Cultura | IDENTIDAD PROPIA

La heredera incómoda del clan Sabatini

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Julián Gorodischer

Lejos del estereotipo de la estrella pop, la influencer frívola o la esposa decorativa, Oriana se lazó como escritora con la novela Podría quedarme acá. El magnetismo de la fragilidad emocional.

Perfil. En Instagram alterna fotos perfectas con confesiones vulnerables.

Foto: Captura

Oriana Sabatini irrumpe en el panorama literario argentino como lo hacen ciertas herederas incómodas: sin pedir disculpas pero tampoco del todo seguras de merecer el lugar. La sobrina pródiga, la hija de la felicidad televisiva permanente, la chica perfecta de Instagram insiste en reclamar su derecho a sufrir. Publica la novela Podría quedarme acá y alrededor suyo vuelve a desplegarse ese hechizo extraño que produce una mujer bellísima que parece narrarse siempre desde la falta. «Mi sueño era escribir un libro», repite en cada streaming con una convicción casi infantil, como quien todavía necesita validar el deseo ante un jurado imaginario. 

Fue la teen pop en inglés producida en Los Ángeles que prometía carrera internacional; la ex chica Cris Morena de Aliados convertida en cara de marcas premium; la telonera de Ariana Grande, otra sacerdotisa contemporánea de la ansiedad y el bajón post show; la novia impecable de Paulo Dybala, campeón del mundo y dulce príncipe futbolero del exilio italiano. Y ahora, al borde de los 30, aparece convertida en madre de Gia y escritora, felicitada incluso por ese Mario Pergolini devenido adulador zen, tan lejos ya del cinismo feroz de CQC.

Y si hubo un territorio donde consiguió emanciparse parcialmente del apellido fue en redes sociales. Ahí Oriana entendió antes que muchos famosos argentinos que ya no alcanza con exhibir éxito: hay que construir intimidad. Su Instagram y sus intervenciones públicas funcionan como una narrativa emocional permanente, donde alterna fotos perfectas con confesiones vulnerables, glamour europeo con escenas domésticas junto a Dybala o Gia o su perro. La clave de su magnetismo digital está justamente en esa mezcla, una sofisticación aspiracional constantemente agrietada por el relato del malestar.

Oriana convirtió la fragilidad en identidad estética y, en el camino, logró algo difícil para una heredera del espectáculo argentino: empezar a sonar como un nombre propio y no solamente como un apellido conocido.


Reinvención silenciosa
Su belleza lánguida, su tono suave y educado, su elegancia algo europea podrían haberla convertido en una celebrity aspiracional. Sin embargo, ella insiste en sabotear esa comodidad. Habla desde hace años de trastornos alimenticios, ansiedad y pesimismo crónico. Dice que ama los mundos oscuros de Mariana Enriquez. Estudió tanatopraxia –la disciplina que prepara y maquilla cadáveres– y le transfirió esa fascinación a Ariana, la protagonista de su novela, en un gesto autobiográfico tan evidente que ella misma juega a disfrazarlo de guiño para entendidos. Su personaje público es la chica rica que exige que su dolor sea tomado en serio. En ella aparece algo del mito moderno de la fragilidad emocional como capital simbólico. Su magnetismo no reside en la perfección sino en el temblor que asoma debajo. Habla de vacío, de autoexigencia, de la imposibilidad de asociar éxito con felicidad. Quizás también haya algo de reacción silenciosa frente a la exuberancia de Catherine Fulop, esa madre siempre eufórica y altisonante. Oriana parece construida desde el reverso: el tono bajo, la introspección, la negatividad asumida casi como identidad estética.

Oriana deambula entre mundos sin terminar de pertenecer del todo a ninguno. No es solamente cantante, ni influencer, ni actriz, ni botinera deluxe, ni escritora. Es una figura en tránsito. Mientras, acompaña a Dybala en Italia, vuelve cada pocos meses a la Argentina, cultiva amistades discretas, evita hablar de dinero y hasta deja entreabierta, con delicadeza, la posibilidad de reconciliación con su tía Gaby. Nada en ella es explosivo; todo parece cuidadosamente dosificado.

Con Podría quedarme acá, ensaya una nueva versión de sí misma: menos ornamental, más experimental. En esa construcción hay cálculo, claro, pero también una verdad generacional. Oriana pertenece a una época en la que las celebridades ya no pueden limitarse a ser lindas o exitosas: necesitan exhibir densidad emocional, trauma, conflicto interno. El sufrimiento dejó de ser un defecto a ocultar y pasó a convertirse en una forma de autenticidad. Mientras otras figuras del espectáculo argentino seguían representando glamour aspiracional clásico, Oriana empezó a narrarse desde la fragilidad. Su cuerpo extremadamente delgado –sobre el que habló con honestidad brutal– dejó de funcionar solo como estándar de belleza y empezó a leerse también como síntoma.

Como evidencia física de una batalla interior.

Como mujer de un futbolista megamillonario y campeón del mundo, subvierte su rol silenciosamente y desde adentro. Es la antítesis de la botinera clásica, construida alrededor del consumo ostentoso, el escándalo mediático y la administración pública del dinero masculino.

En ella no hay épica de lujo, ni reality sentimental, ni guerras de panelismo. Nunca habla de plata. Nunca exhibe marcas de manera vulgar. Ni siquiera explota el costado aspiracional de vivir en Europa junto a Dybala. A diferencia de figuras hiperbólicas, excesivas, barrocas como Wanda Nara o Mariana Nannis, Oriana construye una feminidad emocionalmente controlada. Una especie de aristocracia sentimental del espectáculo argentino. Incluso en su matrimonio con Dybala hay algo antiguo y casi conservador: la idea del amor duradero, sin estridencias. Él funciona más como sostén afectivo que como plataforma de exposición. La banca en silencio, con esa ternura austera que quedó condensada en su llanto contenido frente al altar. Y ella, pétrea y perfecta, parecía representar otra vez ese viejo conflicto suyo: cómo emocionarse sin perder la compostura.

Oriana Sabatini no termina de responder a ningún estereotipo. No es una estrella pop convencional ni una escritora clásica ni una influencer frívola ni una esposa decorativa. Su figura pública está hecha de pequeños desplazamientos. Nunca rompe del todo con el sistema que la produjo, pero tampoco se entrega completamente a él. Se corre apenas unos centímetros del lugar esperado y desde ahí construye algo parecido a una identidad propia.

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