Sociedad | EJEMPLO DE LUCHA

Pararse en la dignidad

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María Soledad Iparraguirre

Pioneras en denunciar la contaminación del modelo agrario, las Madres de Ituzaingó Anexo emprendieron una gesta que hoy se replica en cada pueblo fumigado. Su testimonio.

Movilizadas. Las mujeres de Ituzaingó salieron a la calle en defensa de la salud de la gente del barrio y lograron frenar la polución.

Foto: Carolina Rojo

En diciembre de 2001, a 800 kilómetros de Buenos Aires, Sofía Gatica se preguntó qué era lo que los enfermaba. Ituzaingó Anexo, barrio obrero surgido en la década del 50 al sureste de Córdoba capital, se había convertido, en pocos años, en una postal ineludible de la tragedia que sobrevolaría a cada territorio aerofumigado del país. Abortos espontáneos, malformaciones, tumores cerebrales, diabetes y cáncer se convirtieron en enfermedades demasiado comunes en un lugar en el que el 82% de los niños llegó a tener agrotóxicos en sangre.

Aquel diciembre, Gatica comenzó un relevamiento casero, cuyo resultado fue presentado, junto a un puñado de vecinas, ante el Ministerio de Salud provincial, a cargo de Roberto Chuit, a quien también le exigieron estudios de suelo, aire y agua. El barrio era epicentro de una zona altamente contaminada a partir de varios focos, entre los que se encontraban el PCB (bifenilo policlorado, uno de los doce mayores contaminantes en el mundo) presente en los transformadores eléctricos y el suministro de agua de red que se hacía de modo subterráneo, entre otros factores. Pero las sospechas más fuertes recaían en los cultivos de soja transgénica que rodeaban el barrio, que les pertenecían a los productores Francisco Parra y Jorge Gabrielli, y en las sistemáticas fumigaciones aéreas, cuya deriva –aún desconocían este dato– llegaba hasta las casas.
El estudio fue «cajoneado», pero las mujeres aprendieron que debían visibilizar la barbarie y convocaron a un canal de televisión. Así, por primera vez, Córdoba se enteró de que en el barrio obrero la gente moría de leucemia y cáncer.

«Los chiquitos del barrio se iban a jugar al campo en patota, de a diez, quince. Jugaban a las escondidas en los cultivos de soja. Yo misma los reunía y los llevaba a la lagunita que había en el fondo… es que no te imaginás algo así», recuerda Gatica, que perdió a su beba recién nacida por una malformación de riñón, y cuyo hijo mayor se paralizaba luego de cada fumigación. «Un día me llamaron del jardín porque el Isa no podía caminar. Yo no tenía ni fuerzas para alzarlo, era grande él. Pedí un taxi y el chofer me ayudó a subirlo al asiento de atrás. Temblaba, sacudía el cuerpo, estaba con convulsiones y no paraba de gritar. “Llévelo porque se le va a morir”, me dijo el taxista, y no se detuvo a cobrarme el viaje. Hasta hoy yo a ese taxista le debo la vida de mi hijo y no sé quién fue. “Tiraron algo”, les decía a los médicos y enfermeros, “pasaron y tiraron algo en la soja”. Y ellos me decían que eso no tenía nada que ver».

Gatica y otras madres iniciaron otro censo, más exhaustivo, que les demandó casi cuatro meses de recorrida por el barrio. Entre otras enfermedades constataron nueve casos de leucemia, siete de cáncer (especialmente de mama e intestino), dos de Hodgkins linfático, tres de lupus, tres de púrpura, quince de anemia y nueve patologías de la piel. La tasa de leucemia suele ser de un caso cada 100.000 habitantes. En Ituzaingó Anexo había nueve entre ochocientos. Así crearon el Mapa de la Muerte. Tras la presión, el Gobierno provincial ordenó que un equipo de Epidemiología analizara el barrio y un equipo interdisciplinario llegó hasta el lugar.

Censo. Con un relevamiento propio, que hicieron llegar a la Justicia y al Gobierno provincial, demostraron los casos de enfermedades en Ituzaingó Anexo.

Foto: Carolina Rojo

«No solamente lo que decían las madres era cierto, sino que había más casos. Las mujeres lo habían documentado», recuerda Mario Carpio, médico que dirigió la intervención sanitaria. Las mujeres en lucha lograron la pavimentación del lugar, la inauguración de la Unidad Sanitaria y el recambio de los transformadores con PCB. Pero las fumigaciones en los campos aledaños persistieron.

Corina Barbosa reconoce haberse alejado de la lucha. «Seguimos, tantos años después, sufriendo las consecuencias. Yo tengo un hijo al que los análisis le dieron que tenía endosulfán (fuerte insecticida) y clorpirifós. Tuve que hacer un stop mental, tuve que frenar. Se enfermó mi hijo, luego mi hija, después mis nietos. Ella tuvo quistes en los ovarios, es tremendo el nivel de hormonas que tiene. Son muchos años de padecimientos, mi hijo empezó con problemas cuando tenía diez años, por eso por momentos no queremos saber más nada. Con solo pensar que no solo ellos, sino las segundas y terceras generaciones son afectadas porque el problema está a nivel de los cromosomas. Sigo con miedo cada vez que les pasa algo a mis hijos», relata.

Tras una década de lucha, en 2012 las madres lograron llevar al banquillo a los productores sojeros al unificarse dos causas. Una denuncia de 2004 de las vecinas, y otra de 2008 de Merardo Ávila Vázquez (subsecretario de Salud en la municipalidad de Córdoba) que, alertado por ellas, constató la fumigación sobre las casas y radicó la denuncia por «envenenamiento».

Por primera vez, sentando precedente, la Justicia cordobesa condenó a Parra y al aeroaplicador por la pena de «contaminación dolosa del medioambiente de manera peligrosa para la salud». Se prohibió volver a fumigar, considerándolo delito, focalizando en los dos agrotóxicos pilares del modelo, el glifosato y el endosulfán. Motorizaron, además, el acampe y bloqueo por el que la multinacional Monsanto debió dar marcha atrás en la construcción de la mayor planta procesadora de maíz transgénico de Latinoamérica en la localidad de Malvinas Argentinas. 

El después
El barrio mutó: muchos de los vecinos debieron mudarse y, luego de un tiempo, la superficie contaminada fue loteada y edificada. La necesidad de vivienda propia hizo que la precaria extensión de Ituzaingó Anexo se vendiera rápido y a bajo costo. Hoy son más de cuatro manzanas de vecinos afincados allí, sobre tierra envenenada. Y la lucha también mutó y cruzó fronteras. Mientras el Gobierno de Milei muestra un claro apoyo al sostenimiento del modelo agrosojero (con la rebaja en los aranceles de tres pesticidas y el nombramiento de un antiguo CEO de Monsanto al frente de Parques Nacionales, entre otras medidas) las madres continúan su camino. En representación de la lucha, Sofía Gatica disertará en La Paz, Bolivia, tras su paso por el Encuentro de Mujeres en Río de Janeiro, en abril pasado, en un conversatorio sobre extractivismos. Convocada por el colectivo feminista Creando Mujeres, Gatica también participará dando clases en la diplomatura «De quienes luchan para quienes luchan», en julio próximo.

Mientras se prepara con material informativo provisto por la Red por una América Libre de Transgénicos (RALLT), Gatica aún sueña que su mundo no sea el mundo de Monsanto.

Referente: Sofía Gatica generó la iniciativa y convocó a sus vecinas para denunciar la situación. 

Foto: Nicolas Pousthomis

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