24 de septiembre de 2026
Al frente de la federación que nuclea a las cooperativas de software, el dirigente rosarino Manuel Leiva subraya la necesidad de batallar por la soberanía tecnológica.

La carrera por el desarrollo tecnológico se convirtió en un tema central de la agenda pública, con visiones que van desde las más optimistas hasta las que dicen que la IA podría terminar con el mundo tal como lo conocemos. En este marco, Manuel Leiva, presidente de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo de Tecnología, Innovación y Conocimiento (Facttic), se define como tecno-optimista. «Pero ojo, no soy optimista respecto de figuras como Elon Musk y Peter Thiel, soy optimista porque creo que la tecnología puede resolver los grandes problemas del trabajo forzado, de la distribución de la riqueza, permitirnos poder tener más tiempo libre».
Leiva es, además, un dirigente con activa participación en otros espacios de la economía social: es vicepresidente del comité de juventud de Cooperar, integra la mesa de Cooperativas Rosario y la Mesa Regional de la Producción Nacional, junto a pymes, productores y comerciantes.
Su cooperativa de base es la rosarina RedJar, con 50 asociados, que brinda servicios de software para empresas de todo el mundo. Las oficinas son imponentes: se emplazan en una casona construida a principios del siglo XX, de 650 metros cuadrados, frente a un lugar icónico de la ciudad, el parque Independencia. «Mudarse a esta casa fue una decisión política, fue demostrar que lo popular no es precario. Si hacemos cosas tan grandiosas como sector, como cooperativa tecnológica, creemos que eso debe ser visible», afirma Leiva.
Y muestra con orgullo el anuario de la Corporación Mondragón, donde RedJar fue elegida, en 2025, como «caso de éxito mundial». «Fuimos uno de los 37 casos de éxito mencionados por ellos como de mejor proyección, destacados por respetar los valores cooperativos». Y agrega: «Nunca tuvimos miedo a crecer, lo grande cambia las cosas. Siempre nos propusimos eso, crecer en una estructura, pero manteniendo la democracia, acordándonos de todo lo que habíamos vivido en épocas pasadas para empresas tradicionales y no queríamos volver a vivir. Hoy trabajamos para las principales empresas del mundo: American Express, Coca Cola, automotrices. Y a la par trabajamos para la pyme nacional, tratando de hacer un traslado de esa tecnología a quien verdaderamente puede cambiar las cosas en el territorio. Y lo hacemos con la intención de dar el mejor servicio y sabiendo que en la estructura cooperativa hay una eficiencia distinta a la empresa tradicional».

–¿En qué sentido es más eficiente la empresa cooperativa por sobre la lucrativa?
–Tenemos un estudio comparativo de Facttic, que abarca los años 2019-2023, hecho con datos de la Cámara de la Industria Argentina del Software. Los resultados a favor de las cooperativas fueron elocuentes: 15% más de remuneración neta en bolsillo a los trabajadores y entre 7% y 12% más barato el costo final de la hora para el cliente. O sea, la empresa tradicional paga peor y es más cara para el cliente. Pero hay un indicador demoledor, que incluso cuando cambia la economía y la realidad nacional se sigue manteniendo, que es el índice de rotación de los trabajadores, es decir, el paso constante de una empresa a otra. Ese índice de rotación tuvo un pico en 2021, con la pandemia, del 41%. En 2023, fecha de corte de nuestro estudio, estaba en 21%. Las cooperativas tuvieron, en ese mismo periodo, una rotación del 1%. Eso es muy beneficioso para el cliente. En el sector cooperativo tecnológico tenemos empresas que hace 15 o 20 años trabajan para el mismo cliente. Son invaluables, no solo por la habilidad sobre la técnica de producir código, sino por lo que conocen del negocio. Cuando hablamos del Banco Credicoop, por ejemplo, los proveedores de tecnología de nuestra federación que trabajan con ellos son personas que hace 20 años están en el rubro. Ahí están, sin dudas, los tipos que más saben de banca sosteniendo sistemas de información.
