7 de agosto de 2026
Mientras en Berlín el régimen nazi pretendía convertir a los Juegos en una gigantesca vidriera de propaganda, Barcelona respondía con la iniciativa, finalmente frustrada, de un evento deportivo internacionalista basado en la cooperación y el antifascismo.

Alemania. Ganadoras de la competición de esgrima femenina.
España. Afiche alusivo a los Juegos Populares.
Imágenes: Getty Images
Desde hace más de un siglo, los Gobiernos, los movimientos políticos y los ciudadanos han utilizado las competencias deportivas internacionales para contar historias sobre sí mismos y sobre el mundo que desean construir. Y pocas veces esa relación entre deporte y política quedó tan expuesta como en 1936. Aquel año hubo dos Olimpíadas. Una ocurrió realmente y fue observada por millones de personas; la otra nunca llegó a inaugurarse. Sin embargo, vistas en perspectiva, ambas permiten comprender el clima político de una Europa que avanzaba hacia la guerra.
La más conocida fue la de Berlín. Cuando la ciudad fue elegida sede olímpica, en 1931, Adolf Hitler todavía no gobernaba Alemania; pero para 1936 el régimen nazi había consolidado buena parte de su poder. Los Juegos se transformaron entonces en una gigantesca vidriera internacional. El objetivo no era solamente organizar competencias deportivas exitosas. Se trataba de mostrar una imagen determinada del Tercer Reich: una nación moderna, ordenada, eficiente y unida.
Las fotografías de aquellos días todavía impresionan. Estadios monumentales, desfiles perfectamente coordinados, miles de espectadores participando de ceremonias cuidadosamente diseñadas. El deporte aparecía asociado a valores que el nazismo consideraba centrales: disciplina, obediencia, sacrificio y fortaleza física. No era una celebración inocente del atletismo. Era una demostración de poder político. La cineasta Leni Riefenstahl inmortalizó esa estética en sus películas. Los cuerpos de los atletas eran presentados casi como esculturas clásicas. El mensaje era claro: Alemania representaba el futuro. Lo que quedaba fuera de cuadro era igualmente importante. La persecución de opositores, la exclusión de los judíos de la vida pública y la violencia creciente del régimen desaparecían detrás de la escenografía olímpica.
Por supuesto, la historia nunca se deja domesticar por completo. El triunfo del atleta afroamericano Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro, introdujo una contradicción imposible de ocultar. Su éxito cuestionaba las teorías raciales que el nazismo intentaba presentar como verdades científicas. Owens se convirtió en una figura mundial precisamente en el escenario que había sido preparado para exaltar la supuesta superioridad aria.
Trabajadores y estudiantes
Mientras Berlín organizaba su espectáculo, otra ciudad preparaba unos juegos muy diferentes. Barcelona esperaba recibir a miles de deportistas para participar en la Olimpíada Popular. La iniciativa había surgido como una respuesta explícita al evento alemán. Sus organizadores consideraban que competir en Berlín equivalía a legitimar una dictadura, por eso propusieron construir una alternativa.
La diferencia no era solamente política, también era social. Las competencias oficiales tendían a privilegiar a deportistas integrados en estructuras nacionales consolidadas. La Olimpíada Popular buscaba ampliar la participación. Convocaba a trabajadores, estudiantes, mujeres y deportistas vinculados a organizaciones sindicales o culturales. Debían llegar delegaciones de más de 20 países. Entre ellas había grupos de exiliados, atletas judíos perseguidos por el nazismo y representantes de regiones sin reconocimiento estatal propio.
En cierto sentido, Barcelona intentaba responder una pregunta incómoda: ¿podía existir un deporte internacional basado en la solidaridad y no en la competencia entre nacionalismos?
La ciudad que esperaba a esos visitantes era también un laboratorio político. Desde febrero de 1936 gobernaba en España el Frente Popular. Las calles estaban llenas de debates, movilizaciones y expectativas, pero también de temores. El ascenso del fascismo en Europa era evidente. Italia estaba bajo el control de Mussolini. Alemania avanzaba hacia una dictadura cada vez más agresiva. Muchos observadores percibían que España se había convertido en uno de los escenarios decisivos de esa confrontación.
Los participantes comenzaron a llegar durante julio. Algunos viajaron durante días en trenes y barcos. Habían venido para correr, saltar, jugar al fútbol o competir en pruebas de atletismo. Sin embargo, la historia les tenía reservado otro destino.
El 17 de julio se inició la sublevación militar contra la República. Al día siguiente, Barcelona amaneció atravesada por los enfrentamientos. Los disparos reemplazaron a los himnos previstos para la ceremonia inaugural. Las barricadas ocuparon el lugar de los desfiles. La Olimpíada Popular nunca comenzó.
Lo notable es que muchos de aquellos deportistas no regresaron inmediatamente a sus hogares. Algunos decidieron quedarse. En los meses siguientes, varios se incorporaron a las milicias que defendían a la República. Habían llegado como atletas y terminaron convertidos en combatientes de una guerra que apenas empezaba.
Proyectos políticos
Por eso las dos Olimpíadas de 1936 resultan tan reveladoras cuando se las observa juntas. Berlín y Barcelona no representaban simplemente dos maneras diferentes de organizar una competencia deportiva. Encarnaban proyectos políticos incompatibles.
En Alemania, el deporte era utilizado para celebrar una comunidad nacional definida por la exclusión y la obediencia. En Barcelona se intentaba construir una experiencia internacionalista basada en la cooperación y el antifascismo. Ambos acontecimientos hablaban del presente, pero sobre todo anticipaban el futuro.
A menudo la Guerra Civil Española es presentada como un conflicto exclusivamente nacional. Sin embargo, ya desde sus comienzos fue percibida como una lucha que desbordaba las fronteras de España. Del mismo modo que las Brigadas Internacionales reunirían voluntarios de numerosos países, la frustrada Olimpíada Popular había convocado a personas que entendían el avance del fascismo como un problema global.
80 años después, la comparación sigue siendo útil. No porque el mundo actual sea idéntico al de 1936, sino porque recuerda algo fundamental: los deportes no ocurren en un vacío. Cada ceremonia, cada bandera, cada competencia internacional expresa ideas sobre la sociedad. A veces esas ideas promueven la inclusión; otras veces justifican la exclusión. A veces celebran la diversidad; otras la niegan.
Las imágenes de aquel año permanecen como una advertencia. En una vemos estadios colosales y una dictadura que utiliza el deporte para exhibir su fuerza. En la otra, una multitud de jóvenes que soñaba con unos juegos distintos y que terminó encontrándose con la guerra. Entre ambas escenas hay apenas unas semanas de distancia; pero en ese breve lapso puede leerse buena parte de la historia del siglo XX.
Quizás por eso vale la pena recordarlas juntas. Porque muestran que los grandes conflictos políticos no siempre comienzan en los campos de batalla. A veces aparecen primero en lugares que parecen destinados únicamente al entretenimiento: una cancha, una pista de atletismo, una ceremonia de apertura. Allí también se discute qué mundo se está construyendo. Y quiénes quedarán dentro o fuera de él.
