País | POR ATILIO BORON

Tribulaciones de un Supremo

Un relato de ficción, con marcas de la realidad cotidiana, acerca de la Justicia, los medios, la política y el poder real en la Argentina.

FOTO: JORGE ALOY

Llegó temprano a su despacho del quinto piso del Palacio de Tribunales, impecablemente vestido y engalanado con un penetrante perfume francés. Saludó a su secretaria sin siquiera dispensarle la cortesía de una mirada y estaba a punto de sentarse frente a su escritorio cuando ella le recordó que aquel era el día de las visitas a las cárceles federales y que le tocaba inspeccionar el Complejo Penitenciario II, en Marcos Paz. Maldijo en voz alta su mala suerte y puteó al demagógico Supremo que había ideado este programa mensual de visitas con el ánimo de revertir la pésima imagen que el Poder Judicial de la Nación, y sobre todo la Justicia Federal, tenían en la opinión pública. «El auto lo está esperando, doctor». El viaje a Marcos Paz difícilmente podía haber sido más irritante, sobre todo para un hombre acostumbrado al lujo, el confort, la seda, la alfombra roja y un trato privilegiado por parte de magnates y poderosos. Su mundo era el de los despachos de los CEO de las mayores corporaciones, clubes exclusivos y el dinero fácil circulando a torrentes.
Finalmente, tras poco más de dos horas llegó al Penal, una construcción relativamente nueva pero que albergaba una población de internos dos veces superior a la planificada. El hacinamiento era de proporciones mayúsculas, y los problemas que esto originaba también. En la entrada fue recibido muy ceremoniosamente por un oficial del Servicio Penitenciario Federal que lo hizo pasar a una recepción a través de un detector de metales. Le pidieron que dejara el maletín y su celular en una bandeja colocada al costado del arco, cosa que hizo a regañadientes. Lo atravesó y un suboficial le dijo: «Bienvenido, doctor. Sígame por favor». Se volteó para recuperar su celular y su maletín, pero le dijeron que debían permanecer en la guardia. Malhumorado aceptó la situación. Siguió los pasos del sargento y cuando este abrió una puerta se encontró con que debía atravesar el patio de la cárcel que, en ese momento, estaba atestado de reclusos disfrutando su breve recreo del mediodía. Entrar a ese espacio abierto y que se hiciera un gélido silencio fue cosa de un instante. Los diversos grupos que estaban discutiendo en el patio y a punto de trenzarse en feroces peleas quedaron paralizados ante la súbita irrupción de tan exótico personaje, vestido con ropas finísimas y un rostro lívido que denunciaba el pánico que lo invadía. Mientras recorría en diagonal el trayecto para llegar al otro extremo los reclusos se fueron acercando cada vez más. Veía por doquier miradas cargadas de odio; el silencio, sepulcral y ominoso, potenciaba aún más la tensión que flotaba en el ambiente. Escuchó, de golpe, una voz gutural que decía «Che, ¿quién es este garca?», y casi se desmaya al pensar que alguno podría haberlo reconocido. De pronto, un muchachón muy mal entrazado y con el rostro surcado por una cicatriz que le había arrancado medio ojo se abalanzó hacia él desde atrás, tomó con violencia el saco por su cuello y lo bajó con fuerza sin que el ministro de la Corte tuviera tiempo de resistirse. Uno de los guardias instalados en la pasarela que rodeaba el perímetro del patio desde una altura de cinco metros le disparó con su escopeta y el interno se desplomó bañado en sangre. De inmediato sonaron las alarmas en todo el penal y aparecieron unos treinta guardias, fuertemente armados, que rodearon por completo a los reclusos exigiéndoles que levantaran sus manos y no se movieran, mientras uno de ellos le decía al magistrado «venga por aquí, doctor, pase por favor». No había acabado de abandonar el patio e ingresar al pabellón cuando uno de ellos regresó corriendo a devolverle, muy cuidadosamente doblado, su saco ahora todo ensangrentado. Ingresado que hubo al edificio principal del penal, custodiado por seis guardias, fue invitado a ir a la oficina del director de la cárcel. Pero, para su sorpresa, lo hicieron entrar a un cuartucho sin ventanas y carcomido por la humedad, en donde había un modesto escritorio, una máquina de escribir, un libro de actas (al menos eso parecía), dos sillas y un vetusto catre arrimado a la pared. Detrás del escritorio, sentado, había