Opinión

Atilio Boron

Politólogo

Adam Smith contra los libertarios

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Influyente. El teórico escocés, fallecido en 1790, uno de los mayores exponentes de la escuela de economía clásica.

Foto: Getty Images

Son pocos los intelectuales que a lo largo de la historia sufrieron una tergiversación tan brutal de sus ideas como Adam Smith. La vulgata que difunden las diversas tribus liberales lo presenta como un pensador obsesionado con la libertad de los mercados, cosa que, según prosélitos tan variopintos como Mario Vargas Llosa o Javier Milei, se sintetizaba en el papel de la célebre «mano invisible» que con su infinita sabiduría garantizaba la prosperidad y el reparto justo de la riqueza social.
Sorprende tomar nota del hallazgo de quien fuera una de las mayores estudiosas del pensamiento del filósofo escocés. Karen Vaughn, de ella estamos hablando, observó con acierto que la expresión «mano invisible» fue solamente utilizada en dos ocasiones en sus escritos: una vez en la Teoría de los sentimientos morales (1759) y otra en La Riqueza de las naciones, obra de 1776, y en ambos casos al pasar. Pese a ello, el impacto de aquella metáfora ha sido tan fuerte como para impregnar no solo a la tradición liberal, sino también al conjunto de las teorías económicas y sociológicas desarrolladas a partir del siglo XIX, quedando indisolublemente unida al nombre de su creador, como si en ella se agotara la enorme riqueza de los análisis de Smith. Esta burda esquematización padecida por el complejo andamiaje teórico del escocés hace caso omiso de las múltiples oportunidades en las cuales nuestro autor problematizó el funcionamiento, presuntamente virtuoso, de los mercados guiados por la «mano invisible». Una inteligencia tan aguda como la suya no podía caer en el grosero error de creer que la conducta de los actores sociales fundadas en el egoísmo individual culminaría mágicamente en el bienestar colectivo. En abierto contraste con el libertarianismo de Murray Rothbard y sus acólitos locales, como Javier Milei, que creen que la justicia social es un crimen, Smith escribió en La riqueza de las naciones que «ninguna sociedad puede florecer y ser feliz si una gran parte de sus miembros son pobres y miserables. Es simplemente una cuestión de equidad que aquellos que alimentan, visten y construyen viviendas para toda la población deberían acceder a una parte de lo que producen con su propio trabajo como para estar ellos también tolerablemente bien alimentados, vestidos y alojados».
El fundamento de tan rotunda afirmación se encuentra en la segunda parte de ese libro cuando escribe que «los patronos –comerciantes, industriales y terratenientes– raramente se reúnen aun por entretenimiento o diversión sin que la conversación termine en una conspiración contra el público, o en una componenda para aumentar sus precios». Y pocas páginas antes había advertido que «los patronos, siendo pocos en número, pueden asociarse mucho más fácilmente; y la ley no prohíbe tales asociaciones, mientras que sí prohíbe las asociaciones de los trabajadores. No tenemos leyes del Parlamento en contra de coaliciones [de los patronos] encaminadas a bajar los salarios; pero tenemos muchas que penalizan las que desean aumentarlos. Los patronos están siempre y en todo lugar en una suerte de asociación tácita, constante y uniforme para impedir el aumento de los salarios».
A tan contundentes aseveraciones, que refutan al libertarianismo tanto como a las corrientes neoliberales en general, otro serio estudioso de la obra de Smith, Jacob Viner, observaba hace casi un siglo que, en abierta contradicción con el credo de los libertarios que satanizan al Estado, el filósofo y economista escocés le reservaba importantes papeles para garantizar la prosperidad de la economía y el buen funcionamiento de los mercados. A tono con las características económicas de la época señalaba, por ejemplo, el dictado de leyes de navegación, cruciales para garantizar el primado comercial británico basado en su control de los siete mares; también decía que los salarios debían pagarse en dinero y no en especies, y que el Gobierno debía velar por el cumplimiento de esa norma; que el papel moneda y su emisión debían estar regulados por el Estado; apoyaba la obligación de construir muros para prevenir la extensión de los incendios en las ciudades; admitía el establecimiento de premios y otros incentivos para promover el desarrollo de la industria textil, vanguardia tecnológica de su época; hacer obras públicas en el transporte para facilitar el comercio; regular a las «joint-stock companies» y otros tipos de empresa; aprobar la creación de monopolios temporarios, incluyendo copyrights y patentes; fijar restricciones gubernamentales en las tasas de interés aplicadas a los prestatarios para compensar la «estupidez» (¡sic!) de los inversionistas y, por último, entre tantas otras, establecer limitaciones a la exportaciones de granos (solo en casos de extrema necesidad) e introducir «moderados impuestos a la exportaciones» (o sea, retenciones, en la jerga argentina), con el propósito de reforzar el tesoro. Estamos seguros de que si Smith viviera en nuestra época, el repertorio de intervenciones estatales se ampliaría y profundizaría significativamente. En suma: una mente brillante como la suya jamás podría enrolarse en las ocurrencias de los libertarios y su ingenua –¿o malintencionada?– creencia en las virtudes del libre mercado y su prédica para acabar con el Estado. Sabía que aquel enfrentaba a actores sociales muy desiguales por su riqueza y capacidad de organización y que, por eso, se requería una intervención de los «magistrados» (para usar una palabra reiteradamente utilizada en sus obras) para corregir esa asimetría. Por eso, por su reconocimiento de la necesidad de las intervenciones estatales correctivas del funcionamiento de los mercados, Smith merece ser caracterizado por la secta de los libertarios como el insólito precursor del «colectivismo».

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