Opinión

Martín Becerra

Doctor en Ciencias de la información

Los datos no son el nuevo petróleo

Foto: Shutterstock

Por su función medular en el funcionamiento del ecosistema digital, y por ser el insumo básico del modelo de negocio de las grandes plataformas de internet, se dice que los datos personales de los miles de millones de usuarios de aplicaciones y servicios virtuales serían el «nuevo petróleo» de la economía. El argumento, atractivo, no se corresponde con la realidad. La era de la información es bastante más compleja y contradictoria que lo que pretende captar la comparación entre datos y petróleo. La importancia de los datos es distinta a la del petróleo y la geopolítica, con la «guerra tibia» entre EE.UU. y China, es reflejo de esa distinción.
La reputada revista The Economist consagró la comparación entre datos y petróleo en un recordado informe especial publicado en 2017. Si hace un siglo la producción industrial se nutría de petróleo y carbón, argumentaba, hoy los datos son el recurso distintivo de la economía informacional. «Una nueva materia prima genera una industria lucrativa y de rápido crecimiento, lo que provoca que los reguladores antimonopolio intervengan para frenar a quienes controlan su flujo», advertía The Economist al informar un cambio de tendencia que efectivamente se registra en el último lustro: las autoridades de defensa de la competencia en los países centrales (en EE.UU. y Europa, pero también en China) se sacuden de la modorra, desempolvan los principios que fundaron la tradición antitrust a fines del siglo XIX y actualizan las herramientas teóricas y metodológicas poniendo el ojo en las prácticas de las big tech.

Finito e infinito
Pero si bien hoy los conglomerados más potentes y los de mayor valorización se abastecen de los datos personales –e institucionales, cabe agregar–, y un siglo atrás los emporios industriales precisaban petróleo y carbón, las semejanzas acaban allí. Los motivos son varios; es oportuno repasarlos en un momento en que el Estado argentino, a través de la Agencia de Acceso a la Información Pública, recoge aportes de organismos públicos, organizaciones de la sociedad civil, universidades y el sector privado con miras a modificar la Ley de Protección de Datos Personales sancionada en el año 2000 y que ha quedado desactualizada.
En primer lugar, hay diferencias sustantivas entre un recurso finito como el petróleo y el material inagotable de los datos personales. El capitalismo de plataformas saca provecho de ellas. Las inversiones para extraer, procesar y refinar una materia prima pesada con el petróleo difieren de las que requieren la extracción y procesamiento de datos por parte de las compañías tecnológicas y financieras.
El petróleo utilizable está delimitado geográficamente en pocas zonas del planeta con yacimientos, y es de existencia limitada, porque se agota. Se trata de un recurso que se destruye en el acto de consumo (el combustible consumido por un automóvil no puede ser reutilizado) y muchos de los productos y servicios basados en él sufren desgaste constante. La lógica de apropiación exclusiva del petróleo descansa en su escasez y en el costo de suministro y eventual reemplazo como recurso que mueve la energía de gran parte de las cosas. La escala de inversiones requerida para operar en este sector no solo motivó y motiva guerras, invasiones y curiosos alineamientos geopolíticos (como el reciente descongelamiento de las relaciones entre los Gobiernos de Estados Unidos y Venezuela), sino también monopolios y oligopolios privados y estatales en la estructuración de los mercados de producción y distribución.
Pero los principios propios de la economía material no aplican a los datos: su extracción y procesamiento no generan el desgaste del dato mismo, que puede ser reutilizado cuantas veces se desee. De modo complementario, el hecho de que alguien posea un conjunto de datos no excluye la posibilidad de que pueda compartirlos sin alterar la esencia de dicho conjunto. Los datos no solo no se acaban: son infinitos. Si algo generan la captación y el tratamiento de los datos de personas y organizaciones, es su multiplicación y valorización. Por lo tanto, la apropiación exclusiva de los datos y la consecuente concentración de la estructura del mercado de compañías tecnológicas no encuentra un justificativo objetivo, en el sentido de material y tangible, como sí ocurre en el caso del petróleo.
En segundo lugar, el capitalismo de plataformas se distingue de otras etapas previas en que las big tech registran, almacenan y comercializan todos los datos que son capaces de extraer y procesar de sus usuarios individuales e institucionales. Las compañías petroleras no escudriñaban todas las interacciones de los distintos eslabones de la cadena productiva que originaban. No estaban interesadas en capturar ni en valorizar esos datos, no era ese su negocio, por lo que se desentendían del comportamiento de los usuarios finales de sus artículos, en tanto que individuos, siempre y cuando siguieran consumiendo petróleo y derivados de modo masivo. En cambio, el corazón del negocio de las plataformas digitales es auscultar cada movimiento de la cadena de producción y circulación de datos con el objetivo de predecir –que no es lo mismo que producir, aunque son verbos que riman– comportamientos a nivel capilar, es decir, personalizadamente.

