjar vínculos menos asimétricos.

En familia. Aunque con algunos avances, poner en cuestión el reparto tradicional de los quehaceres domésticos es una asignatura aún pendiente.

JUAN QUILES/3ESTUDIO

En los últimos años, el concepto de masculinidad y los valores y actitudes machistas que moldean las subjetividades de los varones desde edades muy tempranas comenzaron a ser cuestionados en distintos ámbitos de la sociedad. De hecho, recientemente, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación (MMGYD) en forma conjunta con el Instituto de Masculinidades y Cambio Social (MASCS) y la Iniciativa Spotlight, lanzaron el Mapa Federal de Experiencias de Trabajo con Varones y Masculinidades en Argentina, producto de un relevamiento realizado en 2020, que reúne información de 200 espacios en todo el territorio nacional que trabajan desde una mirada de género con varones que ejercieron o ejercen violencia, pero que fundamentalmente apuntan a deconstruir los mandatos y estereotipos alrededor de qué significa ser un varón. Además, cada uno de esos lugares, entre los que se incluyen ONG, asociaciones civiles, organizaciones políticas y gremiales, están geolocalizados para su rápida ubicación.
«Del mismo modo en que estamos desaprendiendo nosotras, también necesitamos resignificar esos roles de masculinidades que llamamos hegemónicas», dijo la ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación, Elizabeth Gómez Alcorta, durante la presentación.
Matías de Stéfano Barbero es doctor en Antropología e investigador del CONICET, y forma parte del Instituto de Masculinidades y Cambio Social y de la Asociación Pablo Besson, donde integra el equipo de coordinación de espacios para varones que ejercieron violencia, y define a la masculinidad hegemónica como aquella que se legitima a través del discurso, de la práctica y de la desigualdad de género. «Es esta idea de que la masculinidad está por encima de la femineidad y también que determinadas masculinidades que están por arriba de otras. Hoy se habla de deconstrucción, pero creo que es el camino más individual, no está mal, es parte del proceso, pero me parece más interesante pensar en cómo se hace colectivamente la transformación, y en este sentido la educación es fundamental, pero también ir cuestionando los privilegios a nivel social, como el machismo, el sexismo o el clasismo, apuntando a construir una forma de ser en el mundo que no sea jerárquica», indica en diálogo con Acción.
Un claro ejemplo de cómo la educación participa en la formación de nuevas masculinidades son las intervenciones a través de la literatura con perspectiva de género destinada a los niños, que ponen en cuestión, por ejemplo, los quehaceres domésticos y la necesidad de que sean compartidos por todos los que habitan en la casa. «Hace poco un papá me decía “Está todo bien seño con la ESI, pero dígale a la nena que no me haga lavar los platos todos los días”. Los chicos nos miran y nos cuestionan todo el tiempo, pero la ESI no es solo eso, también incluye el cuidado del propio cuerpo para prevenir abusos. Por otra parte, hoy en el aula el juego es para todos y todas por igual, eso del autito para los varones y las muñecas para las nenas dejó de existir hace un montón. Elles tienen su forma de entender la igualdad con sus compañeros y compañeras muy distinta a quienes tenemos más de 30», refiere la educadora Renata Vismara, docente de primaria especializada en Educación Sexual Integral (ESI) e integrante de la agrupación feminista Mundanas.

Complicidades. El femicida de Úrsula Bahillo había sido denunciado más de 15 veces.

TÉLAM

Sin dudas, un punto fundamental en la deconstrucción de las masculinidades hegemónicas pasa por garantizar el crecimiento de infancias libres de violencia y allí interviene fuertemente la educación. Para Esteban Vaccher, licenciado en Trabajo Social y coordinador del Espacio de Psicoeducación en Conductas Violentas (EPECOVI), que funciona en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la Educación Sexual Integral tiene un rol fundamental. «Creo que su aplicación es lo que más puede aportar a esta construcción de otros vínculos, de otras masculinidades, porque además el varón que ejerce violencia está socialmente integrado, es el compañero de laburo, el amigo del barrio, un familiar. Ahora, cuando se ve a un femicida se toma distancia. Por poner un ejemplo: en el caso del femicidio de Úrsula Bahillo el asesino tuvo 15 denuncias, me pregunto si no tuvo ningún amigo que le dijera “flaco, pará”; hay que romper complicidades», señala.
Para muchos, el tradicional «manual de instrucciones» de lo que implica ser varón termina por configurar una suerte de brújula que maneja la forma de vincularse con otras personas. «Recuerdo el caso de un varón que de chico había sufrido acoso escolar y que en un momento se dio cuenta de que cuando le estaban pegando había una compañerita, que era la que le gustaba, que miraba la situación. Él me refería que sentía que ella con la mirada le decía: “¿Te están pegando y no vas a hacer nada?”. La mirada de esa niña le fue muy significativa, porque ese día por primera vez se levantó y se defendió a los golpes, porque no quería que su amiga pensara que era un “maricón”. Se asocia esta idea de que responder con violencia a la violencia es de heterosexual y sufrirla sin decir nada es de “maricón” y se construyen jerarquías de la heterosexualidad sobre la homosexualidad y lo masculino sobre lo femenino», indica De Stéfano.

