1 de octubre de 2026
«La política necesita una reforma urgente», dice la candidata a diputada por el PT y hermana de Marielle Franco, concejala asesinada en 2018. De cara a las elecciones del 4 de octubre en Brasil, analiza una campaña marcada por la polarización, la desinformación y los discursos de odio.

Activa. Ex ministra de Igualdad Racial, Anielle recalca que es imperativo frenar el avance de la ultraderecha tanto en su país como en la región.
Foto: Getty Images
«No alcanzo a entender cómo la polarización llega a tal punto de deshumanizar a quien piensa distinto. No sé cuándo lograremos que las ideologías dejen de eclipsar la humanidad de las personas. Lo que está en juego en esta elección es la democracia, la soberanía y el derecho a protestar y a debatir», sostiene Anielle Franco, exministra de Igualdad Racial (2023-2026) y actual candidata a diputada federal (PT/RJ) en las elecciones generales del próximo 4 de octubre en Brasil.
Educadora, periodista y promotora del Instituto Marielle Franco, su vida dio un giro radical con el asesinato de su hermana, Marielle Franco –activista por los derechos de las mujeres afrodescendientes, de la comunidad LGBTQ+ y la única mujer negra en ser elegida concejala de Río de Janeiro–, el 14 de marzo de 2018. A partir de entonces, su lema ha sido «Transformar el luto en lucha».
La campaña electoral transcurre en Brasil en un momento de enorme carga simbólica y política. Por un lado, llega marcada por un hito judicial clave: la condena dictada por el Supremo Tribunal Federal a 76 años de prisión para los hermanos Domingos y Chiquinho Brazão como los autores intelectuales del homicidio de Marielle. Por el otro, se inserta en una contienda nacional atravesada por una profunda polarización, donde el presidente Luiz Inácio Lula da Silva busca la reelección frente a Flávio Bolsonaro –senador del Partido Liberal, investigado por presunta corrupción e hijo de Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de Estado.
–A pocos días de las elecciones generales del 4 de octubre, ¿cómo evalúa el desarrollo de la campaña hasta el momento?
–Nuestra campaña se ha centrado no solo en el legado de Marielle y la continuidad de su trabajo, sino también en temas transversales como la lucha por los cuidados, la seguridad y el derecho a la vida de las mujeres. Brasil atraviesa una epidemia de feminicidios y de violencia contra las mujeres; este es un tema central de mi campaña. Paralelamente, tras haber sido ministra de Igualdad Racial en el Gobierno del presidente Lula, hemos hablado mucho sobre los derechos de las personas negras, las personas pobres y los habitantes de las favelas y periferias. Quien sigue la política en Río de Janeiro sabe que no es fácil: posicionarnos sin vendernos, sin negociar valores y sin renunciar a nuestras agendas nos conecta directamente con nuestros votantes, aunque también nos expone a cierto aislamiento.
–¿A qué se refiere con aislamiento?
–Porque si no estás de acuerdo con el sistema y vas en su contra, eso tiene consecuencias. Así lo hemos sentido durante la campaña y la contienda electoral que está en juego para el presidente Lula, probablemente la última para él. Creo que la victoria de Lula en 2026 será más difícil que la de 2022, porque en esta elección están en juego la democracia y la soberanía. Si perdemos estas elecciones –cosa que espero que no ocurra, toco madera– sería muy grave para el país, porque quedaría en manos de gente que usa el poder para vender lo mejor que tenemos: la democracia y la soberanía.
–¿Qué factores explican el nivel de polarización actual?
–Citaría tres puntos. El primero de ellos es la desinformación: existe una red de mentiras que operan con una fuerza enorme. La desinformación y las fake news en Brasil han sido un problema muy alarmante. El segundo punto –y lo digo como mujer nacida y criada en la favela de Maré, al igual que Marielle– es la ausencia del Estado: cuando se deja un espacio vacío, alguien más lo ocupa. Ocurre con muchas mujeres evangélicas: si a una vecina le detienen o le matan a un hijo, llega otra, le lleva café y le dice «Jesús puede salvarte». Desesperada, va a la iglesia y encuentra a un pastor que afirma que la izquierda defiende al diablo, mientras la derecha sigue llegando y perpetuándose.
–¿Cuál es el tercer punto de su análisis?
–El tercer punto es la combinación de las noticias falsas con la ausencia de políticas públicas, lo que derivó en la pérdida del diálogo en las bases. Hemos perdido el contacto directo entre los dirigentes progresistas y la gente. Creo que estos tres puntos son, en parte, los causantes de la gran polarización actual. Hay mucho odio en la calle: odio hacia lo que representa Marielle, odio hacia lo que yo represento y odio hacia lo que representa el propio Lula. Hay una disputa narrativa en marcha.
–¿Qué balance hace de su gestión al frente del Ministerio de Igualdad Racial?
