Opinión

Atilio Boron

Politólogo

Milei y la sombra de Maquiavelo

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Referencia. El filósofo italiano Nicolás Maquiavelo, considerado uno de los padres de la ciencia política moderna, citado por el presidente argentino.

Imagen: Getty Images

El sorprendente párrafo inicial de la intervención del presidente argentino en Davos anunciando «de modo categórico que Maquiavelo ha muerto» retumbó con fuerza en el Paraíso donde el bueno de Nicolás se encontraba conversando con su gran amigo florentino, Francesco Vettori, sobre «las cosas de este mundo». Ambos se reunían regularmente porque, decían, la escena internacional de las primeras décadas del siglo XXI habían parido tal proliferación de personajes truculentos y brutales cuya maldad empequeñecían a los crueles gobernantes y las tenebrosas intrigas del Renacimiento italiano. Cuando el autor de El príncipe escuchó que Milei proclamaba triunfalmente su muerte, se volvió hacia Vettori, pocillo de café en mano, y con una sonrisa burlona le preguntó: Ma chi è questo buffone?  El presidente de la Argentina, respondió Vettori con un gesto desdeñoso mientras se encogía de hombros. Y agregó: «È un imbroglione, un venditore di fumo».

La confusión de su decir y escribir –el embrollo señalado por Vettori–es un rasgo idiosincrático de Milei. «Confuso, difuso y profuso» diría Octavio Paz en una sentencia mortífera. También lo es su desubicación, porque no parece entender lo que significa ser presidente de un país. Confundió la reunión de Davos, donde se concentra un enjambre de insaciables megamillonarios, con sus representantes políticos y su legión de papagayos mediáticos, con un encuentro con sus simpatizantes y militantes en donde se puede decir cualquier cosa, como lo hace con el grupito de pseudoperiodistas que suelen entrevistarlo. Por eso gran parte de esos superricos abandonó el recinto cuando Milei se acercó al podio. Es que esa gente no tiene tiempo ni le interesan las extravagantes divagaciones pseudoteóricas de quien dejó de ser un «fenómeno barrial» para convertirse en un «hazmerreír mundial». Los megarricos también desconfían de datos y cifras tiradas al voleo. No es un dato menor que Milei solo una vez concedió una entrevista a una periodista de verdad, Ione Wells, corresponsal para América Latina de la BBC. Esta joven con dos o tres repreguntas demostró que el presidente argentino carecía de respuestas cuando le quitaban su libreto. Luego de eso, nunca más tuvo que vérselas con un periodista y no cesó de proclamar su odio a quienes profesan tan noble profesión.

Pero vayamos al discurso en sí. La superficialidad con que aborda el tema de la justicia, desde el inicio, es asombrosa. Habla largamente de la justicia, y de la necesidad de que ésta no quede subordinada a la eficiencia. En sus propias palabras, «resulta inadmisible desde el punto de vista de la ética y la moral sacrificar a la justicia en el altar de la eficiencia». Pero ese sacrificio es precisamente la marca distintiva de su Gobierno, donde en aras de un (falso) equilibrio fiscal se violan los más elementales principios de la justicia. Milei y sus compinches en el Gobierno en ningún momento caen en la cuenta de que aquella es siempre un atributo de lo social. Autonomizada de su anclaje en la desigual distribución de la propiedad y la riqueza, la «justicia» en una sociedad de clases, como el capitalismo, deviene en una estéril abstracción privada de toda importancia práctica. Se puede hablar así de la justicia como de la belleza o la bondad, haciendo caso omiso de la recomendación de Maquiavelo de siempre buscar «la verdad efectiva de las cosas» o, como quería Lenin, hacer y entender la política no a partir de la retórica sino «del análisis concreto de la realidad concreta», cosa incompatible con los delirios libertarianos. Uno de los más prominentes teóricos del liberalismo igualitarista del siglo veinte, John Rawls, definió a la «justicia como la virtud suprema de las instituciones sociales». Pero para los prosélitos de la Escuela Austríaca, la justicia social es anatema porque supone la intervención del Estado –la bestia que vino a destruir «el topo» libertario desde adentro– para neutralizar, o al menos controlar, la dinámica siempre concentradora, excluyente y opresora de los mercados. Por eso a Milei no le queda más remedio que hablar de la justicia como de una bella abstracción.

