Sociedad

Varones que odian a las mujeres

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Candelaria Schamun

Ante la disolución de la masculinidad tradicional, influencers de ultraderecha promueven modelos que rechazan lo colectivo y exaltan la virilidad. Antifeminismo y una vida cotidiana marcada por la vulnerabilidad.

El avance del antifeminismo y la expansión de discursos de ultraderecha, cada vez más agresivos y radicalizados, moldean nuevas formas de masculinidad entre los varones jóvenes. En redes sociales, influencers y referentes libertarios impulsan la hipermasculinidad. Lo hacen exacerbando la virilidad, el rendimiento, el éxito individual y la idea del hombre autosuficiente: fuerte, competitivo, proveedor y emocionalmente inaccesible. En ese mundillo, el feminismo aparece señalado como una amenaza y cualquier rasgo asociado a la sensibilidad, el cuidado o la igualdad es leído como signo de debilidad. 

Entre criptomonedas y especulación financiera, estas narrativas consolidan un ideal masculino cada vez más meritocrático, exigente y ficcional. Profesionales en ciencias sociales y salud mental advierten una profundización de la brecha entre la imagen del «hombre alfa» moldeada entre algoritmos y la vida cotidiana marcada por el aislamiento, la soledad y una extrema vulnerabilidad entre los jóvenes.

Nicolás Pontaquarto, miembro fundador del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, plantea una crisis material y simbólica: «El ideal virtual choca contra la precarización laboral, la dificultad de acceso al mercado de trabajo y el debilitamiento de la promesa meritocrática. Este escenario impacta de lleno en uno de los mandatos históricos de la masculinidad: el rol de proveedor. Y la crisis simbólica vinculada a la desestabilización de los modelos tradicionales de género. La interpelación de los feminismos y la caída de referencias patriarcales dejan a muchos varones sin marcos claros de identificación. En ese vacío emergen nuevas “ofertas identitarias”, especialmente en el ecosistema digital, en donde hoy se arma la masculinidad», dice. 

En este contexto, redes como Instagram, TikTok o Discord funcionan como espacios de socialización masculina. Allí proliferan discursos que imponen nuevos mandatos: disciplina extrema, optimización del cuerpo, rechazo del ocio y búsqueda constante de rendimiento. El ideal ya no es solo ser proveedor, sino convertirse en un «proyecto» en permanente mejora: físico, sexual y económico. 

«A esto se suma una narrativa de capitalismo extremo: el éxito personal se mide en autos de lujo, relojes caros, mansiones, viajes y riqueza rápida. Ya no hay discusión sobre otros proyectos de vida: el único posible parece ser la acumulación de dinero. En ese contexto, figuras como los llamados vendedores de cursos, traders, crypto bros ganan centralidad. Ofrecen certezas, métodos y “hojas de ruta” supuestamente claras para alcanzar ese ideal. A diferencia de otros discursos más reflexivos, no proponen preguntas sino respuestas cerradas: qué hacer, cómo ser, cómo convertirse en un alfa», dice Pontaquarto. 

Desde el Observatorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, investigadores de distintas áreas analizaron la masculinidad en la era libertaria. Sebastián Klein, doctorado en Ciencias de la Educación formó parte del equipo: «En redes sociales se consolida una narrativa que presenta al feminismo como el “cáncer de la sociedad”, en reemplazo de lo que antes se identificaba con el comunismo. En ese marco, proliferan discursos que rechazan lo colectivo, lo asociativo y las conquistas de derechos, en favor de una mirada individualista y meritocrática», dice.

Para Klein, las masculinidades se presentan desorientadas ya que no hay un modelo claro de qué significa «ser varón». Ese vacío es ocupado por influencers y algoritmos que promueven una figura ideal: el hombre emprendedor, proveedor y dominante. «En contraposición, quienes no encajan en ese modelo son descalificados con etiquetas como “princesos” o “feministos”, en referencia a varones que adoptan prácticas igualitarias en sus vínculos sexoafectivos», analiza.  


Machosfera
Los discursos de odio se amplifican en redes. La «machosfera», ese ecosistema que agrupa comunidades masculinas con visiones críticas y hostiles hacia el feminismo y los cambios de género, crece en paralelo al movimiento «tradwife», que reivindica el modelo de ama de casa tradicional. Estos contenidos influyen en discursos políticos y culturales, orientan políticas públicas y generan sentido.

Para Nicolás Papalia, psicólogo y doctor en Derecho, el avance de discursos neoconservadores encontró un terreno fértil entre varones jóvenes: «Lo que hicieron fue ofrecer una respuesta más rápida y concreta a una necesidad vinculada con la construcción de la identidad masculina. Hoy todo está atravesado por la inmediatez. Antes el éxito llegaba a los 30 o 40 años; ahora se supone que a los 16, con dos clics, ya deberías ser millonario. Hay una imposibilidad creciente de proyectar un futuro. Todo se juega en el presente inmediato», explica. 

En su libro, La rebelión de los mandriles, Papalia analiza el sistema relacional de género basado en la desigualdad y la violencia. En este contexto los discursos de derecha lograron «una lectura de época» en un mundo atravesado por el individualismo. «Cumplir con las pautas hegemónicas de la masculinidad siempre fue imposible. No existe ese varón adulto, blanco, heterosexual, propietario como modelo alcanzable», dice. 

Santiago Morcillo es doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, su línea de trabajo se centra en masculinidades, género y sexualidad y las reacciones violentas de grupos ultras frente a la expansión del feminismo en Argentina: «El fenómeno de las nuevas masculinidades reaccionarias comenzó entre 2015 y 2016, en paralelo al impacto público de los feminismos y la masividad de Ni Una Menos. Ese malestar inicial encontró canales de articulación más amplios y se entrelaza con redes conservadoras y con el crecimiento de las nuevas derechas globales. En ese cruce, las masculinidades funcionan como un terreno fértil desde donde procesar ‒y también politizar‒ el descontento», dice. 

Para Morcillo, los influencers reaccionarios ocupan un lugar central. No se limitan a amplificar discursos existentes: operan como intérpretes del malestar. Detectan una sensación difusa ‒confusión, incomodidad, pérdida de referencias‒ y la traducen en enojo. A través de videos, ironías, consignas y una estética propia de internet, construyen un relato donde la masculinidad aparece herida, desplazada, incluso victimizada, y donde el feminismo es señalado como responsable.  

«En Argentina el trasfondo socioeconómico resulta clave para entender por qué estos discursos encuentran eco. La precarización laboral y la dificultad de acceder a ciertos estándares de éxito ponen en jaque los modelos tradicionales de éxito masculino. El trabajo estable, la capacidad de provisión, el ascenso social se vuelven cada vez más difíciles de alcanzar», cuenta.

Los especialistas coinciden en la importancia de sostener espacios de intercambio por fuera de las pantallas. Trabajar pedagógicamente sobre las vulnerabilidades y el aislamiento que atraviesan a los varones. Abrir la palabra para compartir experiencias y construir grupos de pertenencia reales en ámbitos amables y solidarios. 

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