Piñera en jaque

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Acechado por movilizaciones, el presidente atraviesa un momento complicado. Las políticas neoliberales, sospechas de corrupción y problemas estructurales sin respuesta explican la caída de su popularidad. Realineamiento por derecha en la región.


Palacio de la moneda. El mandatario conservador, pensativo, en el encuentro que mantuvo con su par colombiano Iván Duque, en marzo. (BERNETTI/AFP/DACHARY)

C on poco más de un año en el cargo, Sebastián Piñera enfrenta el momento más difícil de su segundo mandato. Jaqueado por problemas económicos, errores de gestión, promesas incumplidas y las dificultades propias del país más desigual de la región, el presidente y empresario chileno cosecha críticas de propios y ajenos, mientras su popularidad cae a ritmo acelerado.
Así lo indican los últimos datos difundidos por diferentes consultoras locales. Según Cadem, en abril de 2018 –un mes después de regresar al Palacio de La Moneda–, Piñera contaba con un 60% de respaldo. Hoy, ese número descendió al 33%. El Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC) agrega que el rechazo pasó de un 38% al 63%. El 73% opina, además, que gobierna «para los ricos».
Pero el descontento no se manifiesta exclusivamente en números. En mayo, un amplio abanico de organizaciones sociales, sindicales y estudiantiles protagonizó una jornada de «indignación y protesta» en las calles de Santiago y otras ciudades para rechazar las políticas neoliberales aplicadas por Piñera. Bajo la consigna «Basta ya de abusos, basta ya de corrupción», los manifestantes cuestionaron la indiferencia mostrada por el Gobierno ante problemáticas como las jubilaciones de «miseria» que otorga el sistema privado de pensiones, las desigualdades de género y el progresivo deterioro de la educación pública (ver recuadro).
Se trata de cuestiones estructurales que, como marcó el politólogo Diego Raus, miembro del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC), son centrales para comprender los motivos del descontento hacia Piñera. «Chile –explica– es una economía que aparece como ejemplo por sus tasas de crecimiento, pero tiene un sistema de distribución que es totalmente desigual, uno de los peores de la región. Obviamente, la transformación de este sistema nunca estuvo en la agenda de Piñera. Eso genera una gran oposición».
Oscar Laborde, presidente del bloque FPV-PJ en el Parlasur, añade que el desplome de la imagen del presidente chileno también forma parte de un fenómeno regional. «Lo que le pasa a Piñera, asegura, es lo que le está pasando a todos los gobernantes neoliberales de América Latina. El neoliberalismo no está consiguiendo instalarse virtuosamente en la región. Gana elecciones, pero luego no logra mantener el prestigio ni el respaldo popular. Basta con observar lo que está ocurriendo en Brasil y Argentina».
 
Libreto conocido
Cuando asumió la presidencia por segunda vez, Piñera prometió «tiempos mejores». La gran apuesta estaba en el aluvión de inversiones privadas, que abrirían la puerta a un mayor crecimiento económico. Pero nada de eso ocurrió. La lluvia de inversiones fue apenas una débil garúa y, según datos de la OCDE, las previsiones de crecimiento del PBI para este año bajaron de 3,5% a 3,3%. La situación generó malestar incluso entre las propias filas oficialistas, que demandaron al presidente «ajustarse a la realidad». Piñera no hizo autocrítica. Apenas se limitó a reconocer que «este 2019 será, sin duda, más difícil» de lo esperado. Y atribuyó las dificultades al «contexto internacional».
En el plano laboral, los datos tampoco juegan a favor de Piñera. En su tradicional mensaje ante el Congreso, el expropietario de la aerolínea LAN aseguró que en los últimos doce meses se habían creado 164.000 puestos de trabajo, «una de las cifras más altas de la historia». Pero lo cierto es que, según estadísticas oficiales, en la actualidad el desempleo asciende al 6,9%, la misma cifra que un año atrás. El gobierno tuvo, además, iniciativas erráticas, como cuando anunció la instalación forzosa de medidores eléctricos de luz que debían ser abonados por los propios consumidores. La decisión generó un amplio rechazo entre la población, lo que obligó a Piñera a dar marcha atrás.


Santiago. Cacerolazos contra el Gobierno. (BERNETTI/AFP/DACHARY)

Existe otro factor, de especial relevancia. En su carrera hacia la presidencia, Piñera también había tenido un fuerte discurso de lucha contra la corrupción. «La mejor forma de combatir la corrupción –dijo– es con transparencia. Los ciudadanos tienen derecho a saber qué hacen los políticos que eligieron con sus votos, y en qué se gastan los recursos que financian con sus impuestos». Pero ahora es su gestión la que está bajo sospecha por casos de nepotismo.
Primero fue la designación de su hermano Pablo como embajador en Argentina, que finalmente se vio frustrada por numerosas críticas. Luego llegó la gira asiática, de carácter presidencial, en la que Piñera estuvo acompañado por sus dos hijos. Medios y dirigentes opositores cuestionaron la presencia de los jóvenes en dicha gira, ya que no ostentan ningún cargo público. El presidente se llamó a silencio. Quien habló fue Cecilia Pérez, vocera del Gobierno. La mujer defendió a su jefe argumentando que los funcionarios «tenemos familia y queremos estar con ella». Pérez olvidó algo: los hijos del mandatario son dueños de una empresa tecnológica que busca ingresar al mercado chino.
 
Mirar al norte
El último traspié también tiene entre sus protagonistas a uno de los hijos de Piñera. En mayo pasado, el portal periodístico Interferencia publicó una investigación en la que reveló que una empresa fundada por Cristóbal Piñera había multiplicado sus contratos con el Estado desde el arribo de su padre al poder. La vocera Pérez debió volver a subirse al ring político para desmentir la denuncia.
Otro de los temas que generó oposición al gobierno chileno fue la creación de Prosur, un organismo regional para sustituir a la Unasur. La iniciativa fue impulsada por el propio Piñera, que en simultáneo inició el proceso de desvinculación del bloque creado por el expresidente argentino Néstor Kirchner y otros mandatarios latinoamericanos de aquel entonces. El objetivo es claro: alinearse a las políticas impulsadas desde Washington.
Actualmente Piñera preside Prosur, que se constituyó como una instancia de coordinación entre los distintos gobiernos de derecha de la región. Aunque se proclama como un foro abierto, «sin ideologías», lo cierto es que, hasta el momento, su única tarea fue cargar contra el gobierno venezolano de Nicolás Maduro, al que el presidente chileno considera «una dictadura corrupta e incompetente».
Hace unos años, muy distinta fue su postura para referirse a una verdadera dictadura militar, ocurrida nada menos que en su país. Allí no hubo ataques sino una encendida defensa de la persona que concentraba el poder. Fue en 1998, cuando encabezó un acto en Londres para expresar su «total solidaridad» hacia Augusto Pinochet, quien por entonces permanecía preso en Inglaterra por crímenes de lesa humanidad.

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