Opinión

Pedro Saborido

Escritor y humorista

Una piñata cooperativista

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En el club Amor y Lucha de Gerli hay gente que se junta a no festejar su cumpleaños. Se reúnen en un salón con las paredes pintadas con arcoiris, soles y payasos que están de espaldas. Una mesa con vasos de plástico, botellas de Fanta Naranja tibia, sandwiches de miga a los que algunos dirán «sanduichitos».

Pero lo más importante es esa gran guirnalda que dice: «Feliz cumpleaños de otro», además de globos semiinflados o semidesinflados, según los vea un optimista o un pesimista.

‒Nos gusta juntarnos a no festejar porque, básicamente, o sea, eso: no nos gusta festejar nuestros cumpleaños. Tenemos distintos motivos.

‒Yo porque cada cumpleaños me implica hacer un balance de mi vida.

‒Yo porque tengo miedo a envejecer (se llama gerascofobia, de veras).

‒Yo porque tengo la autoestima…

‒¿Baja?

‒No, al contrario. Los psicólogos dicen que no necesito validación externa. Entonces no necesito cumpleaños. Son una muestra de debilidad.

El asunto es que todos están más tranquilos porque, cuando dicen que no les gusta festejar su cumpleaños, no reciben miradas estilo: «Pero vos estás loco».
«Qué persona amarga».
«No entiendoooo».
«No sabés lo que te perdés».
«¿Por qué dejás pasar algo que es feliz para la gente normal?», dado que, al cumplir años, uno recibe regalos que van desde medias hasta libros de Borges, o de Maru Botana, a remeras, ventiladores de techo que, al girar, hacen sonar melodías de canciones de Roberto Carlos, perfumes con fragancia mandarina, fragancia Lanús y fragancia socialdemocracia española.

No enfrentar ojos acusatorios los relaja. Tanto como no avisar y entonces no recibir mensajes de WhatsApp. Pero claro, alguien difunde en grupos y esas cosas. Y aparecen los saludos. Y ellos a veces los contestan y a veces, no.

Lo cierto es que nadie les valora, ni les agradece, la discreta manera que tienen ‒en su falla‒ de ahorrarle al prójimo energía, dinero, tiempo y amabilidades.

Es verdad que, desde el punto de vista keynesiano, no fomentan el consumo. Pero el resto es inapelable: el tiempo y el cariño que habría que demostrarles se puede aplicar en otra cosa. Una generosidad invisible.

Sin embargo, ocurre algo: el grupo va a cumplir un año. ¿Lo festejarán?

‒Sí, porque puedo festejar, pero siendo todos el centro y no yo solo.
‒Sí, porque esto lo puedo festejar. Es un logro mío, es parte de mi sólida autoestima. Cumplir años uno solo no es ninguna virtud. Cualquier imbécil puede hacerlo.
‒Sí, porque el grupo puede envejecer, pero no necesariamente morir.

Esas son las diferencias. Festejar el cumpleaños de uno mismo o de otro es algo muy lindo. Pero algunos solo prefieren festejar lo colectivo, porque es mucho mejor. De a uno podemos sentir vergüenza, o ser muy vanidosos, e incluso, en algún momento, terminaremos nuestro ciclo vital. En cambio, en algo entre todos, no hay vergüenzas ni vanidades. Y, además, puede no morir. Porque las personas se van, pero lo que hacen puede vivir para siempre. Como una ciudad, un club, una empresa, una escuela. O una revista, que puede cumplir 60 años. Y también, muchísimos más.

Entonces van y festejan y revientan una piñata que es al revés: cuando se la pincha no desparrama caramelos ni juguetitos para que todos se peleen en el piso tratando de agarrar los más posibles.
Los junta.
Los ordena.
Y se asegura de que se repartan equitativamente.

Es una piñata cooperativista.

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Una piñata cooperativista