2 de marzo de 2026
Bajo el lema «La moral como política de Estado», Javier Milei inauguró las sesiones ordinarias del Congreso con un discurso de confrontación, datos dudosos y promesas inciertas. Insultos y agresiones hacia la oposición.

Guerra verbal. Un enardecido presidente, casi sin anuncios concretos y con acusaciones variadas para la oposición.
Foto: Getty Images
Javier Milei inauguró por tercera vez un año legislativo desarrollando un estudiado acto de campaña que tuvo mucho de la coreografía que lo llevó a la fama como panelista y que no cuesta tanto interpretar como la consolidación de un espacio propio de cara a la reelección. Y para eso −con más de dos años de gestión encima, cuando ya es tiempo de hacerse cargo de errores propios y no justificarse con el pasado− decidió elegir al enemigo que le permita disimular un presente aciago y plantear un futuro que no da señales de estar esperando a la vuelta de la esquina. De tal manera que esos 104 minutos de este domingo ante el pleno de la Cámara de Diputados fueron una enumeración de cifras manipuladas, cuando no directamente falsas, y de promesas inciertas bajo un manto de improperios, insultos, acusaciones y brulotes contra el kirchnerismo, centrados básicamente en la expresidenta Cristina Fernández, pero también contra legisladores de izquierda y hasta dueños de las mayores empresas industriales del país.
Como para que cualquier persona un tanto pudorosa pudiera decir, con sorna, que este 144º período de sesiones puede ser «el más ordinario» de todos los que se inauguraron en la sinuosa democracia argentina, a pesar del pomposo nombre para la ocasión: «La moral como política de Estado».
En la maraña de chicanas y cruces de todo calibre desplegados en cadena nacional, Milei puso sobre la mesa el núcleo de las transformaciones con que sueña desde hace décadas ese sector de la Argentina al que fanáticamente quiere representar. Con énfasis en enterrar conquistas sociales que se fueron construyendo a lo largo del siglo XX −la ley laboral, que consiguió aprobar horas antes, en lugar destacado− y una alianza con Estados Unidos tan fuerte como para atravesar su mandato, el de Donald Trump y más allá. «Es hora de hacer de esto una política de Estado», dijo. «Tenemos que crear el siglo de las Américas: Make Americas Great Again, de Alaska a Tierra del Fuego. Hagamos Argentina y América grandes nuevamente», arremetió, sin pruritos nacionalistas. O, más bien, enarbolando el concepto de nación que las élites sostienen desde el fondo de la historia argentina.
Que el discurso fue todo un acting se puede inferir desde algunos de los tuis previos surgidos de la granja de trols –con presupuesto del Estado nacional– que defienden incondicionalmente en las redes el mensaje oficial. El usuario SheIby, una de las cuentas que tiene más cantidad de seguidores en X, había publicado siete horas antes de que el jefe de Estado comenzara a hablar desde el pupitre frente al hemiciclo: «Se viene doma histórica de Milei en el Congreso». Durante el discurso, no tardó en aparecer en uno de los frecuentes cruces con algún opositor esa palabra que los mileístas usan asiduamente en las redes: «Me encanta domarlos», se ufanó el presidente.
Entre esos fantasmas ubicó a tres momentos dramáticos para los argentinos, que aseguró haber evitado cuando llegó al Gobierno: el Rodrigazo de 1975, la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001. «Un combo que nos hubiera convertido en Venezuela», dijo. Pero el detalle tal vez más palpable del guion con que se realizó un acto que de protocolar no tuvo nada, fue el momento en que Milei intentaba dar su versión de aquellos febriles días previos a las elecciones de medio término. «Comenzó a digitarse un ataque sin precedentes en la historia argentina que tomó su punto más alto luego de las elecciones del mes de septiembre en la provincia de Buenos Aires; algo que a opositores y propios, digamos, los hacía soñar con abrazar el sillón de Rivadavia». La cámara, precisa, tomó el gesto del presidente señalando con la cabeza a su vice, Victoria Villarruel, sentada detrás, impávida.
Que fue un mensaje estudiado −se sabe que lo hizo junto a su asesor Santiago Caputo− y no una manifestación de inestabilidad emocional ante provocaciones de la oposición se podría demostrar, por ejemplo, en la cobertura televisiva oficial. En ningún momento las cámaras mostraron a los legisladores que lo cuestionaban desde las gradas, pero sí a los aplaudidores frecuentes y al coro que tapaba toda critica de fondo. Una pena, porque el espectador se podría quedar con la sensación de que el presidente hablaba con fantasmas. Aunque en ciertos tramos podría hacerse pensado que sí, que necesitaba recurrir a fantasmas para explicar de qué se trataba la «más amplia reforma» en la historia argentina que pretende imponer.
Culpó de aquella crisis −«riesgo kuka», la llamó− a empresarios, medios de comunicación y al gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, denunciado por el fiscal Carlos Stornelli, quien, recordó Milei, «ha reabierto la causa por los hechos sucedidos en 2001. Esperemos que la Justicia avance no solo sobre los posibles actos de sedición, sino también sobre quienes pudieran ser los beneficiarios directos e indirectos de dichas acciones», dijo.
Si algo queda nuevamente claro es que su batalla cultural implica reescribir la historia argentina para acomodarla a las necesidades de esa élite a la que pretende representar. Por eso, entre los presentes en el palco, celebró especialmente a Alberto Benegas Lynch hijo, padre del diputado del mismo nombre e impulsor, desde su tierna juventud y especialmente desde el golpe de 1955, de las teorías de la Escuela Austríaca. Estas ideas ahora aparecen como eje de la campaña de 2027 y son presentadas como el camino elegido para el futuro nacional. Y para ello, el presidente se encargó este domingo de escarnecer y ridiculizar toda crítica. «No saben sumar», «son ignorantes», «la justicia social es un robo» y así.
En este contexto, el salvavidas que le arrojó Estados Unidos en octubre pasado aparece como un triunfo de su política exterior y no un acto desesperado. «El Gobierno de Donald Trump acudió en ayuda en nuestro país. Y esa ayuda no fue por cuestiones económicas, sino para defendernos contra el embate desestabilizador de los representantes del antiguo régimen. O sea, ustedes, los golpistas de siempre», espetó hacia la derecha de la pantalla.
Luego abundó en esa concepción de la geopolítica a la que pretende incorporar al país. «La Argentina ya dejó pasar dos veces el tren de la historia. En la Segunda Guerra Mundial, nuestra neutralidad nos costó décadas de marginalidad; con el No al ALCA nos quedamos afuera del mayor ciclo de expansión económica en la historia humana (…) El Atlántico Sur es el terreno de disputa estratégica de las próximas décadas: rutas comerciales, recursos naturales, soberanía marítima y la presencia creciente de actores que no comparten nuestros valores. Quien lo controle, controlará una parte clave del trabajo global. Argentina tiene que ser ese actor (…) Pero todo esto requiere una alianza estratégica duradera. Y eso es lo que estamos construyendo con Estados Unidos de Norteamérica», expresó Milei, sin atender lo que implica esa alianza a dos días del inicio de los bombardeos a Irán.
