23 de abril de 2026
La apertura importadora como mecanismo para ganar competitividad y así alcanzar la reconversión productiva que el neoliberalismo enarbola como bandera tiene como correlato la desindustrialización.

Sin barreras. Las importaciones totales de 2025 son el segundo valor más alto desde 2004.
Foto: NA
En Argentina, cada ciclo neoliberal que se hace del poder, ya sea por la fuerza (dictadura cívica militar de 1976-1983), o por los votos (menemismo, macrismo y el actual mileísmo), además de prometer bonanza económica a futuro, mientras en el presente se padece, pone todos sus esfuerzos en destruir importantes capacidades productivas nacionales con el remanido argumento de la bonanza de la apertura económica, donde la liberalización importadora redundaría en una automática baja de precios, que a su vez incentivaría el consumo y retroalimentaría el ciclo económico. Pues no.
Experiencias similares llevaron a la destrucción de ramas económicas fuertemente dependientes del mercado interno y de miles de empleos formales y de calidad. En síntesis, cada ciclo neoliberal profundizó la desindustrialización del país. Con características propias. «Las importaciones totales de 2025 son el segundo valor más alto desde 2004, superado solo por 2022. El alza no se replica en toneladas importadas, lo que indica una modificación en la composición de las importaciones hacia bienes de mayor precio unitario», afirma el documento de trabajo «Avalancha de importaciones», de los investigadores Anahí Rampinini y Lisandro Mondino, de Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación. Y señalan como particularidad de este ciclo, que «a diferencia de la norma histórica, el crecimiento importador ocurre en simultáneo con una caída del Índice de Producción Industrial manufacturero», donde los sectores con mayor crecimiento interanual son alimentos (carnes y aceites y grasas), electrodomésticos, muebles e indumentaria. Además, detallan que la concentración en un puñado de empresas importadoras creció en los últimos tres años. Los autores resumen las consecuencias del modelo en tres ejes: 1) En el crecimiento heterogéneo de las importaciones se destacan las del sector automotriz y bienes de consumo (carnes, electrodomésticos, indumentaria y muebles). 2) Frente a la abrupta caída del consumo en 2024 (14%), que apenas recuperó 2 puntos en 2025, la oleada de importaciones «refuerza una caída de la demanda para las empresas nacionales, cuyos consecuentes problemas se están empezando a evidenciar en quiebras y cierres de plantas de producción». En enero de 2026, cerraron 1.985 empresas, una reducción de 0,4% con respecto a diciembre. Si la referencia es el primer mes de 2024, se destruyeron 13.158 unidades productivas, una baja de 2,6%. Mientras que respecto a noviembre de 2023 cerraron 24.180 empresas, es decir, un 4,7% del total, relevó la organización Fundar. Hasta el Indec refrenda los datos. En febrero de 2026, la utilización de la capacidad instalada en la industria se ubicó en 54,6%, nivel inferior al del mismo mes de 2025, que fue de 58,6%. Si bien sube un punto en relación a enero 2026, (53,6%), la situación no deja de ser traumática para el entramado productivo nacional que tiene casi la mitad de sus máquinas paradas. 3) El tercer eje que subrayan los autores es el de la apertura importadora, que «no democratiza o descentraliza el mercado, sino que, por el contrario, en la mayoría de los casos la concentración de las importaciones aumenta».
Patrón
Hace solo unos días, el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) publicó un documento de los investigadores Gustavo García Zanotti y Martín Schorr, donde se analizan las estrategias de «Las grandes empresas ante la apertura importadora del Gobierno de Milei». Para los autores, la apertura importadora muestra dos dinámicas: por un lado, la caída considerable de las importaciones de insumos intermedios y de partes y piezas para bienes de capital. Y una «mayor incidencia en la canasta importadora de distintos tipos de productos terminados para consumo final». El aumento total interanual de las importaciones respecto a 2024 fue del 25%. Mientras que el incremento de bienes de consumo en el bienio 2023-2025, ascendió al 44%, el de vehículos importados, en el mismo período, arrojó la friolera del 207%. De allí que la participación de bienes finales en 2025 ascendiera hasta el 24%, cuando llegaba al 14% en 2023.
En este contexto los autores relevan un cambio trascendental, donde las firmas se reconvierten en importadores de bienes finales, es decir, en meros comercializadores. Y ya que controlan los canales de comercialización, esos bienes importados llegan al consumidor final con precios que les permiten elevadas rentabilidades.
En el documento hay varios ejemplos. Vayamos a un par de ellos, como la fábrica argentina de termos Lumilagro, que hace unos días el propio ministro de Economía puso como ejemplo de reconversión empresaria. Mientras que el costo de importación de un termo de acero fabricado en China llega a US$5,80 ($8.200), el precio de venta online (sin impuestos nacionales) en tienda oficial, asciende a $44.000. 5,4puntos por encima de lo que lo compran afuera. En esta reconversión se destruyeron 170 empleos formales.

Costos. La empresa de las tres tiras importa zapatillas desde el sudeste asiático por US$19 ($27.000) y las vende a $100.000.
Foto: Jorge Aloy
Otro caso es el de la automotriz Peugeot-Citroën. El costo unitario de importación desde Brasil asciende a US$18.000 ($25.380.000). El precio en concesionario es de $35.000.000. Sus secuelas: retiros voluntarios de personal y eliminación de un turno laboral.
Endulcemos los datos. La multinacional alimenticia Mondelez importa el chocolate Milka de 55g de Brasil a $650. Lo vende a distribuidores y/o supermercados a $4.250. Mientras los bienes finales pasaron del 16% (2023) al 25% (2025) de sus importaciones, suspendió 2.300 trabajadores. Así las cosas.
Frente a esta realidad industrial, urge interrogarse acerca de cuáles serán las consecuencias de la implementación de este modelo. Los autores responden concisamente. «Una reprimarización del perfil productivo-exportador, cierres de empresas y levantamiento de líneas de producción, una reconversión hacia importación de bienes finales y una desindustrialización más acelerada, con una gran erosión de capacidades tecnoproductivas acumuladas durante décadas. El ritmo es más acelerado que en experiencias neoliberales previas (convertibilidad, Cambiemos)». Así, los elevados márgenes de beneficios, amparados en las estructuras oligopólicas de comercialización, les permiten a las grandes firmas sostener una alta rentabilidad incluso en un mercado interno contraído. Una estrategia empresarial que los autores perciben con límites ciertos en el mediano plazo, ya que la desindustrialización destruye empleo e ingresos y afecta negativamente la demanda agregada interna de la que dependen las empresas. De círculo virtuoso, nada. La desindustrialización implica pérdida de capacidades productivas, de empleos formales de calidad, de presencia en el mercado mundial, entre otras cosas. Pero sobre todo tiene como correlato la ampliación de los beneficios a un reducido número de capitales.
