Sociedad | «SÍ, YO ESTUVE AHÍ»

El soldado como fotógrafo

Las imágenes tomadas en las islas por los protagonistas, reunidas en un libro, un video y una muestra otorgan otra dimensión a la guerra de Malvinas.

Guerra. Sandstede y Felipe en una exposición que muestra los sucesos de la contienda en fotografías a color.

Foto: Jorge Aloy

«Con esta cámara Kodak 126 que me prestó mi tía saqué muchas fotos, pero la mayoría me las quitaron los ingleses cuando caí prisionero. Saqué incluso cuando nos estaban atacando». Quien habla es Héctor Urbieta, de Curuzú Cuatiá, Corrientes. Fabián Volonté también temió que le quitaran la cámara, tanto «los piratas» como «los de acá», así como la bandera inglesa que se trajo de recuerdo.
Algunos de estos 22 excombatientes de la guerra de Malvinas admiten que las fotos en ese momento no eran tan importantes, pero cuando decidieron volver a verlas les trajeron a su memoria el olor particular de la turba húmeda de las islas y se volvieron tesoros que enmarcaron y colgaron en sus casas.
Y lo hicieron a pedido de dos fotógrafos, Diego Sandstede y Martín Felipe, que pasaron cinco años recolectando esas imágenes por todo el país para transformarlas en un libro, un video Malvinas. Sí, yo estuve ahí, el archivo Malvinas, memoria de la espera y una muestra, Sí, yo estuve ahí, que expone por primera vez 320 fotografías tomadas por sus protagonistas con cámaras –pocket, de rollo y otros modelos de la época– que les hicieron llegar o pasaron a escondidas. La mayoría de estas imágenes, que provienen de 28 series de registros, nunca había sido exhibida públicamente.
Felipe es fotógrafo independiente, tiene 45 años y dos hijas. Sandstede tiene 55, tres hijos y participa en Haluro, educación popular.
La idea surgió en 2017 cuando Sandstede, como coordinador de Argra Editora, buscaba imágenes sobre Malvinas, y con Felipe se encontraron con las diez o quince en blanco y negro ya muy conocidas. Les resultaba repetitivo hacer un libro con imágenes de archivo tan vistas. De manera casual en las redes sociales vieron algunas de las fotos que luego serían parte de la muestra. «Nos llamó la atención, era algo distinto, en color, con otro encuadre, otro soporte, y otra forma de fotografiar. Así decidimos arriesgarnos a buscar esas imágenes, fue una suerte encontrarlas», revela Felipe en diálogo con Acción.

El soporte de la fotografía en papel parece mágico. Hubo que quitarle los restos de humedad y un filtro rojo que cada una adquiere con el paso del tiempo para que aparecieran los colores. La mayoría estuvieron guardadas durante 30 años, como las de Néstor Vicente Sau, de La Plata. Él le contó a Felipe y a Sandstede que fueron tratados como prisioneros de guerra, «salvo el recibimiento que nos hicieron en Puerto Madryn, que fue de otro planeta». Y se le quebró la voz al recordar. «Nos hicieron firmar un papel que decía que no podíamos hablar de Malvinas», dice este excombatiente que trajo los rollos cosidos dentro de su pantalón.

La mujer, invisibilizada 
Silvia Barrera era instrumentadora del buque Irízar. «Al hacer las curaciones de los posoperatorios actuamos como enfermeras, y también como psicólogas, hermanas o mamás para escuchar a nuestros hombres que habían visto morir a sus compañeros. Venían de 50 días a la intemperie, con hambre y frío», relató. Según ella, cuando volvieron lo único que importaba era el mundial y la visita del papa. «Acá en el hospital pudimos hablar después de 29 años, la mujer siempre acompaña al hombre en las guerras, pero no es visibilizada», afirma.
Para ambos reporteros gráficos este trabajo cambió su forma de relacionarse con la «cuestión Malvinas». Felipe tenía 5 años entonces y dice que logró mayor entendimiento y compromiso. «Lo llevé como la sociedad, con culpa, algo que se esconde y no se habla, y a partir de este trabajo sentí un quiebre; pasa algo muy rico con Malvinas y es que los excombatientes están entre nosotros y nos pueden contar las historias, es algo vivo».
Durante la guerra de Malvinas Sandstede estaba en su «adolescencia furiosa» y dice que ahora tomó dimensión de su complejidad. «Llevamos hechas 40 entrevistas. Al comienzo fue difícil porque muchos perdieron a sus compañeros y había momentos intensos de quiebre, ahora nos sentimos muy cerca de ellos, hay un vínculo, y ellos nos agradecen este trabajo, nos acompañan. A la inauguración vinieron once», apunta sobre esos muchachos de 20 años que hoy rondan los 60.
Las historias son todas muy particulares, y van conformando un relato coral que abarca la complejidad de esa guerra, atravesada por los ejes personales, políticos e históricos. A través de centros de excombatientes dieron con dos archivos personales. «Al tener las copias en la mano tomamos conciencia de lo efímero del material fotográfico, que tiene una emulsión orgánica que se termina desintegrando, los colores se van yendo, los negativos no estaban, de modo que fue un rescate, además del valor de ese material nos dimos cuenta de que era urgente hacer esto», dice Sandstede.

