19 de abril de 2026

Libros. La lectura, entre el placer y el valor de mercado.
Foto: Shutterstock
Si les preguntamos a los ciudadanos que caminan por la calle cuál es el valor que tiene una metáfora obtendríamos diversas respuestas, pero seguramente la mayoría de los entrevistados considerarán que una metáfora no tiene ningún valor. Sin embargo, las metáforas no solo tienen valor de uso, o sea el valor que genera el placer de leer un libro o ver una obra de teatro, sino que tienen un gran valor de cambio, un gran valor económico.
Hoy las imágenes y las palabras se venden, han pasado a engrosar el tráfico de mercancías y son los propios usuarios en las redes los que le imponen a esas palabras los valores económicos para la comercialización en las plataformas digitales. Una palabra o una imagen adquieren una «cotización en la Bolsa» por el propio impacto que le ofrecen los usuarios en los motores de búsqueda.
La batalla cultural entonces es, de alguna forma, la lucha por el sentido que se le impone a la propia cultura, los valores que se establecen como dominantes en una sociedad formada a la vez por una gran diversidad de culturas. Es muy posible que quien desconoce el valor que tiene hoy una metáfora viva invadido diariamente por imágenes sin que pueda reconocer los grandes movimientos económicos que generan los dueños de las plataformas digitales. La lucha por el sentido está en permanente disputa. No hay necesariamente batallas ganadas o batallas perdidas para siempre. La batalla cultural es sin duda el resultado de muchas batallas como tantas culturas se disputan la lucha por el sentido o los sentidos.
La búsqueda de una nueva hegemonía
Es muy interesante reconocer que la batalla cultural o las batallas culturales han pasado a tener una dinámica muy particular en el mundo contemporáneo. Los propios ciclos históricos se han acortado y han resurgido las derechas políticas avanzando sobre este tema y enumerando paradojalmente lo que la propia izquierda política ya había instalado como inamovible y para siempre. Agustín Laje, un intelectual que se reconoce de derecha, atiende esta condición cuando en su libro: La batalla cultural. Reflexiones críticas para una nueva derecha, analiza las periodizaciones económicas, históricas y culturales, el paso de la sociedad industrial a la posindustrial, la sociedad de consumo, el posfordismo, las industrias culturales y el surgimiento de la economía digital.
Lo notable es que Agustín Laje reconoce los nombres de Antonio Gramsci, la Escuela de Frankfurt, la microfísica del poder con Michel Foucault o los nombres de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, y propone de alguna forma una suerte de recreación teórica desde la derecha para establecer la necesidad de una nueva hegemonía desde el neoliberalismo. Apunta de ese modo a imponer desde la cultura la nueva colonización en la que están empeñados para deconstruir todo lo que se pueda las tradiciones progresistas y de izquierda, y los roles que debe cumplir el Estado en la sociedad. Agustín Laje reconoce las tecnologías de la información, la inteligencia artificial, las biotecnologías y el nacimiento de un globalismo que limita las soberanías de las naciones proyectando entidades supranacionales. Por eso Laje le asigna mucho valor a la batalla cultural.
Si atendemos bien esta nueva preocupación de las derechas para alcanzar una nueva hegemonía integral, no solo en lo social, político y económico, también su intento de abarcar la cultura, estamos evidentemente ante nuevos desafíos, que incluso trastocan para el progresismo y la izquierda aquellos valores que creíamos inamovibles para siempre.
Disputa por el sentido
Como decimos en un documento del Congreso Federal de Cultura y Comunicación, la memoria está siempre en disputa, porque no hay transformación política sustantiva sin modificación de la matriz cultural de la memoria histórica sobre cuya interpretación se erige una determinada visión política. Porque somos entonces lo que recordamos, pero también lo que olvidamos o no conocemos, o acallaron o silenciaron de nuestra historia. Pero no se puede transformar lo que no se comprende. No se puede transformar sin transformarnos. No se puede gobernar en clave de soberanía solo administrando. Gobernar es transformar.
La batalla cultural que ahora nos toca afrontar en este sentido hay que hacerla desde el presente y tomando la historia de las transformaciones también como presente. Pensando que también el campo popular, progresista y de izquierda debe comprender que el estado benefactor no nos sirve hoy para preservar las conquistas culturales. Hay que replantear cómo se generan nuevas condiciones para que nuevos Gobiernos de la cultura en nuestro país permitan el empoderamiento de los sectores culturales. Es el propio sector cultural el que tiene una gran deuda con las políticas culturales.
A nosotros también nos toca reconsiderar las tecnologías de la información, la inteligencia artificial, las biotecnologías y cómo impactan en los procesos políticos. Lo que hace justamente a nuestra propia batalla cultural.
Pero quizás en esta disputa por el sentido los sectores más reaccionarios de la sociedad hayan llegado tardíamente para resolver una hegemonía de las nuevas derechas en la plenitud que se proponen. Los ajustes económicos tan brutales hacen muy difícil cambiar las subjetividades de los ciudadanos para que acepten, por ejemplo, que el Estado debe retirarse de toda actividad social o que debe desaparecer la educación pública, o limitarse los subsidios para la cultura.
Pero debemos también ser autocríticos y considerar que el Estado benefactor y las formas clientelares de relacionar a los productores culturales con los distintos Gobiernos de turno, no han sido las más oportunas. La mediación entre el Estado y la sociedad civil deben cambiar las formas en que se organizan y darle al núcleo social de la cultura impulsos para el empoderamiento y la creación de cooperativas que mantengan la organización de la cultura en forma solidaria, participativa y autogestiva. Que el Estado derive a la sociedad mediaciones nuevas y gestiones que establezcan nuevos liderazgos.
La gran movilización por los 50 años del golpe de Estado cívico-militar en la Argentina mostró no solo la vigencia de la memoria, la verdad y la justicia, sino que la batalla cultural comienza a expresarse en terrenos conocidos y desconocidos, pero desde las grandes tradiciones, que solo admiten la solidaridad social y el protagonismo popular, sin castas, ni motosierras.
