Sociedad | Situación económica

Sobrevivir en la Argentina del ajuste

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Bárbara Schijman

8 de cada 10 personas cambiaron sus hábitos de consumo: los alimentos básicos pasaron a ser un lujo y reviven prácticas como el trueque y otras redes de intercambio. Una mirada a las nuevas estrategias de supervivencia.

San Fernando. En los comedores comunitarios es patente la gran modificación de los consumos alimentarios, donde hasta un paquete de galletitas pasa a ser un bien suntuario.

Foto: Damaris Rolón

Un estudio realizado por Management & Fit en agosto de 2025 indicó que 8 de cada 10 argentinos tuvieron que cambiar sus hábitos de consumo producto de la crisis económica.

Damaris Rolón es vocera del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), espacio al que pertenece desde hace doce años. Vive y milita en San Fernando, también lo hace en Maquinista Savio, Escobar. «Por supuesto que se han modificado los consumos. En nuestra fracción de la clase, que es el sector más precarizado y empobrecido, se viene dando una gran modificación de los consumos alimentarios. Ya ni siquiera estamos hablando de pequeños gustitos; el yogur y las galletitas dulces pasaron a ser consumo suntuario para nosotros», se lamenta.

En cuanto a lo que consumen las familias, Rolón detalla: «Se come muchísima más harina. En las casas preparan el pan, hacen fideos caseros o tortas fritas para la merienda, el desayuno o, incluso, para la cena. La carne de vaca ya no se consume en los barrios, tampoco verduras y frutas»; pero el cambio en los hábitos no se limita a lo alimentario, advierte enseguida: «Hoy es normal que las familias tengan que seleccionar qué medicamentos compran y cuáles no, porque no pueden adquirir todos los que necesitan. Esto es algo que también se ha generalizado».

Laika Pullu tiene 31 años y vive en Pedemonte, localidad mendocina de Godoy Cruz. Hasta hace poco formaba parte de varios espacios de militancia, pero «el estrés de la situación económica» la obligó a apartarse: «Tuve que dejar de militar orgánicamente porque la crisis me afectó psíquica y emocionalmente; de pronto me encontré colapsada», confiesa. Pullu formaba parte del FOL Mendoza y de varias asambleas por el agua pura de su provincia.

Sostiene que los cambios en los hábitos de consumo «han sido abismales». Tanto, que «muchas veces no podemos siquiera garantizar las tres o cuatro comidas del día, a tal punto que hay días que tenemos solo una. Las mamás nos vemos obligadas a optar por no comer para que nuestros hijos e hijas puedan comer un poco mejor. Se está viendo mucha desnutrición. La situación es muy triste», relata.

Oriundo de Tigre, provincia de Buenos Aires, Tomás Alvarenga tiene 31 años y milita en el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE). En sintonía con Rolón y Pullu, asegura que «los cambios en los hábitos de consumo de las familias son notorios». Y lo son, enfatiza, «en lo que hace a calidad y cantidad».


Modelo asfixiante
Frente a la ausencia o corrimiento del Estado y la cuestión social, trabajo y salud, liberadas al mercado, la economía solidaria se convierte en una herramienta de intercambio y comunidad para acceder a las necesidades más básicas.

El trueque –aquella modalidad comercial que se popularizó a mediados del año 2000, en medio de una crisis económica que se profundizó en diciembre de 2001– volvió para hacer frente –hasta donde sus posibilidades lo permiten– al modelo asfixiante del Gobierno de Javier Milei y atenuar sus consecuencias más acuciantes. Su lógica y su infraestructura –ahora sobre todo basadas en redes sociales y plataformas de mensajería– cambiaron, pero no así su esencia.

En la zona norte del Conurbano bonaerense, «el trueque se está dando de una manera puntualizada, más que nada a través de redes sociales, para buscar lo que se necesita», detalla Rolón. ¿Qué se intercambia hoy? «En general, mercadería. Alguien que no tiene azúcar ofrece una bolsa de arroz y la cambia por una de azúcar, por ejemplo. Y como nunca, ahora también se dan casos de trueque de trabajos». Al mismo tiempo, y «dadas las necesidades económicas, en los barrios populares todo el mundo se ha puesto a vender algo en su propia casa: productos de limpieza, comida, ropa, termos, lo que sea. Esto está súper instalado. Lo que se tiene a mano se vende», concluye.