Cambiar el chip
En tercer lugar, las crisis del petróleo de la década de 1970 y la reestructuración del capitalismo desde entonces tuvieron su revulsivo en la entonces flamante economía llamada «postindustrial» por Daniel Bell y basada en datos, con el toyotismo como relevo histórico del modo de organización productiva fordista de la industria y los servicios. La traducción de estos cambios a la geopolítica no habilita a pensar en oposiciones excluyentes y dicotómicas. Las potencias que pujan por el liderazgo planetario son a la vez industriales e informacionales, en el sentido de que explotan las tecnologías basadas en el petróleo como las tecnologías de información y comunicación basadas en los datos. Es imposible analizar la invasión estadounidense a Irak en pleno siglo XXI, o las relaciones estratégicas de EE.UU. con el reino de Arabia Saudita prescindiendo de la cuestión petrolera, al mismo tiempo que resulta imposible comprender el ascenso chino sin atender a su peculiar política en materia de TIC.
En cuarto lugar, como afirmó el periodista Amol Rajan en su reflexión sobre la comparación entre el petróleo y los datos patentada por The Economist, la industria de datos evoluciona mucho más rápido que la industria petrolera, y la mutación vertiginosa de las big tech dificulta la adopción de regulaciones legales, que están condenadas a quedar obsoletas porque su objeto de referencia se mueve a un ritmo incompatible con la deliberación y tramitación de las leyes por parte de Congresos y Gobiernos. Por ello es fundamental cambiar el chip de las normas regulatorias, estableciendo criterios que puedan adaptarse a las TIC.
En quinto lugar, la solidez y la estabilidad de la economía industrial basada en el petróleo originó normas que obligaban a las empresas a dar cuenta de su actividad, a pesar de estrategias de ocultamiento y lobby en defensa de los actores más pesados y concentrados. Paradójicamente, la era de la información es mucho más opaca, lo que conduce a Gobiernos, empresas, organizaciones de la sociedad civil y especialistas académicos a cuestionar la ausencia de auditoría pública y social sobre la programación algorítmica con la que las grandes plataformas digitales determinan la remoción o priorización de determinados datos y contenidos a expensas de otros, condicionando así la suerte misma de sectores y actores de la economía. Cuando Elon Musk increpa a Twitter en el marco del enredado proceso de compra de acciones de la compañía, alude a un eje central referido a la falta de transparencia respecto de la cantidad de cuentas inauténticas, bots y fake que activan en la plataforma que concentra la atención de las élites políticas e intelectuales de Occidente. Musk tiene un punto.
Por último, la economía de datos se apalanca en los efectos de red. Los usuarios tienen incentivos para participar de una plataforma en la medida en que más gente participe de ella y, en consecuencia, el costo que representa desertar de esa red es mayor. Los usuarios pueden ser individuos o empresas, como lo saben bien los medios de comunicación comerciales que han intentado salir del ecosistema Google a costa de reducir el tráfico en sus contenidos. La plataforma se beneficia de los efectos de red y atrae cada vez más usuarios. Ello no se debe necesariamente a la calidad de sus prestaciones, sino a la masividad alcanzada, que además le permite consolidar el liderazgo basado en la extracción y procesamiento de los datos de quienes utilizan sus servicios, algo que no tiene su eventual competencia. En la economía industrial que tenía al petróleo como referencia, el crecimiento de las empresas tenía mayor relación directa con el esfuerzo y con las acciones desplegadas al respecto (lo que incluye acciones estatales discrecionales). La concentración de la economía industrial es de una naturaleza diferente a la concentración de la economía de datos, sus causas y sus efectos son distintos, lo que desafía la intervención de autoridades de defensa de la competencia.
El capitalismo de plataformas depende de la usina de datos personales e institucionales reunidos por organizaciones que no se asemejan a las especies industriales que tenían como referencia el modo de desarrollo basado en el petróleo. Identificar las diferencias ayuda a descifrar los conflictos del presente y colabora con el diseño de regulaciones apropiadas a la era informacional.