Mundo | CALENDARIO ELECTORAL 2026

Presidenciales con la sombra de Trump

Tiempo de lectura: ...
Néstor Restivo

Este año habrá elecciones en Brasil, Colombia, Perú, Haití y Costa Rica, en donde estará en juego si se consolida, o no, el intervencionismo, ahora armado, estadounidense. Panorama país por país.

Lula. El mandatario ofrece una conferencia en el Palacio del Planalto. Buscará su cuarto mandato en octubre.

Foto: Getty Images

Tres países sudamericanos, uno centroamericano y uno caribeño tendrán elecciones presidenciales en 2026 en un contexto marcado por dos dinámicas: el inédito y desembozado injerencismo del Gobierno estadounidense que lidera Donald Trump, que llegó a su máxima expresión el 3 de enero con el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y, en parte condicionado por ese factor intervencionista de lobby, dinero y ahora acción directa, el desliz del electorado a la derecha y extrema derecha.

Tendrán su año de renovación electoral –en orden cronológico– Costa Rica, Perú, Colombia, Haití y Brasil, que concitará mayor atención por el peso económico y geopolítico del país más grande de América Latina.

Muchas analistas observan que el repliegue global de EE.UU., que ya no puede sostener su hegemonía unipolar con la que soñó durante un tiempo tras la caída del bloque soviético, fue, para América Latina y el Caribe, mala noticia. Es que mientras crecen países del Sur Global liderados por China, el gigante estadounidense se resquebraja no solo sobre sí mismo, con una crisis interna de proporciones, sino que arroja partes de sus escombros sobre lo que considera su patio trasero en un renacimiento explícito, sin subterfugios, de la Doctrina Monroe, de 1823. Es nuestra región la que Trump y los suyos pretenden que pague el costo de mantener lo que pueda de su poder, ahora tendiente a acotarse en lo que llama el Hemisferio Occidental. Pagar costos significa alinear a todo el sur del río Bravo a sus cadenas de valor proporcionándole ventajosamente las materias primas, a una dependencia absoluta a sus proyectos productivos y científico-tecnológicos y –tratándose de una extrema derecha mesiánica– a su axiología ultrareaccionaria.

Avance conservador
A lo largo de 2025 hubo cuatro presidenciales en la región, y en todas ganaron las posiciones más radicalmente conservadoras o alineadas con Washington. En los casos de Ecuador y Honduras, fueron comicios denunciados por sus irregularidades. En el primero, Daniel Noboa viajó a ver al líder estadounidense horas antes y horas después de su polémico triunfo de abril. Y el más reciente caso hondureño fue otro escándalo de injerencia en favor del conservador Nasry Asfura, que fue proclamado ganador por la autoridad electoral varias semanas después tras un más que controvertido proceso. Bolivia, a su vez, vivió un balotaje entre dos derechistas, del cual se impuso quien parecía más moderado, Rodrigo Paz, y resultó de un revanchismo contundente contra los 20 años de gobierno del MAS y de un plan económico de manual para esta etapa neoliberal, recomposición inmediata de relaciones con EE.UU. incluida. Y en Chile otro balotaje, este polarizado, entre una candidata comunista al frente de un bloque de centroizquierda y un pinochetista del siglo XXI, resultó en victoria del último. A la derecha de José Antonio Kast había, todavía, opciones más fanatizadas. 

El marco regional, desde la perspectiva del Norte (y es poco lo que pueda decirse desde la propia perspectiva latinoamericana, dada la fragmentación o desaparición de proyectos comunes como Unasur, CELAC, o aun regionales como Mercosur) está bien detallado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Ahí hay menciones directas a la Doctrina Monroe («América para los (norte)americanos»), que ha tenido como ejemplificador escenario el accionar militar descarado e ilegal, sin norma internacional alguna que lo pare, a Venezuela. También se cita la necesidad, en la lógica de Washington, de echar de la región a cualquier otro actor que pretenda avanzar en sus dominios, referencia obvia a China.

Petro. Finaliza su presidencia en Colombia y tiene un sucesor para los comicios de mayo: Iván Cepeda.

Foto: Getty Images

Todas las paradas
En este esquema donde la Argentina de Milei es pieza central del plan, las elecciones de 2026 seguirán condicionadas por esa gramática. Arrancará Costa Rica el 1 de febrero de 2026 y, si hubiese segunda vuelta, será el 5 de abril. Sale un cuestionado y debilitado gobierno conservador, el de Rodrigo Cháves, y competirán varios opositores moderados y la oficialista Laura Fernández. Todos vislumbran un balotaje con ella adentro.

