18 de agosto de 2026
Pulpo Rojo es una experiencia productiva que desde Trelew y Puerto Madryn logró transformar un emprendimiento en crisis en un proyecto colectivo.

Desde el sur. «Nuestras cervezas son excusas bebibles para contar historias» señalan los integrantes de Pulpo Rojo.
Foto: Nicolás Fogolini
En la Patagonia, donde reina el viento y el horizonte se extiende hasta el infinito, un grupo de amigos consideró que la cerveza podía ser mucho más que una bebida. Podía convertirse en una forma de contar historias, generar trabajo, fortalecer identidades y construir comunidad. Así nació la Cooperativa de Trabajo Pulpo Rojo, una experiencia productiva que desde Trelew y Puerto Madryn logró transformar un emprendimiento en crisis en un proyecto colectivo que hoy es referencia dentro del movimiento cooperativo y de la cerveza artesanal en esa región del país.
La historia comenzó en 2014, cuando un grupo de amigos decidió adquirir el fondo de comercio de una cervecería que atravesaba dificultades. Lo que parecía una oportunidad empresarial terminó convirtiéndose en algo mucho más profundo.
«Nos dimos cuenta de que había algo que tenía muchísimo valor: la inteligencia colaborativa. En esa nueva fábrica nos construimos a nosotros mismos de otra manera y esa integración tenía todo el sentido. Ahí decidimos formar una cooperativa», cuenta Pablo Careaga, presidente de Pulpo Rojo.
Historia propia
La cervecería que habían adquirido tenía una identidad vinculada con la herencia galesa de la región. Sin embargo, los nuevos integrantes sentían que debían encontrar una representación más cercana a su propia historia y al territorio que habitaban. La búsqueda los llevó a mirar la Patagonia desde adentro. «Empezamos a preguntarnos qué éramos. Buscamos en nuestra comunidad, en la representación local, en el imaginario patagónico. Y de ahí surge el nombre Pulpo Rojo», explica Careaga.
La decisión no fue solamente estética. Marcó el inicio de una transformación profunda que vinculó la cerveza con la historia, la geografía y la cultura de Chubut.
Con el tiempo comenzaron a desarrollar productos inspirados en especies nativas, paisajes y topónimos locales. Una de las experiencias más exitosas fue «Piquillín»: una cerveza elaborada a partir del fruto de un arbusto típico de la estepa patagónica.
«El piquillín tocó el corazón de muchísimas personas porque está profundamente conectado con la ruralidad de la Patagonia. Esa cerveza fue una sorpresa y una demostración de que el territorio también podía expresarse a través de la cerveza», señala Careaga.
Desde sus inicios, la cooperativa busca articular la producción cervecera con el potencial agroindustrial del Valle Inferior del Río Chubut, una región atravesada por uno de los cursos de agua más importantes de la provincia. El río Chubut, con más de 850 kilómetros de extensión, permite el desarrollo agrícola en una zona donde la presencia del agua resulta decisiva para la vida y la producción.
En ese contexto, la cooperativa impulsa una mirada que vincula el trabajo industrial con el desarrollo regional, promoviendo cadenas de valor locales y prácticas productivas sostenibles.
Su planta cervecera, ubicada en Trelew, funciona con tecnología moderna y bajo criterios científicos de elaboración. Allí trabajan 14 personas que participan de cada etapa del proceso productivo.
«En los últimos años hicimos un cambio profundo en nuestra línea de productos. Empezamos a elaborar cervezas que sentimos más cercanas a nuestro territorio, más ligeras y más bebibles. A la vez, buscamos transmitir los valores que tenemos como cooperativa y también construir una identidad propia», dice Lucas Godoy, secretario de la entidad.
Más allá de la cerveza, Pulpo Rojo encuentra su principal fortaleza en el modelo cooperativo. La toma de decisiones colectiva, la distribución equitativa de responsabilidades y la construcción de vínculos humanos forman parte de la cultura cotidiana de la organización.
«Lo que más me enamoró fue la posibilidad de compartir decisiones con otras personas en una mesa redonda y saber que esas decisiones pueden cambiarle la vida a muchas familias, incluidas las nuestras. Eso es lo más importante que me deja el cooperativismo», afirma Godoy.
Lazos internos
Como sucede con los vientos patagónicos, la cooperativa lucha para atravesar y mantenerse en pie en estos momentos difíciles para la economía argentina sosteniendo su actividad, preservando los puestos de trabajo y fortaleciendo sus lazos internos.
Agustín Caballero, encargado del bar de la cooperativa en Puerto Madryn, llegó a Pulpo Rojo luego de regresar a la ciudad por motivos familiares y encontrarse con un mercado laboral limitado. «Primero encontré una oportunidad de empleo, pero también encontré una empresa con una enorme calidad humana. Acá hay profesionalismo y exigencia, pero también hay una parte humana muy fuerte que te impulsa a crecer junto al resto», relata.
En 2019 la cooperativa logró ampliar su planta y duplicar su capacidad productiva. En ese sentido, el respaldo del Banco Credicoop y el acceso a recursos gestionados a través del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos fueron fundamentales para continuar creciendo.
Ese proceso permitió ampliar la capacidad de elaboración y pasar de una producción cercana a los 7.000 litros mensuales a alcanzar los 16.000 litros en 2022.
En 2024, al cumplir los 10 años, la cooperativa Pulpo Rojo decidió repensarse una vez más. Esta vez reafirmando aquello que la había distinguido desde sus orígenes: la convicción de que producir cerveza también puede ser una forma de fortalecer comunidades.
«Nuestras cervezas son excusas bebibles para contar historias», resume el presidente de la cooperativa. Porque detrás de cada vaso servido en las mesas de Pulpo Rojo no hay solamente una cerveza artesanal. Hay territorio, memoria, industria y un proyecto colectivo que sigue creciendo con sentido cooperativista.