Manual de instrucciones
Desde los espacios que conforman el mapa nacional se procura, precisamente, echar por tierra estos conceptos y alumbrar otros nuevos, sin prejuicios ni estereotipos, pero por sobre todo se busca que los hombres que ejercieron o están a punto de ejercer la violencia sobre sus parejas puedan tener una mirada crítica y reflexiva de su situación.
«Se arman grupos de 15 varones más o menos. Empezamos el encuentro con un disparador y a partir de esos emergentes se dirige la charla del día y se arma una dinámica grupal que dura dos horas. Algo fundamental es el reconocimiento de la violencia. Muchas veces, y sobre todo a partir de 2015 con el Ni Una Menos, cuesta reconocerse a uno mismo como violento, porque es reconocer algo indeseable socialmente en este momento histórico, entonces hay resistencia, es difícil», señala De Stéfano.

Vismara. «Los chicos tienen una forma distinta de entender la igualdad.»

Vaccher. «Hay que involucrar la perspectiva de género y de derechos humanos.»

Garaventa. «Los cambios difícilmente se den en el plano de lo voluntario personal.»

De Stéfano Barbero. «Construir una forma de ser en el mundo que no sea jerárquica.»

La mayoría de los varones que llegan a las organizaciones lo hacen por orden judicial, para cumplir una probation que idealmente tendría que ser de al menos un año. Inicialmente se los entrevista para la admisión y para saber si ese varón es agrupable o no.
El hecho de no reconocerse como un varón violento viene atado, según el antropólogo, a una idea caricaturizada del hombre que ejerce violencia, se los piensa como una suerte de «monstruos». A medida que se van conociendo entre sí y que ven que hay diálogo, en la dinámica grupal los varones se van abriendo y con el tiempo van reconociéndose en otras historias.
Esto fue justamente lo que le ocurrió a J.M. en la Asociación Pablo Besson. «Pude hacerme cargo de mi conducta violenta hacia mi pareja. Una vez la agredí físicamente y consideraba que como era un hecho único, no era violento, justificaba mi agresión. Hacerse cargo de que uno ejerció violencia es muy difícil», sostiene.
Para Vaccher, en muchas ocasiones se minimizan las situaciones y los varones no las identifican como violentas. «Logrado esto, se empieza a trabajar para desaprender las prácticas machistas, tratando de no quedarnos solo en la psicoeducación sino de involucrar la perspectiva de género y de derechos humanos», detalla. Por otra parte, el trabajo con varones que ejercieron o ejercen violencia apunta, entre otras cosas, a que puedan desarrollar herramientas para el cese de estas conductas, como por ejemplo el llamado «tiempo afuera»: que ante una discusión el varón se retire de la escena conflictiva y vuelva luego. «Hay que deconstruir mucho, los mandatos del amor romántico sobre todo y crear nuevos aprendizajes en torno a la igualdad de género, también se trabaja con la tolerancia a la frustración. Las discusiones en la pareja van a seguir estando, es sano que sea así, la cuestión es no resolver los conflictos de una forma violenta», subraya Vaccher.

Deconstruir mandatos. VII Encuentro de Varones Antipatriarcales, en Avellaneda.

ROLAN BUCCINO

Miradas. Interrogarse sobre los propios privilegios desde una perspectiva de género.

JUAN BARDO

La psicóloga María Graciela García también forma parte de EPECOVI y cuenta que en la dinámica grupal se buscan cambios en la conducta de los participantes. «El patriarcado los formatea: los varones tienen que ser proveedores, no sienten, no lloran, no expresan emociones. Cuestionar el poder y el lugar en donde quedan las mujeres, que son quienes reciben el daño, es esencial. La mayoría de estos hombres no conviven con la pareja, salvo cuando se presentan espontáneamente, entonces tienen restricciones perimetrales, uno de los puntos que se aborda es el respeto a esa medida», refiere García.
Para R., la llegada a la Asociación Pablo Besson fue parte de una probation que debía cumplir. «Este taller era uno de los dos que debía realizar. Si bien llegué al grupo porque me porté de una manera espantosa en un momento de mi vida, las ganas de cambiar ya estaban; escuchar testimonios de otros que me parecían un horror fue lo que realmente me hizo el clic en la cabeza para confirmar que ya no quería volver a obrar así en mi vida. Cuando terminé con el taller me fui con otra cabeza, aprendí cuestiones que desconocía y ahora forman parte de mi día a día y que hacen que se me activen alarmas cada vez que veo o escucho algo fuera de lugar hacia las mujeres», relata. Dado lo reciente del funcionamiento de estos espacios que trabajan con varones que ejercen violencia, tal vez sea prematuro pensar en el impacto social, pero la certeza que acompaña a los especialistas es que son absolutamente necesarios.
«Es imprescindible trabajar con los varones. Cuando hablamos de violencia de género, hablamos de violencia machista ejercida por hombres. No hay a la inversa una incidencia ni siquiera aproximada, por lo cual en un abordaje integral no puede quedar por fuera uno de los sostenes del ciclo que, además, es precisamente el que la genera. Esto de que el hombre violento no cambia es una falacia. No existe el hombre violento sino distintos hombres que ejercen violencias, muchos de los cuales, no la mayoría lamentablemente, pueden aceptar y plantearse cambios que difícilmente se den en el plano de lo voluntario personal sino en el marco de programas de asistencia», afirma Jorge Garaventa, psicólogo especializado en abusos y violencias e integrante de la Asociación Pablo Besson. «Creo que la transformación de estos hombres es con ellos mismos, no solo cambian la mirada sobre cómo conciben a las mujeres –concluye De Stéfano–. Es un trabajo lento, hay que seguir explorando estos caminos y dedicándonos a esto, es una decisión política, filosófica, que cree que la transformación es posible».


María Carolina Stegman