Deportes | UN NARRADOR CON HISTORIAS

Panno, el maestro sigue jugando

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Ariel Scher

Figura mitológica del periodismo, cubrió nueve mundiales de fútbol y acaba de publicar Todas las voces todas, un libro sobre relatores del deporte. Los cambios en la prensa y los sonidos de la pelota que resisten.

Juan José Panno cubrió nueve mundiales de fútbol, asistió a las tres finales en las que Argentina salió campeón, escribió suficientes notas como para englobarlas con un número de cuatro cifras, se convirtió en un maestro entrañable y próximo para centenares de cronistas, fue parte de tantos medios que no alcanza una biografía para contarlos, fundó las escuelas de periodismo TEA hace cuarenta años y publicó, solo o acompañado, ya once libros, una cantidad que remite quizás de casualidad a su lazo enamorado por el fútbol y seguro que no por azar a su pasión por las buenas páginas. Tamaño andar lo convirtió en una figura mitológica de su profesión, pero nunca le quitó el apelativo con el que lo trata casi todo el mundo: «Nene». No hay secretos: Nene porque se la pasó y se la pasa jugando. O sea que es un honor para él seguir siendo un nene y es un honor para los nenes que existan individuos capaces de crecer y de volverse abuelos sin extraviar la niñez. Su herramienta dilecta de juego, entre muchos juegos, son las palabras. Acaso por eso su obra más flamante se llama Todas las voces todas (publicada por Ediciones Al Arco, con prólogos de Daniel Lagares y Ariel Senosiain, se consigue acá: https://edicionesalarco.empretienda.com.ar/libros/todas-las-voces-todas-juan-jose-panno), que aborda las historias de los relatores deportivos. El libro se presentará el próximo lunes 11 de mayo en la Feria del Libro -Sala Alejandra Pizzarnik, Pabellón Amarillo, a las 19-, con la presencia del autor y de invitados como Juan Sasturain, Carlos Ulanovsky, Alejandro Apo, Miguel Simón y Alejandro Apo.

Desopilante y profundo, es una búsqueda de un solo soplido: un señor que detalla un partido desde las alturas de un árbol, otro que se traga un escarabajo durante el grito de un gol, otros que abandonan la tartamudez mientras ejercen el arte de relatar. Flor de trabajo: tiene la gracia y la curiosidad que distinguen a los nenes y al Nene.

–¿Qué te sucede cuando advertís que estuviste en la cancha las tres veces en las que Argentina celebró un título del mundo?
–Lo primero que me pasa es decir «qué viejo que estoy que estuve en tantos mundiales». Y me siento un privilegiado porque emboqué lo de México o lo de Qatar. Es raro porque no conozco a mucha gente que haya visto los tres títulos. Me tocó eso.

–¿Hay un hilo que hilvane rasgos de esos tres equipos con los que festejaste?
–Los tres tenían respeto por la pelota. No jugaban, como suele decirse ahora, a los espacios. Se defendían con la pelota si estaban con el resultado a favor. O generaban situaciones con la pelota como pasó en el primer tiempo de la inolvidable final frente a Francia. Otra cosa en común: no provocaban tanta ilusión en la previa, sobre todo el de 1986. Pero los tres equipos fueron creciendo con los partidos. Y, además, eran ordenados defensivamente y desordenados ofensivamente. No sé si hay una transmisión hereditaria desde Menotti hasta Scaloni o qué. Pero ese aspecto se dio.

–El otro entretejido es o puede ser el de las estrellas: Mario Kempes, Diego Maradona, Lionel Messi.
–Eran distintos. Lo que tienen en común es que fueron clave. Cada uno en lo suyo y con sus características. Kempes, en la segunda parte del Mundial 78, era una locomotora imparable, un tipo con una potencia demoledora y una gran habilidad que llevó a Argentina a ganar el mundial. La gran figura de 1986 fue, sin ninguna duda, Maradona. Siempre se dice, y con razón, que cualquier equipo que hubiera tenido a Maradona, de los cuartos de final en adelante, se consagraba campeón. Pero detrás había un equipo y una idea –que hay que reconocérsela a Bilardo– de armar todo alrededor de Maradona. Messi tiene otras características: también fue fundamental y apareció cuando más se lo necesitaba. Pero, además, tuvo el apoyo de un equipo que corrió por él, que jugó por él, que se la jugó por él, que le permitió que descansara cuando le hacía falta. Maradona tomaba la bandera y hacía jugar bien a los demás, Messi también hacía jugar bien a los demás pero los demás, a su vez, hacían jugar bien a Messi.

Foto: Juan Quiles

–En ese viaje de título a título, también cambió lo que vos hacés: el periodismo. ¿Cuánto cambió?
–Muchísimo. En 1978, trabajaba en El Gráfico y estaba muy cerca del plantel. Había pocos medios y, en general, teníamos acceso a los jugadores: entrabas al vestuario y hacías notas en las duchas mientras se estaban bañando. En esta época, ves a los jugadores durante una brevedad y en eso que llamamos zona mixta. La manera de trabajar era distinta. Se escribía más largo. Cuando estabas afuera, por poco tenías que mandar el material con palomas mensajeras, después de escribir la nota para quizás pasarla en el télex. Antes de las radiofotos, los periodistas éramos productores: metías el rollo de fotos en un sobre, ibas al aeropuerto, le pedías a un pasajero que lo llevara y, en el otro aeropuerto, lo recibía otro periodista. Hoy por poco sacan la foto antes de que ocurran los hechos. Hay diferencias sustanciales. Los centros de prensa eran mucho más modestos, ahora son todos iguales y no sabés si estás en Doha o en Sudáfrica. También cambió la narración. Yo veo que se desaprovecha contar lo que está alrededor del espectáculo mismo, en particular en la televisión. Antes había más interés por narrar esas cosas y hoy hay más interés por la intimidad de un plantel o por las cábalas.

