20 de julio de 2026
España fue un gran campeón y la Argentina volvió a emocionar con Messi. Pese al avance del negocio y los cambios que modifican el juego, el fútbol terminó imponiéndose. La trastienda de la Copa más política de la historia.

Puro talento. Messi y Lamine Yamal, dos de los grandes protagonistas del certamen, en un tramo de la final disputada el 19 de julio.
Foto: Getty Images
Las luces del Empire State son rojas y amarillas, los colores de la bandera de España. También el Madison Square Garden está vestido por el campeón del mundo. Es medianoche del domingo en Nueva York y todavía quedan los ecos de la final que se acaba de jugar cerca de ahí, en Nueva Jersey. Hay hinchas que dan vueltas: los españoles que llegan desde Times Square después de los festejos por el título, los mexicanos que celebran el triunfo español y también los argentinos que llevan la camiseta celeste y blanca con el orgullo, el mismo que sienten los que en Argentina salieron a celebrar a un equipo.
Porque nadie celebró la derrota por 1-0 con España en la final de la Copa del Mundo. Nadie celebró el subcampeonato. Lo que se celebró fue una historia, un recorrido, los momentos que esos hinchas vivieron gracias a la selección. Desde su primer triunfo en Kansas City frente a Argelia por 3-0 con tres goles de Lionel Messi hasta la épica frente a Inglaterra, un partido que valió el Mundial. Por el triunfo, nada menos que a 40 años de la proeza de Diego Maradona en el Azteca, por cómo se consiguió, con el gol de Lautaro Martínez en el final, y por el contexto. También por la bandera que un grupo de anónimos entró al estadio y que los jugadores desplegaron. Las Malvinas son argentinas.
Estuvieron también en este camino los partidos en Dallas contra Austria (2-0) y Jordania (3-1), el ímpetu goleador del capitán. ¿Y el resto? Fue un sufrimiento que siempre terminó en explosión de felicidad, los triunfos volcánicos con Cabo Verde y Suiza en tiempo extra y la victoria con Egipto forjada en los últimos 13 minutos después de estar casi todo el partido en desventaja.
La emoción de un país
En ese camino hubo de todo. Un banco de pruebas (Jordania), malos partidos (Cabo Verde y, por momentos, Suiza) y buenos partidos que no se reflejaban en el resultado (Egipto), hasta que todo sucedió. Pero la característica de este Mundial fue el sufrimiento y, sobre todo, el rescate sobre el final: los momentos en los que apareció el equipo.
Durante un mes, cada partido fue un paréntesis de disfrute para los argentinos. Cada acción de Messi fue una forma de esperanza. También pareció una yapa. Porque las cuentas estaban pagas con lo que se había hecho en Qatar. Pero un Mundial es un Mundial. Messi se preparó para jugarlo con 39 años al más alto nivel, atravesado por una situación personal –la salud de su padre–, que además fue tema de debate en los inicios del torneo por la fake news sobre su muerte.
Después de la final, Rodri recibió el Balón de Oro al mejor jugador del Mundial; pero la figura fue Messi. El que emocionó con su fútbol fue Messi. Rodri fue el gran titiritero del campeón. España fue el mejor equipo del Mundial. Está avalada por lo objetivo, los números, pero también por lo subjetivo, el juego. Solo Bélgica le pudo hacer un gol en los ocho partidos que jugó. Y, salvo Uruguay, que tuvo momentos en los que lo incomodó, sometió a todos sus rivales, incluso a los que parecían llegar como irrompibles, como Francia. Los enredó en esa telaraña que teje Rodri en la mitad de la cancha.