Protagonista. Milei en su tercera intervención en el Foro de Davos, en enero.

Foto: World Economic Forum/Harold Cunningham

Una sucesión de disparates
Llama poderosamente la atención, aún para quienes por vivir en la Argentina escuchamos casi a diario sus disparates, que afirme que «el capitalismo de libre empresa no solo es más productivo, sino que además es el único sistema justo». Alguien debería pasarle algún material bibliográfico al presidente para que se entere de lo que está pasando en la economía más dinámica del planeta, en China, en donde no existe el capitalismo de libre empresa porque éstas, sean nacionales o extranjeras, privadas tanto como públicas, subordinan sus actividades y estrategias de crecimiento e innovación a los dictados del Gobierno dirigido por el Partido Comunista de China y a sus planes quinquenales. Y que, a diferencia del capitalismo de libre empresa tan exaltado por nuestro presidente, China sacó de la pobreza a algo más de 800 millones de personas (un logro apoteósico) mientras que Estados Unidos hace más de un cuarto de siglo que no puede hacer lo propio con apenas unos 40 millones de personas. ¿De qué habla entonces Milei? De puras abstracciones pseudoteóricas. Ignora al igual que sus consejeros que hoy por hoy las clases medias en China se empinan por encima de los 400 millones de personas, un guarismo mayor que toda la población de Estados Unidos. Téngase en cuenta que mientras eso ocurría en China, estudios recientes demuestran que si en 1970 el ingreso de las familias de clase media en Estados Unidos equivalía al 62% del ingreso nacional, en 2022 esta proporción se había derrumbado al 43%. Más clase media en China, menos clase media en Estados Unidos. Estos son datos apabullantes, que solo pueden pasar desapercibidos para mentes obturadas por el sectarismo anarco-capitalista o por los sofismas de Friedrich von Hayek y compañía.   

Pero esto no debiera sorprendernos. Sabemos que Milei maneja los números de un modo arbitrario y sin sustento empírico. En su discurso alardeó de haber bajado la pobreza «del 57% al 27%», cifras que nada tienen que ver con la realidad porque se basan en parámetros y ponderadores que tienen entre diez y veinte años de retraso y que para nada reflejan los precios actuales de los servicios (electricidad, agua, gas, transporte, telefonía celular, atención médica, costo de medicamentos, etcétera) y su incidencia en el consumo popular. Cuando estos factores se toman en cuenta, la idílica realidad dibujada por Milei y sus colaboradores se desvanece como una niebla matinal y la luz del sol revela que quienes estarían en situación de «pobreza multidimensional» en la Argentina son un 67% de sus habitantes, tal como lo corrobora un detallado estudio realizado por Martín Maldonado, profesor de la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET.

Esto es lo que ha logrado el capitalismo de libre empresa, estilo Milei. Un país con un superávit fiscal fraudulento, mentiroso, porque se obtiene a costa de incumplir con obligaciones establecidas por ley, lo que se traduce en sumir a jubilados y pensionados en la pobreza más extrema, no hacer los desembolsos que manda la ley para hospitales y universidades públicas, endeudar al país en proporciones siderales, congelar todas las obras públicas mientras que rutas y puentes se deterioran al punto tal de poner en peligro la vida de quienes los transitan. Un país que se desindustrializa, que practica una apertura indiscriminada que lanza decenas de miles de trabajadore a la calle, que desinvierte en ciencia y tecnología mientras gasta irresponsablemente en compras militares totalmente inservibles: aviones F-16 y navíos de guerra descartados por Dinamarca y la NATO, imposibles de utilizar en la única hipótesis de conflicto que tiene la Argentina y que es con el Reino Unido por la usurpación de nuestras Islas Malvinas. Todo esto mientras que el 1% más rico retiene en sus manos el 25% de la riqueza nacional. Si se mide al 10% superior en la pirámide de la riqueza se observa que se apropia del 59% del total mientras que la mitad más pobre –por favor, tómese nota– debe sobrevivir con las migajas del 4% del ingreso nacional.