un hombrón mal encarado y de rostro anguloso y amenazante. «¡Pase, tome asiento doctor!», le dijo cortés pero secamente. «Soy el escribano Pascual Storto, y antes de proseguir con su visita debo tomarle una declaración de lo ocurrido. Créame que lo lamento». El Supremo no sabía qué hacer, y su incomodidad crecía minuto a minuto. Miró hacia atrás, pero los guardias habían desaparecido. El cortesano comenzó a balbucear una versión de los hechos y el escribano, distraídamente, parecía estar tomando nota de su narración aporreando furiosamente una vieja máquina de escribir. Mientras, con el rabillo del ojo, miraba algo que estaba escrito en el libro de actas que reposaba al costado de la máquina de escribir. Al cabo de un rato Storto levantó la palma de su mano y le dijo que era suficiente y sin más procedió a sacar las hojas que tenía en la máquina, por triplicado, entregándole el original al magistrado. Este comenzó a darle lectura, pero ni bien llegó al segundo o tercer renglón se levantó como un resorte, gritando: «¡Pero ¡qué es esto, usted está loco, lo procesaré y pasará largos años en la cárcel! ¡Guardias, abran la puerta, debo regresar ya mismo a Buenos Aires!». Solo obtuvo por respuesta un pesado silencio. Storto lo miró condescendiente y le dijo que tomara asiento, que las cosas tenían que cambiar de una vez por todas, que la Reforma Judicial era un imperativo kantiano para salvar a la democracia y la república; que la putrefacción anidada en –y potenciada por– la Justicia Federal era insoportable, y que el amor a la patria exigía un gesto de grandeza como el que estaba plasmado en el escrito. Hizo una pausa y prosiguió diciendo que el Gobierno anterior había intentado por todos los medios poner punto final a este problema dialogando, tratando de persuadir a jueces, fiscales y políticos; negociando en el Congreso y en el Consejo de la Magistratura; armando infinidad de reuniones, y nada. «Como respuesta ustedes se cebaron en su impunidad, intensificaron las prácticas arbitrarias e ilegales del lawfare mientras la oligarquía mediática pudría la cabeza de la gente y ocultaba sus bribonadas. Por eso un día dijimos que esto no va más –¡Basta de “franela!”– y decidimos ponerle punto final a la “dictadura judicial” que estaba acabando con la democracia y destruyendo este país para dejarlo inerme al servicio de los ricachones». Lo miró con una sonrisa burlona y remató su discurso diciendo: «”Será Justicia”. Y si no le gusta esta fórmula le digo otra: “¡La historia nos absolverá!”. Supongo que conoce quién la utilizó por primera vez, ¿no?».
El Supremo volvió a leer el texto y no daba crédito a lo que estaba viendo: «Yo, en pleno uso de mis facultades mentales y en el irrestricto ejercicio de mi libre albedrío por medio de este documento renuncio indeclinablemente a mi condición de ministro de la Corte Suprema de la Nación. Quiero también dejar establecido que desisto de acogerme a los beneficios del régimen previsional del Poder Judicial, con la jubilación y todas las prestaciones anexas. Considero que el haber recibido una generosa remuneración durante mis años al servicio del Poder Judicial sin haber pagado un solo centavo de Impuesto a las Ganancias compensa con creces el perjuicio que me ocasiona el rechazo de mi jubilación. Me comprometo, por último, a acompañar sin reserva alguna los fallos conforme a derecho que se detallan a continuación: Correo Central, Parque Eólico, Autopistas, Sevel, Fuga de Divisas, Cuadernos, Memorando Irán, Hotesur, Nisman, Obras Públicas de Santa Cruz, etcétera, mismos que ya han sido firmados por mis colegas de la Corte, y también a desestimar in limine cualquier recurso de apelación ante cualquier otro órgano o Cámara Federal, sean de Apelaciones o de Casación». «Esto es ridículo», vociferó el Supremo de pie y agitando la hoja que le diera Storto. «Un atropello a las instituciones, a la Constitución, a la república, a mis derechos…». Iba a seguir con su perorata pero Storto lo cortó en seco: «Mire, en estos momentos sus colegas están en distintos penales en una situación peor que la suya. Parece que había uno, que lo trajimos ayer, que se estaba retobando. Pero le bastó haber tenido que compartir la noche con otros siete presos comunes para que recordara con sorprendente precisión ciertos pasajes de la obra de Kelsen, Bidart Campos y