Esas son las cuestiones que a nosotros nos dan una ventaja estratégica por sobre el sector tradicional. Trabajamos mucho el concepto de poner al cliente en el centro. Como sector cooperativo decimos que ponemos a las personas en el centro; bueno, también tenemos que hacerlo con el cliente y sus necesidades. Eso nos hace socios estratégicos de un montón de estas empresas que permiten contratos a largo plazo, proyecciones de crecimiento en conjunto y dar las mejores tecnologías con los mejores perfiles a un precio más competitivo y con mejor remuneración. Y creemos que la magia de poder hacer un mejor trabajo para todos está en que se pueda hacer en mayor cantidad. No en que si se te cae un cliente tambalee todo.
«Yo no imagino un modelo de IA argentina para que le agregue un sombrero a un gatito. Pero sí que permita aumentar el cálculo, mejorar la planificación, desarrollar el producto agropecuario o industrial.»
–¿Qué otras características distinguen al cooperativismo tecnológico argentino?
–Para mí es vanguardia mundial. Nos vinieron a estudiar de diversas universidades, de Stanford, Harvard, hasta de Massachusetts, aunque parezca un chiste. Un investigador estadounidense, Stefan Ivanovsky, ha estudiado comparativamente a nuestra federación con Cotec, que es la confederación británica. Y reconoce que tenemos prácticas en la solidaridad del trabajo intercooperativo que no existen en ninguna parte del mundo y que eso hace un desarrollo positivo en nuestra federación.
El mecanismo, que no es nada del otro mundo, es el sexto principio cooperativo, es compartir el trabajo. Si a nuestra cooperativa llega un trabajo que no se puede abordar porque el tamaño excede nuestra estructura, incluimos otras cooperativas para llegar. Es como presentarse a un licitación en conjunto y hacer que quede del lado cooperativo un desarrollo que generalmente cae en manos de los tres o cuatro «unicornios» tecnológicos. Si es un problema de escala, lo podemos abordar juntos, hay estructura legal para hacerlo. Así hemos tenido la posibilidad, hace varios años, de ganar licitaciones de la Anses o de YPF. Trabajar entre varias cooperativas permite tener un arraigo en diversas regiones del país que es invaluable por cómo se piensa la tecnología en cada uno de los lugares. Y después es lo que nos permite a nosotros soñar con tecnología de bandera. Hoy en día todo el mundo está consumiendo tecnología extranjera. Hay un informe del 2016, hecho por Pablo Vanini, referente de nuestra federación, junto a un equipo, que hablaba de la balanza comercial tecnológica. En ese momento, llegó a la conclusión de que la exportación de servicios tecnológicos en dólares le empataban a toda la tecnología que comprábamos de afuera. Hoy eso cambió, está a favor de la exportación, aunque habría que volver a medirlo porque el advenimiento de la Inteligencia Artificial empieza a tener un consumo cada vez más alto en la población de a pie y esto se paga en dólares. Y este punto es central en relación a que la IA que usa toda la humanidad está concentrada principalmente en dos países.
–¿Cuál es el potencial de Argentina en este marco?
–Argentina tiene toda la infraestructura para hacer su propia tecnología: su propio modelo de IA, quizás no los mismos que estamos acostumbrados a ver. Yo no imagino un modelo de IA argentina para que le agregue un sombrero a un gatito. Pero sí imagino una IA que permita aumentar el cálculo, mejorar la planificación, desarrollar el producto agropecuario o industrial, mejorar las finanzas, tener una previsión económica más estable. Y esa tecnología la podemos desarrollar nosotros. Tenemos profesionales para hacerlo, desde lo energético, somos el único país de Latinoamérica que hace reactores nucleares, tenemos una red nacional de conectividad que ha sido vanguardia en relación a los servidores. Tenemos posibilidad de data center con el proyecto Arsat que no tienen otros países. Y somos uno de los pocos países que tiene una plataforma para lanzar satélites. Todo esto existe, además de la minería, Vaca Muerta y demás. Hay una posibilidad de infraestructura para hacer tecnología propia.
«Tenemos prácticas en la solidaridad del trabajo intercooperativo que no existen en ninguna parte del mundo y eso es muy positivo para nuestro sector.»
–¿Y qué hace falta para que avance la tecnología con sello nacional?