La que describe Rolón no es una situación aislada: «Lo que se intercambia generalmente es comida, también calzado, ropa y útiles escolares», detalla Pullu, quien cuenta que son muchos los vecinos de su barrio que han tenido que vender los pocos bienes que habían podido adquirir en otras épocas –«incluso la casita o el ranchito para vivir»– y «volver a amucharse en la casa de algún familiar».

La realidad que respira Alvarenga va en la misma línea: «El truque volvió, pero con una dinámica algo diferente. Se refleja más en intercambios de laburo por comida, o de laburo por artículos de limpieza. También se intercambian productos, como un kilo de tomates por un paquete de yerba».

Intercambio. El sistema de truque –una alternativa a la crisis en 2001– es hoy una realidad que se organiza más que nada a través de redes sociales en los barrios más carenciados.


Pagar deudas
Con una fuerte recesión sostenida a base de salarios congelados que se ubican por detrás de la inflación y el costo de vida creciendo mes a mes con subas constantes en servicios básicos, la morosidad aumentó considerablemente. Según cifras otorgadas por el Banco Central (BCRA) en el «Informe sobre Bancos», en octubre pasado el porcentaje de irregularidad en los créditos solicitados por los hogares alcanzó el 7,8%, impulsado principalmente por los préstamos personales y las tarjetas de crédito. Los préstamos personales fueron los que presentaron la morosidad más alta: el 9,9% del financiamiento, casi uno de cada diez, no se cumplió en tiempo y forma.

«En el barrio gran parte de la población está endeudada. Hoy es endeudarse para pagar deuda, y así… Conozco varios casos de personas que piden préstamos a las billeteras virtuales para pagar la tarjeta –explica Rolón–. Nosotras tratamos de desincentivar que las familias se endeuden porque las herramientas financieras que están al alcance de nuestro sector, que está en la informalidad, son las más usureras. Lo mismo que las billeteras virtuales. No son pocas las familias que están pagando la luz con préstamos de Mercado Pago, por ejemplo», advierte.

Alvarenga coincide: «Las deudas se incrementaron muchísimo dentro del barrio. Se volvió una normalidad que se pidan préstamos para poder pagar las deudas del mes anterior; antes, la tarjeta de crédito se utilizaba para darse un lujo o comprarse alguna cosa material, hoy se utiliza para poder comer. Es un circuito, una rutina que se repite y acrecienta».

Las escenas y las palabras para describir el día a día se replican aquí y allá. «Esto que vivimos es como una rueda que nos asfixia, y es muy peligroso, porque cuando las deudas te ahorcan la desesperación te puede llevar a tomar decisiones complicadas», alerta Rolón. Y agrega: «Asfixian a las organizaciones sociales, cierran comedores y esa línea de contención que representaban o representan las organizaciones sociales está más débil y el narcotráfico puede penetrar con mayor facilidad. Es un gran entramado atado a la economía y a la ausencia del Estado que nos subsume en una violencia muy grande a los sectores más empobrecidos».


Reconstruir el tejido social
«Estamos en una situación tan extrema que comprar artículos de limpieza nos obliga a comprar menos alimento. Sin ninguna duda, la pérdida de la calidad de vida de la familia es enorme», siente Alvarenga. Rolón habla de «una incertidumbre total» y de una realidad tan adversa que solo puede pensar en «el día a día». En donde vive, Pullu nota que «muchas vecinas y vecinos se han abocado nuevamente a la religión y a la espiritualidad para buscar consuelo o una esperanza ante la difícil situación que se vive». Como si fuera poco, «hay un avance del narcotráfico organizado que lo transversaliza todo, no de la exportación hacia afuera, sino de la importación hacia adentro. La violencia está colapsando los barrios. Las vecinas estamos tratando, de a poquito, de reconstruir el tejido social».

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