Levene que le hicieron revisar su postura en estas causas. Créame, ese colega experimentó en su cuerpo una revolución copernicana en la ciencia del Derecho. Queremos que todos estos fallos salgan por unanimidad por una cuestión de prolijidad administrativa y para erradicar de raíz futuras discusiones, ¿sabe?». Lo miró con dureza y continuó: «Sé que es un trago amargo; tómese su tiempo. Esto se dará a conocer mañana a las 17 horas. Por eso tiene un catre para pasar la noche en caso de que usted o sus colegas dilaten el acuerdo». «¡Esto es un atropello inadmisible!», gritó fuera de sí. «Quiero hablar ya con mis abogados y con Héctor». «Olvídese», le dijo flemático Storto. «Ellos están con muchos más problemas que los suyos. No están siendo tratados con guantes de seda como usted. Sus colegas cortesanos y sus amigos en los medios están de visita –y acentuó con malicia, silabeando, esa palabra: “vi-si-ta”– en pabellones con presos comunes: asesinos, violadores, narcos, ladrones, gente de la peor ralea». Se levantó, le ofreció la lapicera al magistrado que la rechazó con un gesto de la mano, como con asco. Mientras se dirigía a la puerta Storto señaló un rincón del cuartucho y le dijo: «Allí está el retrete para sus necesidades. Le traerán la comida de los presos en los horarios establecidos, y también un rollo de papel higiénico. Abríguese porque de noche aquí hace mucho frío. Y aproveche esta oportunidad que le estamos ofreciendo para un retiro honorable después de haber sido cómplice de tantas fechorías durante largos años. Recuerde que si en el plazo fijado no están todas las firmas su vida se convertirá en un infierno en este penal, del cual dudo logre salir vivo ni bien los muchachos sepan exactamente quién es usted, quien es ese “garca” que vieron pasar, y lo que piensa de los pobres, sus necesidades y sus derechos». Dicho esto llamó a los guardias. El Supremo no salía de su asombro. «¿Qué es esto, hay un nuevo Gobierno, hubo una revolución? ¿Cómo, cuándo? “Queremos”, dijo, pero ¿quiénes son los que quieren?», se preguntaba una y otra vez sin hallar respuesta. Estaba incomunicado, no podía saber qué estaba ocurriendo con sus colegas: «¿Y si alguno no firma y yo quedo escrachado; o si firman todos menos yo?», se preguntó con angustia. Pensó largamente el asunto, pero decidió que lo mejor sería tratar de serenarse y descansar. No había televisión ni radio en el cuartito, y tampoco tenía su celular. Se sintió profundamente vulnerable, desamparado, fuera del universo, en una soledad absoluta. Al rato le trajeron una bandeja con una comida repugnante, que la ingirió porque necesitaba llevar algo al estómago, y poco después se acostó en el catre. Las emociones del día, demasiado fuertes para su aterciopelada sensibilidad, le hicieron caer dormido, en realidad casi desmayado, enseguida. A la mañana siguiente apareció Storto: «Le tengo buenas noticias, doc. Sus amigos comprendieron muy bien la situación y ya firmaron el acta. Logramos, además, que en reconocimiento de su conducta el Gobierno iraní los reciba a usted y sus colegas con los mayores honores en Teherán. El favorable cierre de la causa del Memorando los llenó de alegría. Falta su firma, aunque podría ser un fallo de mayoría, con su voto en contra; pero en tal caso su destino ya no sería Irán sino Corea del Norte. Dicen que allá son muy amables con los occidentales. La embajada de Estados Unidos ha felicitado al Gobierno provisional por haber cortado el nudo gordiano que impedía la reforma de la Justicia Federal, pero no quieren saber nada con recibirlos, a usted y sus colegas. Quieren evitar el incidente diplomático que se produciría en caso de que algún fiscal deseoso de adquirir notoriedad exigiese que se llamara a los cortesanos a indagatorias por lavado de dinero, malversación de fondos públicos, estafas reiteradas, encubrimiento de crímenes y otras minucias y que en caso de ser probadas los enviaría a todos a una cárcel de máxima seguridad junto con el Chapo Guzmán y otros barones de la droga. Créame, Teherán es mucho más agradable que Pionyang… Además, nos han informado que en Irán usted y sus colegas podrán seguir ejerciendo la profesión, aunque previamente deberán aprobar unos cursos de Justicia Islámica». Vencido y resignado, asombrado en realidad por el giro de las circunstancias, el Supremo estampó su firma.