–El proyecto de la soberanía tecnológica está trunco porque hay intereses que se meten en absolutamente todos los órdenes. Pero a lo largo de la historia siempre hubo destellos, intentos de recuperar el control tecnológico soberano. Uno muy conocido fue el proyecto Clementina, la compra de una supercomputadora grande como una habitación, un modelo Ferranti Mercury británico, adquirido por el Instituto Nacional de Cálculo en 1960. Tenía algoritmos complejos y poco resolubles para lo que necesitábamos en Argentina, que era, por ejemplo, calcular la inflación, el desarrollo, la proyección de desempleo. Entonces sobre una capacidad instalada británica en suelo argentino se genera el primer lenguaje de programación argentino, el Comic. Eso permitió hacer mejor la máquina y que tenga procesos productivos más eficientes que incluso los que venían de fábrica. Con el Comic aplicado cinco programadoras mujeres hacían un trabajo más eficiente que mil desarrolladores de IBM en Europa. Clementina avanza, se licita la compra de una nueva máquina y todo queda trunco, primero por la dictadura de Onganía y luego por la de 1976. Se terminó desmantelando y vendiendo por piezas.
También fueron destellos de soberanía pasar del Nahuel Sat a tener onda satelital propia, o el primer rastrojero o el primer avión, o también la primera producción con el Fray Luis Beltrán. Creo que es una disputa inconclusa porque ante cada avance, siempre hay un golpe. Como los golpes de Estado. O más acá en el tiempo, por ejemplo, los Acuerdos de Madrid, por el cual todo lo que se produce en suelo nacional que tiene alguna potencialidad militar hay que informar a Gran Bretaña, un satélite por ejemplo.
Pero si miramos al sector, siempre hay argentinos en todas las grandes compañías tecnológicas, dirigiendo o produciendo. Es algo que no se puede terminar de explicar, si es por la universidad pública, por nuestra historia, pero en todo desarrollo a nivel mundial siempre hay argentinos. En Argentina, según la Cámara y el sindicato somos 169.000 programadores, en un país con miras a desarrollarse es muy poco. Y creo que llegamos al tope de un modelo que tenemos acá en Argentina de desarrollo de software que es vender horas. Yo le digo el pacto Roca-Runciman de la tecnología, vender horas y comprar productos tecnológicos terminados.
–¿Cómo afecta a ese modelo basado en la venta de horas el actual modelo económico?
–Se redujo mucho el mercado de los emergentes que nos compraban por la diferencia del precio en dólares. Llegamos a ser uno de los países más baratos del mundo en el desarrollo de software. Pero cambian las reglas del juego y perdiste la mitad del mercado extranjero de los países no centrales. Se cayó Bulgaria, Polonia, Estonia, Italia en parte, países a los que ya no les convenís por tarifa. Seguimos siendo importantes en los países centrales, Inglaterra, España, Estados Unidos, donde el costo de vida todavía es más alto que en Argentina, por ahora. Y EE.UU. comparte, además de la ventaja en la tarifa, el huso horario. Entonces siguen eligiendo a Argentina. Pero se nos redujo el mercado. El primer trimestre de 2026 es el primero en seis años en el que no se genera empleo en el sector de desarrollo de software. La economía del conocimiento exporta alrededor de 9.000 millones de dólares al año aproximadamente, 2.500 millones de dólares son de software. La tercera matriz exportadora más grande después de hidrocarburos y agro y el componente principal de todo ese aglomerado no está generando empleo. Es increíble.
Sucede que aumentaron tremendamente los costos de vida. De hecho, volvimos a romper el techo de exportación nominalmente, pero la plata vale menos. Todo el mundo declara que tiene menos rentabilidad porque las tarifas no las puede aumentar al ritmo de la inflación. Pierde rentabilidad la empresa, achica, hay despidos en el sector. Donde no hay despidos es en las cooperativas, pero el sector en general no crece. Un sector que era pujante, proveía tecnología de avanzada a diferentes clientes de todo el mundo, empieza a mermar. Cuando se le pregunta a los empresarios miembros de la Cámara del software cuál es su principal preocupación, en 2026, sale número uno algo que no existía ni siquiera en el ranking el año pasado: la falta de demanda. Porque una gran parte de la compra de tecnología no es la exportación, es la economía nacional. En las crisis, lo primero que se corta en una empresa es la publicidad y lo segundo es la compra de tecnología.
–¿Cuál es el impacto del avance de la IA en este contexto?
