Política | GOBIERNO VERSUS IGLESIA CATÓLICA

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Washington Uranga

Dignatarios eclesiásticos de varias jurisdicciones criticaron las políticas libertarias en las últimas semanas. Milei no los recibe y el canciller Quirno intenta componer ante el viaje del papa León XIV.

Protocolar. Milei y García Cuerva se saludaron en la Catedral Metropolitana el 25 de mayo.

Quien observa a la distancia las relaciones entre el Gobierno y las autoridades de la Iglesia Católica puede sorprenderse por los términos de la alocución que hizo el arzobispo Jorge García Cuerva el 25 de mayo desde el púlpito de la Catedral metropolitana y teniendo a su frente al presidente Javier Milei y su Gabinete. Sin embargo, basta volver la mirada sobre los hechos que vienen marcando la relación el Gobierno con la jerarquía eclesiástica católica desde la asunción de Milei –y aun antes de ella– hasta la fecha, para que quede en evidencia el abismo filosófico, ético y político que separa a las partes. Hasta se podría decir que, en un país formalmente católico y en el cual la jerarquía eclesiástica ha sido habitual interlocutora del poder, la relación pasa por uno de sus peores momentos.

Sería difícil dejar al margen de lo anterior la calificación de «representante del maligno en la tierra» que Milei le endilgó al papa Francisco y sus afirmaciones en contra de la «doctrina social de la Iglesia» como un robo porque «les saca a los ricos para darles a los pobres». Es un dato que pone sobre la mesa la distancia conceptual entre el pensamiento libertario del presidente y el magisterio eclesiástico en la era Bergoglio. 

Milei no está dispuesto a resignar su intransigencia libertaria ni en lo político ni en lo económico, sin importar las consecuencias. Respecto a la conducción de la Iglesia, esto se traduce en la calificación de «opositores» que los funcionarios les adjudican a los obispos. Y en gestos: desde que asumió la presidencia Milei nunca recibió a las autoridades de la Conferencia Episcopal encabezadas por el arzobispo mendocino Marcelo Colombo, para un encuentro que ha sido habitual entre todos los presidentes argentinos –sin importar su signo político– y los representantes eclesiásticos.

Un mes atrás, a modo de gesto para mejorar el diálogo, el canciller Pablo Quirno hizo una visita imprevista e informal a la sede de la Conferencia Episcopal en Buenos Aires. Allí se vio con el secretario general, el obispo Raúl Pizarro. Hablaron de distintas cuestiones, pero cuando el obispo le preguntó al canciller por qué el presidente no recibe a las autoridades de la Conferencia, Quirno dijo –palabras más o menos–: «Ustedes critican todo, se la pasan criticando». La respuesta fue que la jerarquía se pronuncia en base a «principios y valores» evangélicos y reclama cuando el Estado incumple sus responsabilidades con las personas con discapacidad, con los jubilados, con los trabajadores de la salud o frente a las demandas educativas.

Respaldo en la Plaza de Mayo. El obispo Jorge Lozano acompañó a periodistas acreditados en Casa Rosada cuando les impidieron hacer su trabajo.

Foto: Matías Baglietto

El diputado libertario Bertie Benegas Lynch acusa a los obispos de «hacer política con sotana». Sin hacer ninguna referencia a este señalamiento, el arzobispo Colombo sostiene que «hacer política es pensar la polis, pensar la ciudad, pensar la vida social. Y en eso la Iglesia, como parte de esa sociedad, está llamada a participar».

Hacer política
Un dato para considerar: desde que Colombo está en la presidencia del episcopado, por la sede capitalina de la Conferencia Episcopal pasan, quizás como pocas veces antes, dirigentes sociales, sindicales, políticos, legisladores de todos los partidos. También de La Libertad Avanza, como la diputada Juliana Santillán. Pero Colombo también se reunió allí con el gobernador bonaerense Axel Kicillof, con intendentes de distintos partidos, con dirigentes de la CGT, desde Héctor Daer hasta Julio Piumato, para mencionar algunos nombres. En general y dentro de sus posibilidades –vive y tiene su sede en Mendoza–, Colombo tiene las puertas abiertas de su despacho para dialogar sin exclusiones con quien se lo demande.
A quienes tildan a los obispos de «opositores» Colombo les responde: «no podemos sentirnos opositores de nadie». Sin embargo, dice, muchas veces sí se oponen a cosas que van contra la dignidad de la persona, contra la comunidad. Pero, no duda: «Ocuparse de la dignidad de las personas, eso es política… y sí, eso se hace».

Gran parte de los obispos argentinos –no todos– miran el mundo y su tarea desde la perspectiva que Jorge Bergoglio instaló en la Iglesia desde su pontificado y con su magisterio, que centra la mirada en los pobres y en los descartados, en base a la doctrina social que tiene como eje la dignidad de la persona. Y gran parte de los obispos actuales llegaron a esa responsabilidad promovidos por Francisco y se consideran depositarios de su legado.

En vista de ello no resulta extraño que el cardenal cordobés Ángel Rossi –también vicepresidente primero del episcopado– sostenga que «la comida no es una variable de ajuste ni un elemento de negociación política, porque es una necesidad humana y un derecho». Es el mismo obispo que se reúne en Córdoba con dirigentes de los movimientos populares y sostiene que «para la Iglesia, la justicia social no es una bandera ideológica, ni un invento de un partido político moderno, ni mucho menos un pecado. Es un imperativo evangélico».

Tampoco que el obispo auxiliar de Santiago del Estero, Enrique Martínez Ossola, sostenga que «uno de los dramas que tenemos en el país es el sálvese quien pueda y esto viene de la clase política». O que el arzobispo platense y presidente de Cáritas, Gustavo Carrara, llegue hasta el Congreso para cuestionarle al ministro desregulador Federico Sturzenegger su proyecto de ley sobre «inviolabilidad de la propiedad privada» y hacerlo en defensa de los procesos de integración sociourbana de los barrios populares.

Podrían sumarse testimonios similares de otros miembros de la jerarquía, sin olvidar tampoco el gesto de solidaridad del obispo Jorge Lozano, presidente de Comunicación Social, acompañando en las afueras de la Casa Rosada a los periodistas impedidos de acceder a la sala de prensa.

En la coyuntura actual las diferencias entre el Gobierno y la jerarquía católica no son apenas formales, sino conceptuales y políticas. Eso no impide el diálogo y el sostén de la relación institucional. Pero la distancia de perspectivas probablemente no pueda salvarse ni con una visita al país del papa León XIV.

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