Salió del cuartucho y lo llevaron a la guardia. Reclamó su celular y su maletín. Al abrirlo comprobó con alivio que le habían agregado las fotocopias de los fallos y las renuncias de sus colegas, todas con el mismo tenor que la suya. Un oficial le dijo que ya podía abandonar el penal, cosa que hizo a la vez que nerviosamente trataba de encender el teléfono. Tenía muy poca batería, pero al rato se dio cuenta de que le habían vaciado su memoria. Por suerte se acordaba de los números de Héctor y de su abogado; intentó contactarlos pero no obtuvo respuesta. Abandonó el penal e infructuosamente buscó el lujoso automóvil que lo había traído. «Se fue anoche», le dijo uno de los guardias casi sin mirarlo. «Dijo que volvería hoy por la tarde. Espere». Miró al enjambre de visitantes –pobres, humillados y enojados– que pugnaban por ingresar al penal para ver a sus familiares y rápidamente se dio cuenta de que quedarse allí no era precisamente una buena idea. Trató de pedir un Uber, pero no había señal suficiente. Mejor salgo, voy al pueblo y en Marcos Paz seguro que consigo un remís, pensó. Ya en camino optó por llamar a su secretaria para que le dijera qué demonios estaba ocurriendo. Al cabo de un rato oyó que le respondía una desconocida voz femenina: «Hola, páseme con Laura, mi secretaria», ordenó con prepotencia. «Perdone doctor, Laura renunció o se fue de vacaciones. Soy la secretaria del nuevo ministro de la Corte, el doctor Juan Grabois, pero todavía no ha llegado al despacho. ¿Puedo ayudarlo en algo?». «¡El nuevo ministro! –aulló con furia– ¿qué es esto?». Sorprendida, la mujer, que evidentemente nunca había trabajado como secretaria, trató de explicarle la situación. «Sí, el doctor Grabois fue designado por el Senado en una sesión de emergencia ayer por la tarde, sabe. El incendio de Comodoro Py por un gentío que al grito de «¡Justicia, justicia!» arrasó con sus instalaciones convenció a los senadores de que la crisis los estaba empujando al borde del abismo y que debían actuar con rapidez para que a ellos no les ocurriera lo mismo. Es terrible lo ocurrido, doctor –prosiguió la improvisada secretaria–, Comodoro Py parecía la Toma de la Bastilla. Y lo peor es que parece que hay focos de revoltosos montando guardia en las casas de los Supremos… Doctor, ¿hace mucho que no mira la tele?». Cortó desesperado la comunicación e intentó nuevamente llamar a Héctor: «El teléfono al que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura». Entonces apretó el paso para dirigirse al pueblo. A las pocas cuadras optó por quitarse el ensangrentado saco y trató, infructuosamente, de ocultarlo en el maletín. Resignado, hizo un bollo con el lujoso Armani y lo arrojó a la acequia de aguas servidas que corrían en paralelo a la calle. Al rato llegó al centro de Marcos Paz, entró a un bar de mala muerte y pidió un café. En la televisión se exhibían visiones dantescas que al principio habría jurado que procedían de Venezuela, pero era una Buenos Aires iluminada por las luces de numerosos incendios. Los principales canales de televisión transmitían en vivo porque sus sedes habían sido arrasadas por furibundas turbamultas y solo emitían imágenes que captaban desde las calles. Otra toma mostró las llamas devorando el edificio de un diario de gran circulación que había sido atacado por una multitud. A pocas cuadras de ahí lo mismo ocurría con las elegantes oficinas de canal de noticias de televisión abierta. En una pared alguien había escrito un grafiti en donde se leía: «¡Chorros, devuelvan Papel Prensa!». El Congreso también estaba rodeado por una impresionante muchedumbre que no solo exigía «Justicia» sino acabar con los privilegios de los ricos sancionando de inmediato leyes que posibilitaran la redistribución de la riqueza escandalosamente concentrada en un puñado de personas, que había sumido a más de la mitad de la población en la pobreza. Cuando los movileros enfocaban a los ventanales del Palacio de Tribunales se percibían pequeños focos de incendio. Las residencias