–En enero de 2025, en RedJar empezamos a hacer una migración con IA, ya todos trabajamos con agentes que hacen parte de nuestro trabajo. La diferencia de la concepción en eso es que mientras una idea general es implementar tecnología automatizada para recuperar la tasa de beneficio echando gente, como hacen las empresas tradicionales, con la misma herramienta la cooperativa aumentó 30% su capacidad productiva sin echar a nadie. Eso amplió la cartera de clientes, la facturación, un montón de cosas. La perspectiva es producir de forma «industrializada» gracias a la IA. Que son grandes agentes que resuelven problemas repetitivos. Pero nosotros seguimos poniendo en el centro a las personas. La interpretación nuestra es fundamental para saber cómo se soluciona una necesidad. La IA nunca tiene el contexto completo como nosotros. Va a ser muy difícil igualar para que tengan nuestros mismos resultados. Pero cambia en que el sector se aboca más a tener un perfil «industrializado» en el sentido de poder controlar lo que devuelve la máquina. Es el análogo a un brazo robótico en una fábrica.
El rubro va a cambiar, va a cambiar el objetivo del profesional, va a haber una transformación, pasaremos de ser artesanos a operarios. Pero no vamos a un reemplazo total. Soy optimista ante este escenario. La velocidad del vértigo, pero soy un poco tecno-optimista. No soy optimista de Musk y de Peter Thiel, soy optimista de que la tecnología puede resolver los grandes problemas del trabajo forzado, de la distribución de la riqueza, de poder tener tiempo libre; pero bueno, para eso hay que resolver otras cuestiones. La propuesta de Elon Musk del salario básico universal es la propuesta reaccionaria en el futuro tecnológico. Es la propuesta más conservadora. Es decir «sos humano, te doy un sueldo para que sigas comprando porque si no se cae la economía». En términos económicos de desarrollo, nosotros estudiamos mucho una propuesta parecida a la del Magnificas Humanitas del papa León XIV.

–¿Cuál es la desventaja del salario básico universal?
–Las máquinas van a producir por nosotros, pero nadie va a tener posibilidad de comprar lo que se produce: es una crisis de superproducción relativa y se ve en todas las facultades de economía, lo dijo Engels hace 200 años. Hay dos salidas, o el salario básico universal, un megaparche para que no se caiga la economía, con una falsa idea de meritocracia detrás de eso. Y sobre esos 200 dólares, que es la cifra que se plantea dar por mes, el esfuerzo para comprar lo que nos alcance. No va a haber posibilidades en el mercado para que nos insertemos los humanos. Está pensado para que vivas a través de los subsidios que nos van a dar por ser humanos. Entonces sería un achatamiento de la humanidad y por otro lado quedarían los trillonarios, que van a ser un puñadito. Es una salida reaccionaria, es la desigualdad máxima. Ahora, yo me paro en la vereda de enfrente, donde si vos resolvés el tema de la propiedad de las cosas, yo creo que todos podemos vivir bien. Que la tecnología puede ser un gran facilitador y que eso obviamente tiene que venir con dos grandes discusiones: la tecnología de quién es, si tenemos empresas cooperativas de trabajo, de crédito, agropecuarias, donde la producción esté puesta al servicio de la comunidad, y a partir de ahí pensar otra forma de organización económica. Eso empieza por tener tecnología de bandera que te dé la posibilidad de discutir con los grandes, la tecnología que nos haga producir mejor, crecer, y que esos beneficios nos lleguen a todos.
«Si en las grandes metrópolis tenemos índices de pobreza de los más altos de la Argentina y en los pueblos eso no pasa, es porque ahí existen cooperativas, mutuales, clubes.»
–Como dirigente de la juventud de Cooperar, ¿cuál es tu mirada sobre el rol del cooperativismo nacional en el contexto actual?
–Yo personalmente estoy en la línea del cooperativismo transformador, tenemos que mejorar la vida de la gente. Si en las grandes metrópolis tenemos índices de pobreza de los más altos de la Argentina y en los pueblos eso no pasa, incluso con el atraso productivo de haber destruido en los 90 la matriz productiva, es porque existen cooperativas, mutuales, clubes, bibliotecas con distribución de excedentes, con préstamos amigos, con un montón de cosas que han inventado las cajas de crédito en su primer momento, las mutuales, las cooperativas agropecuarias, la de servicios públicos, y que ponen otra matriz de producción. Ahora, eso tiene que ser también una bandera política. Una bandera política para enamorar a los pibes que hoy se enamoran quizás con otros instrumentos políticos, sindicales, sociales, culturales y que están muy buenos, pero el cooperativismo tiene con qué enamorar a la juventud y que sea su herramienta política de transformación.
