Opinión

Pablo Imen

Vicerrector del Instituto Universitario de la Cooperación (IUCOOP)

La educación como campo de batalla

CABA. La publicitada vuelta a las aulas fue cuestionada por sanitaristas.

Este tiempo de transición expresa una lucha entre proyectos antagónicos. De un lado, las propuestas neoliberales que se esbozan con audacia, por ejemplo, en las políticas educativas del macrismo en CABA. Por otro, las tradiciones de educación pública, popular y emancipadoras que se ven desafiadas a refundar el proyecto pedagógico. Las propuestas de la derecha pueden resumirse en el objetivo ideológico de avanzar en procesos de individualización imbricados con la mercantilización y una concepción tecnocrática. Tras ese modelo pedagógico se introducen oportunidades de negocios: paquetes tecnológicos, formación docente, ONG y fundaciones para la construcción curricular o evaluaciones estandarizadas.
Del otro lado, las comunidades educativas han resistido con muy interesantes construcciones curriculares, trabajo colectivo en las instituciones, nuevos modos de vincular la escuela y los hogares y mucha creatividad en el uso de las nuevas tecnologías. Tal es la discusión de fondo: cómo será la nueva normalidad educativa. Si su recreación se hará bajo el paradigma neoliberal o si, por el contrario, se reinventa en un sentido democrático y liberador la educación pública.
Dos falsos debates han ocupado la mayor cantidad de tiempos y espacios en los medios masivos de comunicación a propósito de la educación en pandemia. El primero de ellos se expresó en posiciones a favor o en contra de la educación virtual. Mientras intereses muy claros (Google, por ejemplo) se frotan las manos imaginando una educación que se preste enteramente por vía de computadoras, muchas experiencias en pandemia encontraron un uso creativo, fértil, estimulante de los dispositivos electrónicos. Situados, como humanidad, en la Cuarta Revolución Industrial, la tecnología irá expandiendo su incidencia en la vida cotidiana de miles de millones de personas y ese hecho interpela al sistema educativo para que incorpore su dominio crítico entre los y las estudiantes. Visto desde ese punto de vista, las herramientas de la virtualidad son parte del derecho a la educación. Mas como ocurre en la modalidad presencial, su uso puede estar inspirado en una propuesta domesticadora o emancipadora. En todo caso, la virtualidad será parte de la pospandemia en el campo de la educación y su modo de integración a lo presencial será material de disputa, en un proceso de final abierto.
El segundo debate es en torno a la vuelta a las aulas. No decimos «vuelta a clases» porque en todo 2020 hubo un acompañamiento pedagógico a la vez dramático y esperanzador. Una parte de la niñez, privada de dispositivos y conectividad; docentes con iguales heterogeneidades, con poca o ninguna formación en modalidad virtual y una intensificación notable del trabajo de enseñar. Y con ello, experiencias pedagógicas muy valiosas que merecen y deben ser visibilizadas, sistematizadas y ampliadas.
La atragantada y marketinera vuelta a las aulas anunciada por el Gobierno de la Ciudad ha sido cuestionada por sanitaristas y especialistas en educación. Frente a la vuelta a la institución, las comunidades escolares atraviesan enormes dificultades. Las carencias de infraestructura se ven agravadas, en CABA, por un presupuesto educativo que es el más bajo del siglo XXI. En lugar de incrementar los recursos, proveer de computadoras y conectividad a los estudiantes, fortalecer el trabajo docente virtual y propiciar un proceso cuidado y gradual de vuelta a las aulas, se escoge el camino irresponsable de la presencialidad a como dé lugar. Esta decisión tendrá costos que lamentaremos. Con los daños a la vista, deberemos comenzar nuevamente el camino: fortalecer la virtualidad y organizar formas cuidadas de encuentro; aprender de las experiencias educativas valiosas ocurridas en pandemia; rediseñar un proyecto educativo para un país más solidario y un mundo más justo; fortalecer a los y las educadoras, reinventar un modelo pedagógico. De todo eso se trata, y las comunidades educativas, más allá de los titulares, persisten en ese esfuerzo colectivo creador.