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Trump, Irán y una tregua en crisis

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Manuel Alfieri

El alto el fuego por dos semanas abre una negociación que no garantiza el final de la guerra. El estrecho de Ormuz impacta en la economía global y expone los límites de la agenda bélica del presidente de EE.UU.

Amenaza brutal. El republicano y su ultimátum contra el país persa, en la conferencia del 6 de abril en la Casa Blanca.

Foto: Shutterstock

El alto el fuego de dos semanas acordado entre Estados Unidos e Irán abrió una pausa inesperada en una escalada que, hasta pocas horas antes, parecía encaminada hacia un salto militar de consecuencias imprevisibles. La tregua, frágil, alcanzada con mediación de Pakistán y condicionada a la reapertura del estrecho de Ormuz, no representa una paz duradera ni un principio de solución definitiva: es, ante todo, un freno temporal a la contienda bélica.

Fiel a su estilo, Donald Trump pasó de la amenaza al acuerdo. Poco antes de que venciera su brutal ultimátum –había prometido borrar del mapa a una población entera–, la Casa Blanca aceptó frenar los bombardeos durante 14 días a cambio de restablecer la navegación por Ormuz, una de las arterias de la economía global, por donde circula cerca del 20 % del petróleo del planeta.

Las negociaciones formales comenzarán el viernes en Islamabad. Aunque no se trata aún de un acuerdo político integral, las partes aceptaron utilizar como base de discusión dos documentos que ya circulaban en los días previos: uno estadounidense, de 15 puntos, y otro, de autoría iraní, de 10. Del plan de EE.UU. aún no se sabe nada. La propuesta persa incluye el levantamiento de sanciones, el pago de una indemnización por la agresión sufrida, la aceptación de su plan nuclear y el cese total de los ataques por parte de EE.UU. e Israel.

Trump se sentará a la mesa de diálogo sin haber cumplido ninguno de los objetivos que dieron inicio a su ofensiva: Irán no renunció a su programa nuclear, no limitó el alcance de su arsenal misilístico ni perdió capacidad de influencia regional. Tampoco se produjo el tan ansiado «cambio de régimen», a pesar de que Teherán perdió a muchos de sus líderes más importantes, entre ellos, Alí Jamenei.

¿Por qué, entonces, el presidente estadounidense aceptó la tregua? Los analistas coinciden en que la guerra se estaba volviendo demasiado costosa, tanto dentro como fuera de su país, y en todos los frentes. El cierre parcial del estrecho de Ormuz disparó la volatilidad del precio internacional del petróleo, reavivó temores inflacionarios y generó alarma inmediata en los mercados. Para una enorme porción del mundo, que depende en gran medida del petróleo que atraviesa esa ruta, la prolongación del bloqueo implicaba un escenario crítico.

Por otro lado, una ofensiva a gran escala contra Irán implicaba el riesgo de regionalizar todavía más el conflicto. Líbano, Irak, Siria y las monarquías del Golfo ya daban señales de una expansión de la guerra. 


Cuestiones de fondo
La continuidad de los bombardeos también era problemática en el frente interno. Ya sin posibilidad de reelección, Trump necesita exhibir liderazgo. Su intención de recomponer la hegemonía estadounidense a cualquier precio –sea violando el derecho internacional o amenazando con cometer un genocidio– no podía quedar empantanada en una guerra larga, costosa e impopular en Oriente Medio, un escenario que la opinión pública asocia con los fracasos de Irak y Afganistán.

La guerra despertó críticas incluso dentro de las filas republicanas. «No podemos aniquilar a toda una civilización. Esto es maldad y locura», dijo Marjorie Taylor Greene, hasta hace poco una de las referentes del movimiento MAGA. En la misma línea se expresaron otras figuras de la ultraderecha, como Alex Jones y Candace Owens, que directamente pidieron la destitución de Trump por considerarlo un «lunático genocida». Esas tensiones son particularmente sensibles en un año de fuerte movimiento electoral. Con comicios de medio término en noviembre, la guerra puede convertirse en una espada de Damocles para una administración ya tensionada por turbulencias comerciales, inflación y desgaste.

En relación con el futuro del acuerdo, la tregua parece ser demasiado frágil. Al cierre de esta edición, Irán había cerrado nuevamente el paso de buques petroleros por el estrecho de Ormuz, luego de que Israel bombardeara masivamente territorio libanés, mientras que países del golfo Pérsico denunciaron el lanzamiento de proyectiles desde territorio iraní.

La fragilidad también se expresa en cuestiones de fondo: ¿cuántos de los 10 puntos planteados por Irán pueden ser aceptados por EE.UU.? ¿Trump se resignará a salir del conflicto sin haber cumplido ninguno de sus objetivos principales? ¿Cómo actuará el poderoso complejo militar-industrial estadounidense, que hasta hace unas horas reportaba ganancias multimillonarias gracias a la guerra? ¿Qué posición adoptará Israel a largo plazo?

Esa última cuestión, la de Israel, es clave: al igual que con la destrucción total de Gaza, el premier Benjamin Netanyahu encuentra en la guerra con Irán una oportunidad para reforzar su narrativa de seguridad nacional y sacar del foco mediático otras cuestiones domésticas sensibles para su continuidad en el poder. La construcción de un enemigo externo es un recurso eficaz para consolidar liderazgos en crisis, mucho más cuando en el horizonte –octubre, a más tardar– asoman elecciones parlamentarias.

Puede que la tregua se sostenga durante las próximas dos semanas, pero su margen es estrecho. Todo indica que se trata de una pausa transitoria más que de un incipiente proceso de paz: una ventana para evitar una catástrofe inmediata, estabilizar mercados y ganar tiempo diplomático.

Desde Irán ya advirtieron: la apertura al diálogo no implica el fin de la guerra. La negociación que comenzará en Islamabad será el verdadero test. Allí se verá si la tregua es el inicio de una salida política o apenas un paréntesis antes de una nueva escalada.

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