4 de marzo de 2026

Vivimos una nueva forma de colonización. La propia inteligencia artificial se ha naturalizado, ha pasado a ser la máxima razón posible.
La máquina formatea poderosamente al ciudadano de tal manera que lo transforma en una nueva máquina. Para quienes vivimos los paradigmas del mundo analógico, sabíamos que la electrónica y los transistores fueron las máximas tecnologías posibles de toda una época donde también se construyeron fetiches tecnológicos. Hoy se hace necesario pensar en una nueva crítica de la cultura que provoque nuevas definiciones y nos posicione ante el mundo digital.
No se trata de negar las posibilidades que nos brinda la inteligencia artificial para todo tipo de producción y desarrollo, no se trata de tener una reacción moral o conservadora frente al avance científico: «no hay conflicto entre civilización y barbarie –diría el gran poeta cubano José Martí–, sino entre la falsa erudición y la naturaleza de las cosas».
Ante la necesidad de pensar la colonización algorítmica, tenemos que permitirnos estudiar cuáles son las formas de reapropiación posible y el uso político de las nuevas tecnologías. La primera crítica necesaria radica en entender, como dice el filósofo Miguel Benasayag, «que el cerebro aislado no piensa, es una interface que hace parte de un conjunto orgánico en el que todas las variantes en esa relación múltiple que las caracteriza y que de manera irreductible impulsan, dotan de energía y de todo lo necesario para que esa combinatoria que llamamos pensamiento simbólico exista». Es en esta complejidad del pensamiento simbólico donde el hombre se diferencia de la máquina, en esa suma de campos subjetivos, estados psicológicos, afectos y estados interconectados dentro de nuestro propio ser espiritual y orgánico donde el pensar existe dentro de esa condición integral.
Es importante destacar que todos estamos construidos por epifanías, experiencias poéticas, sueños, utopías. No todos sabemos reconocer esa integridad espiritual que nos representa tanto como hombres o como mujeres. A su vez, esos sueños, esos deseos amorosos son intransferibles. Nadie frente al mismo río o la misma ciudad o el mismo viaje registra las mismas sensaciones. Esta condición tan particular hace que sean intransferibles las subjetividades en juego de cada individuo, y en esa particularidad radica la riqueza de las diferencias frente al amor, el dolor o la alegría que cada uno percibe. A su vez, la producción cultural y artística remodela esos sentimientos y le da formas estéticas diversas como pueden ser el teatro, la música o la danza, que generan un gran impacto poético en la sociedad. Esta producción de sentido artístico genera belleza y aporta a la inteligencia humana. Justamente, es la inteligencia humana la que produce luego la inteligencia artificial.
En el terreno político, el neoliberalismo y las ultraderechas tratan de transformar al sujeto en alguien que solo puede consumir objetos que producen satisfacciones inmediatas, exaltando un gran individualismo de masas que se desprende de la historia real, viviendo presentes absolutos ajenos al conflicto social. El neoliberalismo ha formateado un nuevo sujeto que olvida el sentido de ser un ciudadano integral, con todo lo que ello implica. Miguel Benasayag tiene una definición muy profunda cuando aclara que «la máquina, por su parte, funciona de manera metafísica, como se ve burdamente en las tendencias transhumanistas: ideas, subjetividades o almas que se podrían trasladar como si fueran un software a otros soportes materiales. Inclusive el máximo de información de la máquina puede bloquear la capacidad de comprensión. La máquina tiende a bloquear esa intuición que es la emergencia, a partir de un conocimiento, que llamamos “hipótesis”. De hecho, el cerebro se la pasa haciendo hipótesis. En cambio (…), la máquina no hace hipótesis, sino que calcula; incluso cuando le pedimos al chat GTP que elabore una hipótesis, se trata de una recombinación. Los cerebros, a partir de la experiencia corporal, hacen hipótesis, se equivocan, vuelven a probar: “Es un gato… no, es un zorro”, etcétera. La máquina puede discretizar un gato o un zorro, pero no hay roce ni superposición (…). La máquina busca y no deja de buscar, y de vez en cuando saca una conclusión por cálculo, de acuerdo a la información que recibe. Para la máquina no hay un problema, sino siempre nuevas informaciones».
La descolonización respecto a lo que sería la colonización algorítmica es un camino que debemos abordar integralmente. No alcanza con luchar contra el capitalismo, ni proponer el voluntarismo militante únicamente para resolver el problema, porque el capitalismo y el algoritmo son consustanciales –razona Benasayag– y siempre vuelven a capturarnos. Porque mientras más se autoriza el despliegue de la máquina, más va a tender a colonizar, ya que su potencia para formatear es inmensa. Por eso la importancia de encontrar una distancia crítica y una reapropiación tecnológica para lograr una utilización transgresiva y descolonizadora de la máquina al servicio de un proyecto autónomo y liberador. Esto no deja de ser un problema político. Y lo interesante es que ya no nos alcanza solamente con las antiguas formas de hacer política. Es notable cómo la sociedad formateada por la máquina responde de una u otra forma a esa intervención algorítmica en la opinión pública.
Hay que ir en la búsqueda del tiempo perdido, que sería necesariamente el tiempo recobrado. Pensar con mucha decisión que debemos lograr la soberanía digital y la soberanía del comercio electrónico como parte de un programa político. En esta lucha anticolonial, encontraremos algunos de los motivos por los cuales los ciudadanos terminan votando a sus propios verdugos o cómo avanzan sin ningún tipo de control el comercio electrónico y las monedas virtuales.