–¿Por qué hiciste, después de tantas vueltas y de tanto fútbol, Todas las voces todas, un libro sobre relatores?
–Me salió. Había hecho una serie de entrevistas sobre los secretos del periodismo deportivo y, fuera de micrófono, salían situaciones curiosas de los relatores y de los comentaristas. Incluso, con alguno dijimos «esto tiene que ser un libro». Además, había estado en la presentación del hermoso libro El periodismo es lindo porque se conoce gente, de Carlos Ulanovsky, sobre la picaresca del periodismo gráfico, y pensé que se podía hacer algo así. No estaba seguro, pero, a medida que iba hablando, me di cuenta de que sí. Aparecían historias muy divertidas. Surgían después de una larga charla o, al día siguiente, cuando el entrevistado me llamaba para decirme que se había acordado de tal o cual historia. Siempre digo que el medio justifica los fines. Este libro está justificado por lo que disfruté haciéndolo.

–¿Qué gravitación le detectás al relato deportivo en la historia cultural y social de la Argentina?
–Tiene un peso muy grande. Sobre todo, para las personas mayores. Por ahí, en este tiempo, el relato perdió algo de fuerza en ese sentido. Pero antes el fútbol se dividía entre lo que pasaba en el juego y lo que se escuchaba por radio a través de los relatores. Cuando yo era chico, no había ni televisión. Entonces, se generaba una mancomunión muy grande con el oyente. El fútbol era eso. Otra dimensión está en la música de las transmisiones: la velocidad de ciertos locutores, ciertas publicidades, uno escucha eso y te traslada inmediatamente a los tiempos en los que estabas muy pendiente de los relatores. Hoy también estás muy pendiente pero estás, al mismo tiempo, pendiente de otras cosas. Hoy nadie se sienta a escuchar un partido; antes, sí. Antes se iba a la cancha con la radio Spika. Pero igual te queda. ¿Quien no tiene en la cabeza el relato de Víctor Hugo Morales del gol de Maradona a los ingleses? Los argentinos sabemos de memoria ese relato casi como sabemos ese gol.

–¿Y cuánto pesa el decir de los relatores en la construcción del habla de una sociedad?
–No sé si, en especial, en los modos de hablar aparece lo de los relatores. Más aparece el lenguaje del propio fútbol. Pero hay frases que se cuelan en la vida social. Se me viene el «Pum para arriba», de Marcelo Tinelli. Él me contó que buscaba una muletilla, así como Víctor Hugo tenía su «ta-ta-ta», pero, después, la sociedad usó esa expresión para decir otra cosas que el fútbol. Pero los Fioravanti, los relatores de los comienzos, seguro que le añadían recursos lingüísticos a la sociedad. Fioravanti era un diccionario de sinónimos. Para cada situación tenía más de una palabra. Claro, se le prestaba mucha atención a eso.

–Igual, el fútbol suena.
–El sonido de fondo de los partidos de fútbol es extraordinario. Uno identifica lo que está pasando a través de un tipo que te cuenta lo que está ocurriendo a la distancia. Los que lo hacen bien manejan los ritmos de un modo maravilloso. Por fuera del grito de gol, desde luego, Víctor Hugo es un maestro en eso de llegar muy arriba y hacer silencio. Ese silencio es lo que tiene que pasar para que el relato llegue. Estos tipos tienen un oído musical extraordinario.

–Tal vez alguno cante un gol para la memoria en el Mundial 2026. ¿Cómo ves eso?
–Veo jugar a algunos jugadores de Francia –Olise, Cherki, Mbappé, Dembelé, Doué– y digo «a estos no les podemos ganar ni mamados». Veo jugar a España con Yamal, Llorente, Baena, Pedri y digo «a estos tampoco». Pero nunca se sabe. Creo que, en este momento, España y Francia están un escaloncito por encima de los demás. Después, hay que ver cómo se dan los cruces. Y ahí está Argentina. Y los de siempre. Lo que me parece es que, por ahora, este mundial no nos entusiasma tanto. Primero, porque de Argentina no sabemos nada a diferencia del mundial anterior en el que venía de, por ejemplo, ganarle a Italia en la Finalissima. Segundo, por la situación económica y social tan terrible, por la pesadumbre de la gente que no tiene en la cabeza el mundial y sí tiene en la cabeza conseguir un rebusque para llegar a fin de mes. Estamos más preocupados por otras cosas que por el fútbol. Cuando llegue el momento de rodar la pelotita, a todos nos aparecerán las contradicciones. Nos apasionaremos como siempre después de preguntarnos cómo puede ser que se haga un mundial en una tierra gobernada por un tipo que es un criminal al que la FIFA le dio un premio de la paz.

–¿Qué es un mundial?
–Los mundiales son esa cosa que pasa mientras transcurre la vida. Uno los toma como referencia. Mi hija nació en España 82, mi hijo nació un poquito antes de Italia 90. Es una fiesta. Hay grandes partidos, en especial en las fases decisivas. Y está la ilusión de que podemos ganar. Que ganemos a algo. Nosotros ganamos en muy pocas cosas. Y al fútbol ganamos. Esto nos une, nos identifica, nos hace sentir orgullosos. ¿Cómo no nos van a gustar los mundiales?

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