New Jersey. Gianni Infantino con Donald Trump durante la ceremonia de entrega del trofeo a España.
Foto: Getty Images
A dos velocidades
España reivindicó como campeón el fútbol de posesión, el que se construye con paciencia, con una defensa bien alta, jugando siempre en campo rival, características que desplegó frente a Argentina. Si el campeón marca una tendencia, acá está. Aunque en este Mundial, más allá de los estilos, se impuso el valor en la intención de buscar el arco rival. Si la gran sorpresa fue Cabo Verde se debió a que también se animó a jugar, que no mostró miedo. Es cierto que se cerró con España, pero se atrevió con la Argentina. No fue solo refugiarse en las manos de su ahora ya célebre arquero Vozinha.
Cabo Verde fue el sinónimo del Mundial XL, con 48 equipos, invento de Gianni Infantino. Fue un triunfo del presidente de la FIFA. Hubo muchos partidos y también sorpresas. El fútbol siempre se guarda alguna. Nadie querrá achicar esta competición desde ahora. Incluso, todo indica que habrá 64 en el próximo Mundial, que tendrá seis sedes, Argentina, Uruguay, Paraguay, España, Portugal y Marruecos. La FIFA ya adaptó su mejor producto a estos tiempos que van a toda velocidad y mueven fortunas. El Mundial más caro de la historia tuvo récord de asistencia a los estadios y también recaudación récord, 15.000 millones de dólares, el doble de Qatar.
Ese Mundial expandido no solo modificó el fútbol, también terminó siendo el Mundial más político de los últimos años. Infantino se mostró en todas las sedes, Estados Unidos, México y Canadá. Hubo jornadas en las que asistió hasta a dos partidos. En dos semanas, según le contaron, hizo más de 108.000 kilómetros. Se sentó durante la final al lado de Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney; pero su amigo es Trump, a quien el domingo silbaron cuando ingresó para entregar la copa.
Parece lejos en el tiempo de un Mundial que fue a toda velocidad, pero al principio se hicieron operativos pesados, incluso contra delegaciones. En el país del ICE, al árbitro somalí Omar Hartan lo deportaron y generaron un héroe en su país. A Irán, selección legítimamente clasificada, cuyo país es bombardeado precisamente por Estados Unidos, la hicieron dormir en Tijuana y desde ahí tener que moverse hacia cada partido.

Show. Fuegos artificiales y color, antes de la final disputada en el MetLife Stadium, con capacidad para 82.000 personas.
Foto: Getty Images
El maltrato a Irán, que tuvo consecuencias deportivas, generó menos indignación que el expediente Folarín Balogun, cuando Trump se jactó de haber llamado a Infantino para pedirle que se le levante la sanción al delantero por una tarjeta roja. A Balogun le suspendieron el castigo y pudo disputar el partido contra Bélgica, que finalmente eliminó a Estados Unidos; pero la mancha quedó. Ganó el fútbol. Trump quedó envuelto en un episodio grotesco y su amigo Infantino todavía no conoce las consecuencias hacia adentro de la FIFA. ¿Europa intentará sacarlo del cargo?
El Mundial de Trump abrió la gran ventana al fútbol de cuatro cuartos. Aunque ya lo veíamos en otras competiciones, el cooling break, la pausa de hidratación, se estableció acá. Y también el show del mediotiempo, a lo Super Bowl, con un descanso de media hora para la final. Algunas cuestiones pasarán, otras quedarán como formas de post-fútbol. Como el chip en la pelota para determinar un toque (¿se acuerdan del gol anulado a Croacia frente a Portugal por esa tecnología?).
Pero el fútbol se impuso a Trump. Vimos un Mundial plagado de estrellas y con grandes equipos. Aun con todos los manoseos que se le hacen, el fútbol prevalece. Con España, que se lleva su segundo título en 16 años, se impuso una idea colectiva.
Esa idea también es la bandera de la selección argentina. Se cierra un ciclo virtuoso que comenzó en septiembre de 2018. Lionel Scaloni, primero interino y luego gran apuesta y acierto de Claudio «Chiqui» Tapia, refundó a la selección junto a un grupo de entrenadores y también exfutbolistas. Entre todos le devolvieron una identidad. Scaloni puso en duda que siga después de diciembre. Pero aunque siga, y ojalá así sea, será la hora de volver a empezar, de iniciar una nueva tarea. Será seguramente sin Messi, salvo que el capitán se reponga de esta tristeza y tenga ganas de volver a sorprendernos.
