Opinión

Martín Becerra

Doctor en Ciencias de la información

Colonialismo 2.0

Los últimos meses vienen siendo críticos para la gestión de grandes plataformas digitales, con pérdidas bursátiles que obedecen a que los ritmos de crecimiento y obtención de ganancias por parte de Alphabet (Google), Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp) y Twitter son menores a los esperados, al tiempo que varios de estos conglomerados protagonizan despidos masivos (Meta echó a 11.000 trabajadores, el 13% de su staff, en tanto que Twitter, poseída por Elon Musk, despidió a la mitad de su planta laboral). Es curioso que un modelo de negocios que tiene la ventaja de explotar insumos inagotables obtenidos a muy bajo costo, como los datos personales, con una estructura de mercado tan concentrada y con efectos de red a escala planetaria, muestre los síntomas de debilidad que hoy exhibe.
Ahora que la lupa de la agenda pública en muchos países se detiene en las big tech es buen momento para reflexionar mejor sobre su funcionamiento, dada la centralidad que tienen en la organización de las sociedades contemporáneas. Si los datos personales constituyen la materia prima que nutre la era digital, si son el pilar en que se asienta la transformación de la estructura económica del mundo en los últimos 20 años, ¿por qué es tan descuidado el proceso de su extracción a nivel masivo, su acumulación, su tratamiento y su comercialización?
Esa pregunta orienta la investigación de Nick Couldry y Ulises Mejias publicada en el libro The costs of connection: how data is colonizing human life and appropiating it for capitalism (Los costos de la conexión: cómo los datos colonizan la vida humana y se apropian de ella para el capitalismo), en que proponen aplicar el concepto de «colonialismo» para describir y analizar el modo en que el capitalismo del siglo XXI explota los datos de las casi 8.000 millones de personas que viven en el planeta. Más que la metáfora del «nuevo petróleo» que analizamos en esta nota, la comparación de la «nueva economía» en su manejo de datos con la lógica del modelo colonial tiene buenos fundamentos.
Así como el colonialismo posibilitó el proceso de acumulación originaria que financió el surgimiento del capitalismo hace 500 años, en un proceso de expansión territorial y división del trabajo entre metrópolis y colonias de las que se extraían materias primas al mismo tiempo baratas y valiosas, hoy los autores perciben que un nuevo despojo de recursos está impulsando una nueva fase de estructuración capitalista, que es «un orden emergente para la apropiación de la vida humana de modo que los datos puedan ser extraídos continuamente de ella para obtener ganancias», según su definición.
Hay una racionalidad común al viejo colonialismo y al nuevo colonialismo plataformizado 2.0 que, a su vez, permite respaldar la perspectiva de Couldry y Mejias: la extracción de los recursos esenciales para vigorizar el desarrollo económico tiene un costo marginal en relación con las ganancias obtenidas, y la actividad extractiva no distribuye sus beneficios entre los sujetos (personas y comunidades) y territorios (físicos y virtuales) que son objeto de la substracción.
La organización del proceso laboral en las minas americanas de los siglos XVI, XVII y XVIII, con mano de obra esclava tratada en forma brutal, es diferente al sistema de empleo administrado por las compañías con sede en Silicon Valley, para el que se acuñó el neologismo «congitariado» que da cuentas de las calificaciones informacionales de trabajadores que, no obstante su mayor complejidad, tienen contratos precarios y una relación inestable con sus empleadores. Pero, más allá de las diferencias, en ambos casos el tratamiento de los recursos –naturales antes, virtuales ahora– es realizado por gente cuya mantención o remuneración es muy barata para las compañías, y cuya disposición en el «mercado» de trabajo es abundante y, por lo tanto, pueden ser reemplazadas con relativa facilidad.
Las leyes sobre protección de datos personales reposan en la convicción de que su propiedad corresponde a cada individuo y establecen, en consecuencia, reglas para que organizaciones como empresas y Gobiernos respeten ciertos criterios básicos para su procesamiento y distribución. Así, las regulaciones legales esperan disuadir a las compañías de prácticas que estallaron en forma de escándalo en casos como el de Cambridge Analytica. Sin embargo, hay algo de ficción en esa convicción normativa que no cuestiona la racionalidad colonial en los términos de Couldry y Mejias.
Los sujetos «propietarios» de sus datos pierden todo control sobre los mismos cada vez que estos son extraídos por sistemas cuya programación no conocen ni cuyo funcionamiento pueden auditar, es decir, ceden soberanía personal en cada segundo de sus vidas, incluso cuando duermen o no operan sus dispositivos móviles, pues la inactividad aporta también información significativa sobre su rutina. Esta pérdida de control también se verifica en la función de las personas titulares de los datos en el flujo de beneficios de las empresas: son proveedoras de recursos, pero convidadas de piedra a la hora de participar de la distribución de las ganancias obtenidas con su explotación.
La soberanía individual sobre los datos tampoco cuenta a la hora de influir (decidir sería mucho pedir) en la reunión de los datos con los de otras personas para trazar comportamientos similares y predecir conductas, que es lo que realizan grandes organizaciones tanto con fines comerciales (venta de perfiles construidos en base al procesamiento de grandes datos al mercado publicitario) como con fines políticos (propaganda electoral, control y vigilancia social). Aquí también hay similitudes entre el colonialismo 2.0 y el colonialismo de hace cinco siglos.
La emancipación de los soberanos de los datos, que son las personas, tiene un largo camino para recorrer todavía. Tal vez la conciencia sobre el carácter colonial del sistema organizado para extraer, procesar y comercializar su información colabore con la construcción de ese camino.
Martín Becerra (@aracalacana)

Computadoras y celulares. La soberanía individual de los datos personales no existe en internet.

Foto: Kala Moreno Parra

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