Foto: Jorge Aloy

Lo que cuelga de las paredes, con la curaduría exquisita de Gabriel Díaz, que estuvo a cargo del montaje y diseño de la muestra (Arte x Arte, Lavalleja 1062, hasta el 22 de diciembre), son reproducciones y ampliaciones, los originales quedaron en manos de sus dueños. «Cuando nos encontramos con la imagen en papel es el pequeño tesoro, es un momento muy lindo, las fotos arriba de la mesa, el recuerdo único», apunta Felipe.
El trabajo sigue porque saben que hay más fotos, e incluso algunas estarían en manos de ingleses. «El impulso inicial fue el impacto fotográfico, sentirnos conmovidos e interpelados por la edad de los chicos, y nos fuimos dando cuenta de que es un archivo histórico con un material único sobre lo que implica una guerra –señala Felipe–. Están ellos pero también está su mirada, como la foto desde la ventanilla del avión, es el soldado fotografiado y también ver qué miraban ellos, los paisajes, los helicópteros, los detenidos, la radio, la cocina de campaña, el fuego al pie de la trinchera», dice emocionado. Y agrega: «Nos abrió otra ventana que no estaba, una ventana con una aproximación distinta y muy genuina, diferente al imaginario de Malvinas blanco y negro, y las mismas diez fotos de siempre».

Un nuevo imaginario
Para Sandstede «es impresionante que esto haya estado tantos años guardado como recuerdo y tesoro personal, y ahora dialoga con las demás fotos y conforman ese nuevo imaginario sobre un tema doloroso y difícil. Esto habilita otra mirada, más liviana y accesible». En esta obra la tragedia aparece, pero sin morbo, a pesar de la mención del suicidio de algunos excombatientes, de las torturas, del hambre que padecieron, como Miguel Galotto, que medía 1,90 y pesaba 38 kilos, fotografiado por el médico Oscar Rojas.
«Sabíamos poco de Malvinas, el hambre, las torturas, que eran chicos, que íbamos ganando y después se perdió, pero no sabíamos nada de cómo se desarrolló lo bélico. Algunos no querían esperar más, pasándola mal decían “que vengan de una vez y nos matamos”. Esa espera fue durante abril y mayo, la mayoría de las fotos son de esos meses, hasta que llegó el primer bombardeo el 1 de mayo. En esos días estaban relajados, como en una aventura, iban con la idea de estar 15 días porque se iba a resolver diplomáticamente, pero los engañaron, y eso aparece», explica Felipe.
«Uno se acerca al tema con miedo, los excombatientes tienen una hermandad, pero sentimos que ellos y nosotros como sociedad estamos en una etapa de romper esa barrera, pudimos pasar de su lado y hermanarnos. El sentido del trabajo es que permite empatizar con ellos, entender el ahora y romper esa distancia», agrega Felipe. Algunos de los excombatientes participan de la visita guiada de los sábados, y se dan momentos muy ricos, más allá del aniversario redondo de los 40 años. Lo que ellos cuentan y muestran va delante incluso de los creadores de la muestra y el archivo, es su propia voz. «El texto que acompaña la muestra, de Silvia Pérez Fernández, pone eje en los textuales, lo que ellos cuentan es lo importante», apunta Sandstede.
Ante tanta negación que padecieron los colimbas de Malvinas, cobra particular valor este rescate, este «yo estuve» fotográfico.


Adriana Meyer

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