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Hernán Carbonel

Mi niñera de la KGB
Laura Ramos
Lumen
368 páginas

Fresco cultural. Además de una gran crónica, el libro es un viaje a través del siglo XX.

Foto: Prensa

Las puertas de ingreso al nuevo libro de Laura Ramos pueden ser varias. Algunas están al principio, otras, en el corazón o en la exhalación de las últimas páginas. Pero todas, en definitiva, contienen el gen de la curiosidad, el atractivo y los interrogantes. Comencemos abriendo alguna de ellas, ya que se trata de una historia con muchas líneas temporales, de protagonistas y hasta geográficas.

África de las Heras nació en 1909 en Ceuta, ciudad autónoma española limítrofe con Marruecos. Militante durante la Guerra Civil, se integró a los servicios secretos soviéticos hasta convertirse en una agente internacional de élite. Fue parte de maniobras de riesgo durante la Segunda Guerra, como, por ejemplo, caer en paracaídas sobre las líneas alemanas en tierras ucranianas. Su derrotero continuó entre los acontecimientos que enmarcaron el asesinato de Trotsky y una mudanza a París, donde conoció a esa maravillosa rareza de las letras rioplatenses llamada Felisberto Hernández. Luego se asentó en Montevideo, obtuvo la ciudadanía uruguaya e instaló ahí un centro de operaciones de la KGB. ¿Parece inverosímil? Lo es, pero tampoco hay nada que no sea cierto.

Autora de las legendarias crónicas de Buenos Aires me mata y Corazones en llamas, las investigaciones históricas Infernales. La hermandad Brontë, y Las señoritas, sobre aquellas maestras estadounidenses traídas al país por Sarmiento, en otra de las líneas mencionadas Laura Ramos llega junto a su madre (militante feminista y, según el mito, la Maga de Cortázar) y su hermano mayor Víctor a Montevideo a comienzos de los 60. Su padre, el reconocido escritor, editor, historiador y político Jorge Abelardo Ramos, queda en Buenos Aires. Sujetos extravagantes, ambos, destinados a ser una muesca nada pequeña en la nebulosa de los tiempos que les tocaron vivir.

Entonces el destino o el azar hace lo suyo: que una pequeña situación doméstica se convierta en una leyenda de época. Ramos, niña, se cruza con África de las Heras, reconvertida en María Luisa, supuesta modista española, tierna, impasible, tajante, solidaria, que se dedica a compartir el tiempo con los hijos de un grupo de intelectuales formado por bibliotecarios, funcionarios, escritores y militantes en la Montevideo de mediados de siglo pasado. La convergencia de esas dos líneas atraviesa el núcleo de ese excelente libro que es Mi niñera de la KGB, fresco geopolítico y cultural a la vez que pintura sutil de experiencias personales.

De ahí el ansia voraz de cualquier cronista de ley: recolección de testimonios, ejercicio de memoria, búsqueda de archivos, viajes a Ceuta, Inglaterra, Estados Unidos y Uruguay.

Y surge entonces la pregunta de quién fue María Luisa, sabia o embaucadora, fantasma y aura, amiga o misterio, simbiosis entre espía y femme fatale tan propia de la Guerra Fría, de novela de espionaje, una suerte de Mata Hari charrúa. Y también el interrogante de por qué la Unión Soviética decide instalar un enclave sudamericano para preparar espías con el foco puesto en los Estados Unidos. De eso está hecho el libro, de lo macro y lo micro. Un dato que lo denota: el que en aquel momento fuera jefe de la policía secreta, Pável Sudoplátov, reconociera en África a «su mejor espía».

Mi niñera de la KGB es, además de una gran crónica, un viaje a través del siglo XX, de acontecimientos políticos de una época que ha quedado atrás menos de lo que parece, plagado de pequeñas anécdotas asombrosas (por ejemplo, el viaje de María Luisa a pueblitos del interior con el fin de conseguir nombres de difuntos para confeccionar documentos falsos), que recuerda a aquellos personajes de Forn, colgados de los hilos de la Historia, y que hace que nos preguntemos cuánto de lo que leemos es cierto y cuánto no. Ramos se ocupa de dar cuenta de esos límites y sabe muy bien cómo hacerlo.

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