–La experiencia en el Ministerio de Igualdad Racial fue un gran desafío. Siempre tuve el deseo de hacer más por la población negra, que representa el 56% de Brasil. No se puede hablar de educación o de género de forma abstracta mientras hay personas pasando hambre. Fue muy duro: queríamos llegar a determinados espacios y nos encontrábamos con realidades devastadoras de gente sin trabajo, sin comida y sin vivienda. Mientras teníamos la oportunidad de diseñar políticas públicas y debatíamos sobre educación, del otro lado había familias que habían perdido a un hijo o a una madre por una bala perdida en un operativo policial.
–Si resulta electa diputada federal, ¿qué iniciativas impulsaría en el Congreso a partir de su experiencia en el Ministerio?
–Muchas de las iniciativas que impulsamos en el Ministerio las propondría como leyes federales. Toda esa vivencia demuestra lo importante que es acceder a espacios de poder, de decisión y de política sin olvidar de dónde venís. Por eso pienso constantemente en lo que significa haber nacido en la favela de Maré, haber sido docente, haber llegado a ser ministra, ser candidata hoy y poder transmitir esa perspectiva a los demás. Yo no sé cuál va a ser el futuro del país, el futuro del estado de Río de Janeiro, nuestro futuro político. Pero de lo que sí estoy segura es de que la política necesita una reforma urgente. Nosotros aportamos un aire fresco a la política, aportamos algo nuevo a la función pública, también en la forma de hacer las cosas, porque la gente ha estado usando y abusando de su poder para perjudicar a otros.

Memoria viva. Mural artístico en homenaje a Marielle Franco, en San Pablo.
Foto: Getty Images
–Tras ocho años de lucha, la Justicia condenó a los autores intelectuales del crimen de Marielle. ¿Qué significó el fallo para la sociedad brasileña?
–Siempre digo que la verdadera justicia, la justicia plena, solo existiría si Marielle no hubiera sido asesinada. Logramos algo sin precedentes en Brasil cuando conseguimos que se condenara a quienes ordenaron el asesinato y también a quienes mataron a Marielle. Pero, al mismo tiempo, lo que sentimos y pensamos como familia no representa necesariamente lo que sienten los demás. Hace unos días, en plena campaña, alguien insultó a Lula y me insultó a mí, y le respondí. En la publicación, mucha gente comentaba cosas del estilo: «Ojalá que el clan Brazão repita la dosis»; o sea, ojalá que me maten a mí también. No logro entender por qué la polarización llega a un punto de deshumanizar a las personas que piensan distinto a ellos. Las amenazas son muchas. Yo no sé cuándo vamos a lograr que la polarización y las ideologías no sean más importantes que la propia humanización de las personas, porque si tú votas a la derecha y yo voto a la izquierda, no tengo por qué desearte la muerte o pedirle a alguien que te mate. Y ahora, no sé hacia dónde iríamos a este respecto si Lula no sale elegido. Hay un recado que se dio con la muerte de Marielle. Y llevar eso al mandato, llevar eso adelante, ya sea en el Instituto Marielle Franco o en otro lugar, va a ser imprescindible. Tenemos que dar esa pelea, porque el odio está creciendo mucho en Brasil, muchísimo de verdad.
–¿Qué valor adquiere esa resistencia en un año electoral?
–A Marielle la vuelven a atacar siempre en los años electorales: como si no bastaran la polarización y la violencia política, buscan el menosprecio y el ataque constante a su imagen. Sé que queda mucha lucha por delante, por su memoria y su legado, pero también por lo que esto significa para la democracia. Este año se cumplen diez años del impeachment a Dilma (Rousseff) y diez años de la elección de Marielle; en dos años se cumplirán diez del asesinato. Durante todo este tiempo hemos estado recordando y actuando para que nada caiga en el olvido, porque la violencia política no cesó, sino que aumentó. Por eso, es tarea de Lula, pero también de cada activista de izquierda, estar del lado correcto de la historia.
–Lo que ocurre en Brasil tiene un eco muy claro en la región y en países vecinos como Argentina, donde también avanzan la polarización y los discursos de odio. ¿Cómo observa el mapa regional y qué riesgos plantea el contexto para las democracias?
–Hay un auge evidente de la extrema derecha en varios países. El 7 de septiembre, durante las manifestaciones por el Día de la Independencia de Brasil, hubo imágenes contrapuestas. Mientras Lula encabezó en Brasilia un desfile enfocado en la soberanía nacional, en San Pablo Flávio Bolsonaro lideró una movilización contra el Gobierno y el Supremo Tribunal Federal, donde los manifestantes desplegaron banderas de Estados Unidos e imágenes gigantes de Trump. Cuando Lula participa en foros como el G20 o el G7 y enfatiza la defensa de la democracia, lo hace porque sabe que Brasil corre el riesgo de aislarse, una dinámica que también afecta al resto de América Latina y a otras regiones. El perfil de quienes operan para que la extrema derecha llegue al poder y se mantenga en él es siempre el mismo: se oponen a la humanización, a los proyectos sociales y al avance de la educación y la cultura, con discursos de odio que niegan los derechos de las mujeres y normalizan violencias. Por eso resulta tan urgente frenar y detener ese avance.