En Perú, con llamado a las urnas el 12 de abril, por enésima vez se la juega Keiko Fujimori, expresión de la extrema derecha peruana que, aunque no gobierna desde la caída de su padre Alberto, ha condicionado al Gobierno de turno vía el Congreso unicameral legado de su progenitor. Como se sabe, en Perú prácticamente todos los jefes de Estado de estas décadas fueron expulsados antes de tiempo, exiliados en EE.UU. o presos. Uno, Alan García, se suicidó. El poder económico gobierna a través del manejo macroeconómico del Banco Central, donde su titular, Julio Velarde, pilotea desde 2006, y la política es pura corruptela y favores, con una población minoritaria viviendo de la renta minera y una enorme mayoría informal sobreviviendo. Es decir, el modelo que, dicho por él mismo, quiere Luis «Toto» Caputo para Argentina. Cuando alguien osó un programa distinto, se aplicó el lawfare, como lo supo el maestro Pedro Castillo. Si nadie gana en abril, los peruanos deberán votar de nuevo en junio y la nave desigual seguirá andando.

La siguiente parada será nada menos que Colombia, con un Gustavo Petro impedido de ir a reelección por la Constitución y permanentemente amenazado por Trump como «pieza» siguiente a Maduro. La izquierda es competitiva con un frente unificado que llevará como candidato de la sucesión al senador Iván Cepeda. Obviamente, el expresidente Álvaro Uribe, gran amigo y socio del canciller estadounidense Marco Rubio y de toda la reacción trumpista, viene armando con otros dirigentes la alternativa neoliberal. Victoria Dávila, Mauricio Cárdenas y otros exponentes de ese espacio competirán en una interna previa en marzo para unificar una sola plataforma. Las elecciones, en un marco donde Petro pudo avanzar en varias reformas, pero debió postergar otras por la oposición de un Parlamento que nunca pudo controlar, serán el 31 de mayo y el 21 de junio si hay balotaje.

Por su parte, el doliente Haití, en un tobogán de más miseria y violencia desde el asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, podrá imaginar al menos el principio de una mejor institucionalización y estabilidad a partir de elecciones llamadas para el 30 de agosto con una posible segunda vuelta en diciembre. El panorama de los candidatos, en el terreno más invisibilizado y dramático de toda la región, no está claro todavía.

Finalmente, el presidente de Brasil, Lula Da Silva, buscará su cuarto mandato el 4 de octubre contra quien resulte candidato de la derecha y del bolsonarismo. Lula y el hoy preso Jair Bolsonaro partieron al país en dos mitades hace cuatro años. Esa grieta sigue y resolverá su preferencia ese día o más probablemente en la segunda vuelta, a fin del mismo mes. La derecha tiene figuras fuertes para ofrecer, como el gobernador del estado de San Pablo, Tarcísio de Freitas, vinculado a una poderosa iglesia evangélica. El clan bolsonaro, el exmandatario y sus hijos, han amagado otras candidaturas familiares. El año irá definiendo la estrategia en función de la marcha y popularidad de Lula, quien ha sido un equilibrista en su tierra, aliado a sectores ideológicamente ajenos al PT, pero necesarios para la gobernabilidad, y jugando fuerte en la arena global, sobre todo apoyado en los BRICS. En estos meses, Lula enfatizó su mirada al Asia, como también hacia África en un camino largamente estratégico, y hasta lanzó guiños a la Unión Europea, queriendo acelerar un acuerdo comercial con el Mercosur. En cambio, el histórico compromiso de Lula con América Latina mermó. Ciertamente, no lo acompañan líderes que comulguen con él. Las diferencias que mantuvo con Maduro cuando era presidente (aunque Lula fue claro en condenar las acciones militares de EE.UU en Venezuela.) y un triángulo con Petro y la mexicana Claudia Sheinbaum que no termina de consolidarse en frente común, son un handicap para lo que podría ser una mejor resistencia a la ofensiva del trumpismo y de la derecha en la región. Hace pocas semanas, en un debate organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, el académico Juan Gabriel Tokatlian esbozó un «posible, aunque no necesariamente vaya a ser así», escenario donde, pasadas las elecciones de octubre en Brasil, toda la región esté encolumnada detrás de Trump. Se trata de la peor pesadilla del calendario electoral de 2026 para América Latina y el Caribe.

Estás leyendo:

Mundo CALENDARIO ELECTORAL 2026

Presidenciales con la sombra de Trump