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Comienza otra carrera

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Manuel Alfieri

En una inédita decisión, el presidente Biden retiró su candidatura para los comicios del próximo 5 de noviembre. Su vice, Kamala Harris, suma apoyos para convertirse en la reemplazante.

Adiós. Biden resistió mientras pudo las presiones para que ceda su postulación, pero debió acatar el pedido de sus propios partidarios.

Foto: Getty Images

Aguantó lo que pudo, pero la situación se volvió insostenible. Los furcios, los titubeos, las frases inconclusas, las constantes confusiones, las dudas sobre su estado de salud y la caída en picada en todas las encuestas decantaron en lo que la enorme mayoría de la parcialidad demócrata rogaba que sucediera cuanto antes. Después de semanas aferrado a una candidatura cada vez más cuestionada, Joseph Biden no tuvo más opción que aceptar la realidad y tirar la toalla. «Creo que lo mejor para mi partido y el país es que me retire y me concentre únicamente en cumplir con mis deberes como presidente», aseguró el dirigente de 81 años, en una decisión que por el plazo que resta transitar hasta las elecciones presidenciales –poco más de tres meses– no tiene precedentes en la historia estadounidense.

Era cuestión de tiempo. Debilitado por sus cada vez más erráticas apariciones públicas, presionado por los referentes de su partido y por los más acaudalados aportantes, Biden se vio obligado a bajarse de una campaña cuyo rumbo estaba más perdido que su mirada. Se lo venían pidiendo demócratas de todos los ámbitos: de Barack Obama a George Clooney, pasando por Michael Moore, Stephen King y otras figuras conocidas del progresismo hollywoodense. Las principales plumas del New York Times y el Washington Post, junto a un nutrido grupo de empresarios, presionaban en el mismo sentido. No eran solo voces en contra del proyecto Biden: eran también dólares que abandonaban el barco. Una campaña electoral sin apoyos importantes y sin donantes es una carrera hacia el abismo. Biden comenzaba a experimentarlo en carne propia.

El peso del debate
El punto de inflexión fue el debate presidencial de fines de junio. En esa instancia televisiva Biden tenía que hacer una sola cosa: disipar todas las dudas que generaban su edad y su estado cognitivo, eje de las críticas que disparaban republicanos y medios de la derecha. La performance del presidente fue tan pobre que no solo no logró ese objetivo, sino que provocó el efecto contrario. Durante días, de lo único que se habló en programas periodísticos y en redes sociales fue de su incapacidad para ir nuevamente por la presidencia.

El debate puso en el centro de la mesa un tema sobre el cual los demócratas venían discutiendo, pero muy por lo bajo: ¿estaba el veterano presidente en condiciones de liderar una campaña, ganar las elecciones y gobernar por un segundo mandato? Lo que pasó en el debate, todo lo que vino después –más equivocaciones y confusiones en público que se hicieron virales– y la aparición de encuestas que auguraban una segura derrota en distritos clave llevaron a un consenso en las filas demócratas: era imprescindible hacer un cambio, aun cuando fuese sobre la hora.

Harris. Si bien no está definido y hay otros aspirantes, la vicepresidenta parece reunir los apoyos necesarios para enfrentar a Trump en noviembre.

Foto: Getty Images

¿Quién agarrará la papa caliente? La decisión, tan difícil para el presidente como necesaria para el partido, abrió el juego. Biden pretende dejarle la posta a su vice, Kamala Harris, a quien hace poco confundió con Trump, en una ocasión en la que también se refirió al presidente ucraniano como «el presidente Putin». «Hoy deseo ofrecer mi total apoyo y respaldo a Kamala para que sea la nominada de nuestro partido», escribió el mandatario, más seguro y preciso en el confort de los comunicados oficiales que en la improvisación que demandan los debates y las entrevistas televisivas.

Kamala aceptó el desafío. Consciente de la voracidad política que emerge en toda crisis de liderazgo, hizo un inmediato llamado a la unidad del Partido Demócrata. «Juntos lucharemos y juntos ganaremos», lanzó en modo candidata, convencida de que se convertirá en la primera mujer en acceder a la jefatura de la Casa Blanca, aquel título que no pudo lograr Hillary Clinton en 2016. Muchos medios la dan como número puesto y algunas encuestadoras vaticinan una elección mucho más reñida entre Harris y Trump que si el candidato demócrata fuera Biden.

Quienes ya se pronunciaron a favor de la candidatura de Harris recuerdan su extensa trayectoria política y profesional. Hija de inmigrantes, abogada y con 59 años, se metió en política de joven, fue fiscal de distrito en San Francisco, fiscal general de California, senadora y vicepresidenta. Está a favor del derecho al aborto, de brindar mayores oportunidades de acceso al sistema de salud, de legalizar el consumo de marihuana y de implementar políticas de cuidado ambiental. Se pronunció en varias ocasiones contra la pena de muerte. Por su perfil, hace unos años la bautizaron «la Barack mujer», comparación de la que ella reniega.

Apoyos para Harris
Varios demócratas de peso se encolumnaron detrás de su incipiente candidatura, que ya tiene eslogan propio en las redes: «Yes we Kam!». Entre ellos, cuatro nombres importantes, que sonaban como posibles sustitutos de Biden: Gavin Newsom, gobernador de California; Josh Shapiro, de Pensilvania; Phil Murphy, de Nueva Jersey; y Pete Buttigieg, secretario de Transporte. También Bill y Hillary Clinton. Un dato a tener en cuenta: al cierre de esta nota, Obama había destacado el gesto de Biden de dar un paso al costado, pero nada dijo sobre la candidatura de Harris. Solo se limitó a comentar que tenía «una extraordinaria confianza en que los líderes de nuestro partido podrán crear un proceso del que surja un candidato destacado». Demasiadas palabras para enmascarar una omisión muy evidente.

Es por eso que, aunque todos los caminos conducen a Kamala, aún no hay nada confirmado. Con la decisión de Biden, el tablero político demócrata saltó por los aires y, en este contexto, todo puede suceder. Incluso la aparición de algún tapado. Hasta se habla de Michelle Obama, esposa del expresidente. En todo caso, será el Partido Demócrata el que deberá nominar oficialmente al sucesor o sucesora en la convención nacional que comenzará en menos de un mes, el próximo 19 de agosto, en Chicago. Habrá que ver si para entonces prevaleció el llamado a la unidad de Harris o si afloraron las internas que existen entre las distintas corrientes partidarias.

Quien sea elegido en la convención tendrá la titánica tarea de armar una estrategia de campaña en tiempo récord para vencer a un envalentonado Donald Trump, que venía sacando ventaja de la deslucida imagen de Biden y que, además, capitalizó políticamente el atentado del que fue víctima hace tan solo unos días. En sus redes repitió hasta el hartazgo el video del tiro en la oreja y su desaforada reacción al grito de «fight!». Casi en paralelo, los seguidores trumpistas replicaban la imagen de Biden subiendo con dificultad al avión presidencial después de haber sido diagnosticado con covid, como una muestra más de su evidente fragilidad. Ese fue uno de sus últimos pasos en falso, antes de dar el definitivo paso al costado.

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