4 de enero de 2026
La socióloga argentina fue destacada por la revista Time por sus investigaciones sobre Inteligencia Artificial y la explotación a la que son sometidos los anónimos trabajadores encargados de entrenarla.

Milagros Miceli es la primera mujer argentina en ser distinguida por la revista estadounidense Time dentro de las 100 personalidades influyentes en el terreno de la Inteligencia Artificial (IA). Si bien hay otras mujeres, la mayoría de los seleccionados son varones tales como Elon Musk (Space X y Tesla), Sam Altman (CEO de OpenAI), Jensen Huang (fundador de Nvidia) o Mark Zuckerberg (CEO de Meta). «Me sorprendió la distinción y lo positivo es que pude hacer conocido mi trabajo en Argentina», señaló a Revista Acción.
El hecho de que haya sido una mujer la destacada en un ámbito tan masculinizado como el científico, y más aún el tecnológico, puede haber sido visto como un triunfo en materia de género, sin embargo, a Miceli esta distinción le genera una contradicción: «Que reconozcan a una mujer legitima la presencia de 99 varones dentro de los 100. Ocupar un lugar puede significar la legitimización de ese espacio patriarcal», reflexiona.
Con 42 años, el recorrido de vida de esta doctora en Ingeniería no fue sencillo. En el año 2000, aún en Buenos Aires, comenzó a estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA. Con el estallido de la crisis de 2001 sus padres se quedaron sin trabajo y se vio obligada, junto a su familia, a salir a vender cosas por las calles del barrio porteño de San Telmo. Trabajaba de día y estudiaba de noche. Al poco tiempo tuvo a su hija y ya se le hizo muy difícil continuar asistiendo a la facultad. En 2009 obtuvo una beca para estudiar alemán y partió hacia el país germano con su hija. El haber finalizado el estudio del idioma en un año le valió la posibilidad de obtener otra beca, esta vez para seguir estudios universitarios. Así fue que hizo la carrera de grado y posgrado en Sociología. Cuando comenzó a dar los primeros pasos en la investigación y entró de lleno en el mundo de la IA decidió realizar el doctorado en Ingeniería Informática.
El trabajo que le valió el reconocimiento de la revista Time es «Data Worker’s Inquiry» («Encuesta de los trabajadores de la IA», en español), investigación que realizó desde Berlín, su lugar de residencia.
«Mi investigación viene a desmitificar a la IA como si fuese algo autónomo o tan poderoso que es difícil de explicar o tan exótico que es difícil regular. Más bien –explica Miceli– se trata de una producción dentro de un sistema capitalista. Son manos, cuerpos, cientos de millones personas quienes crean y sostienen estas tecnologías. Sin estas personas las tecnologías no existirían o no podrían funcionar como lo hacen».
Visibilidad
Cuando comenzó con este proyecto, hace casi 10 años, no había muchas investigaciones que tuviesen el enfoque que Miceli le dio, pero aclara que el mismo no tiene que ver con darle, apenas, visibilidad a estas personas, «quién soy yo para dar visibilidad», sino es admitir que «estas personas tienen voces propias para expresar sus necesidades y poner de manifiesto su situación laboral y entonces, por qué no crear un espacio donde ellas mismas puedan hacerlo y no hacerlo yo por ellas».

Esta investigación tiene su antecedente en la Encuesta Obrera realizada por Carlos Marx en 1880. «Ya vamos por 11 o 12 países (en los que realizaron la encuesta) en que los y las invitamos a que hagan sus propias investigaciones dentro de sus lugares de trabajo y produzcan hallazgos de su autoría, de modo de poder hablar de sus condiciones laborales y de los efectos que esto tiene sobre sus cuerpos, sus vidas y sus comunidades y expresarlo en sus propios términos», cuenta.
Si bien es muy difícil saber cuántos son los y las trabajadoras que se desempeñan en la tarea de alimentar a la IA ya que «están escondidos intencionalmente», el Banco Mundial, «en un reporte que publicó el año pasado o el anteaño habla de entre 150 millones y 340 millones de personas alrededor del mundo. En América Latina estiman unos 47 millones. Muchas de estas personas trabajan en plataformas, como si fuera el Uber de la IA. Se loguean, hacen un poco de ese trabajo desde su casa, pero nunca tienen contacto con otros/as trabajadoras, lo que dificulta que puedan organizarse».
Las condiciones de trabajo son de alta precarización, sostiene Milagros Miceli, «no tienen una relación de empleo por lo tanto no tienen obra social, ni cobertura, ni posibilidad de organización sindical ninguna».
Legislación laxa
Existe otro formato que se asemeja a los call center de los años 90 y es el de la terciarización con iguales o peores condiciones laborales. «Hay acuerdos de confidencialidad, no les dan recreos, les prohíben hablar con el compañero; hay toda una serie de estructuras que dificultan saber quién está del otro lado y quién está en la misma que ellos y saber cuántos/as son. Estas empresas se instalan en lugares donde las legislaciones laborales son laxas o hay una flexibilización total dentro de lo laboral. Incluso, se les permiten que firmen contratos cortos de dos meses, un mes, hemos visto contratos de cuatro días. Parte de este proyecto en el que estoy trabajando es crear una plataforma para que esa organización suceda», relata la socióloga.
El modus operandi de estas plataformas es muy parecido a las de delivery, pero «la diferencia fundamental respecto a la organización de los y las trabajadoras es que el Rappi o el Uber, más allá de ser un trabajo aislado o aislante, tiene la posibilidad de verse e identificarse en la calle. Esto, para quienes trabajan desde su casa, es imposible. Se crean foros, grupos de WhatsApp o de Telegram, pero es más de ayuda entre ellos».
Lo que Miceli comienza a observar es que hay una incipiente toma de conciencia de que no están solos en esa explotación. «Eso sí está sucediendo e incluso, trasnacionalmente, en ámbitos de trabajadores que han logrado conformar un consejo de empresa u obrero, luchar por reformas y derechos y conseguirlas». Para compartir su experiencia crean espacios y foros de modo de aconsejar a otros en distintos lugares del mundo.
Para finalizar, Acción consultó respecto a la utilización de la IA para manipular, clasificar personas o cometer un genocidio: «Centrarse en la IA como el problema es un error. La IA, en un sistema capitalista tardío, es la herramienta del amo. El problema es el amo, no la herramienta», concluyó.