Rejunte de fragmentos
De nada de esto habló Milei en Davos. Su alocución fue un galimatías en donde se rejuntaban fragmentos de las doctrinas económicas liberales con una poco convincente exaltación de los legados de la «filosofía griega, el derecho de los romanos y los valores judeocristianos» pronunciada por un sujeto que apoya las ejecuciones extrajudiciales de Donald Trump en el mar Caribe y en el Pacífico, el bombardeo de Caracas, el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro Moros, y convalida el genocidio que el régimen racista israelí está perpetrando en Gaza. Con estos antecedentes se entiende que en su discurso haya dicho que había llegado la hora de «enterrar a Maquiavelo», tarea extenuante porque el florentino es una gigantesca figura histórica que mal podría ser condenada al olvido por un energúmeno mal hablado y gritón y, para colmo, pésimo gobernante. Una de las razones del enojo de Milei con Maquiavelo tal vez sea por la lúcida advertencia del florentino sobre el carácter insaciable de los magnates y su convicción de que ellos se sienten y son más importantes –por su riqueza, prestigio y poder– que cualquier gobernante, incluido naturalmente Milei. Nada de lo que él pueda hacer otorgándoles concesiones y privilegios ganará su respeto y los pondrá incondicionalmente de su lado. Por más que haya dicho que vino a agrandarle el bolsillo a los ricos, para ellos nunca dejará de ser un advenedizo, un audaz demagogo que supo captar la furia de un electorado justamente decepcionado por el gobierno del Frente de Todos y al que siempre mirarán con sospecha. Por eso Maquiavelo decía que la grandeza de la República de Roma se asentaba sobre el equilibrio entre el Senado controlado por la aristocracia y el Tribuno de la plebe, representante del pueblo raso. Si algo falta en la Argentina actual es precisamente ese pueblo raso convertido en sujeto político. En un pasaje luminoso del capítulo IX de El príncipe explica que en todo ordenamiento político existen dos tendencias contrapuestas: la del pueblo, que pretende no ser dominado ni oprimido por los magnates, y la de éstos, que sí desean dominarlos y oprimirlos. Cuando, como ocurre en el caso argentino, el Gobierno de Milei apoya y favorece escandalosamente a los magnates, a los multimillonarios y al imperialismo a la vez que empobrece y oprime a las clases y capas populares, está socavando los fundamentos de la república, la gobernabilidad de la democracia y la estabilidad del orden social. Para nadie es un misterio que en la Argentina la república está en ruinas, con un presidente que desoye desafiantemente los preceptos constitucionales. Un país que tiene una justicia federal sometida a los grandes poderes económicos y mediáticos y a las maquinaciones del Gobierno. Una fallida república con una ridícula Corte Suprema integrada por tres ministros, todos varones para ser más precisos, lo que constituye es un caso único a nivel mundial; con un Congreso en donde la compraventa de votos se hace a cara produciendo una imperdonable estafa al electorado; con gobernadores que venden sus votos en el Senado a cambio de dudosas oportunidades de negocios para sus provincias; y con un Ejecutivo nacional acribillado por fundadas sospechas de corrupción, filtraciones que llegaron a los medios por obra de hombres y mujeres del régimen mileísta. Esta constelación de circunstancias, según Maquiavelo, difícilmente puede sostenerse en el tiempo y el gobernante pagará muy caro su escandalosa opción por los ricos y su crueldad para hundir aún más en la miseria a los pobres.  

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