de los principales «formadores de precios» del país, en Buenos Aires y ciudades el Interior, estaban también sitiadas por nutridas manifestaciones. Las condiciones que ponían los sitiadores eran la cogestión de las grandes empresas mediante un nuevo órgano de dirección colectiva formado por las y los trabajadores, una representación de los organismos técnicos del Estado y los propietarios. El objetivo: aumentar la producción, incorporación de nuevo personal, bajar los precios y la coparticipación en las ganancias empresarias. Y, por supuesto, que los millonarios comenzaran a pagar impuestos. Demudado, el Supremo intentó de nuevo comunicarse con Héctor y con su abogado, pero sin éxito. Cayó en la cuenta de que no podía seguir vestido como estaba, en camisa y con manchas de sangre. Rápido, se metió en un modesto negocio que vendía ropa de hombres: compró un traje ordinario además de una camisa y corbata. Buscó un remís y como nadie de su familia respondía a sus llamadas –seguramente habrían huido– le ordenó al chofer que lo llevara a Ezeiza. Una vez en el aeropuerto se acercó al mostrador de American Airlines y pidió viajar a Miami, seguro de que su familia ya debería estar en vuelo para llegar a su confortable condominio en Coral Gables. La funcionaria le informó que «hemos sobrevendido el vuelo. Mucha gente está huyendo. Usted sabe, la revolución y todas esas cosas…». Recorrió el hall central del aeropuerto en busca de alguna línea aérea que pudiera llevarlo a Estados Unidos. En todos los casos obtuvo la misma respuesta: «Pasaje sobrevendido». Pensó en fugarse al Uruguay vía Fray Bentos, y llegar hasta su hermoso departamento en Punta del Este; pero el Audi estaba en el garaje de su casa, seguro que sitiada por una horda rabiosa y vengativa. Al extremo del gran salón vio que había un pequeño stand de Iran Air y se acordó de lo que le había dicho Storto. Se acercó y balbuceando preguntó si había algún vuelo para Teherán y cuándo. Entregó su DNI y para su sorpresa la empleada, con una sonrisa, le dijo: «¡Que placer, doctor! Sabíamos que iba a venir porque el ministro Storto nos había prevenido. Ya tiene un boleto de ida y viajará en primera clase. Es una cortesía de la Guardia Republicana iraní. El avión tiene prevista su partida en poco más de cuatro horas», dijo la mujer. «Mientras puede ir a la sala VIP hasta que llamemos a los pasajeros para abordar. Ah, le cuento que el ministro Grabois le hizo llegar un nuevo pasaporte». Examinó el documento y comprobó que estaba en orden. Intentó por última vez llamar a Héctor, con el resultado anterior. Las imágenes de la televisión de la sala VIP eran espeluznantes. Convencido de que el país había consumado el nefasto tránsito sin retorno del populismo a la revolución, él, un hombre del Derecho y la negociación, se dio cuenta de que en ese nuevo clima sociopolítico se había convertido en un paria en su propia tierra. Pensó que el exilio era una bendición comparado con lo que podría ocurrirle si, imprevistamente, se topaba con el vendaval revolucionario. En la convulsionada Argentina, Teherán lucía casi tan atractiva como Coral Gables. Para su sorpresa, en la sala VIP se encontró con otros Supremos, todos temerosos y deprimidos menos uno, entusiasmado por los negocios que haría con los ricos y las multinacionales radicadas en Irán, aunque también impaciente por abordar el avión porque habían oído rumores de que los rencorosos vándalos del Conurbano se estaban acercando a Ezeiza. Se desplomó sobre un sillón preguntándose si la Guardia Republicana no cambiaría de parecer una vez llegados a Irán y, en el mejor de los casos, si tendría capacidad para aprobar los cursos de Justicia Islámica requeridos para recuperar su matrícula de abogado. Se incorporó, se sirvió un whisky doble, lo bajó de un trago y volvió al sillón. Cuatro horas más tarde abordaba el avión de Iran Air, al que entró bañado en lágrimas y cavilando qué es lo que había hecho mal en su vida para tener que transitar por este calvario.


Atilio Boron