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México 86 y la pregunta del nieto

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Ariel Scher

A 40 años del gol de Maradona a Inglaterra, aquella obra de arte sigue viva en la memoria colectiva. El segundo mundial ganado por la selección argentina, una historia que atraviesa generaciones.

Estadio Azteca. Definición del Diez argentino tras eludir a varios jugadores ingleses, el 22 de junio. El mejor gol de la historia de las copas del mundo.

Foto: Getty Images

Eso es la historia: un nieto termina de descubrir que los abuelos son hijos de los bisabuelos y, claro, los seis años invencibles, el asombro en cada pestaña, la curiosidad en el extremo sur de la lengua y el amor infinito le hacen soltar una pregunta imprescindible. Uau, qué pregunta:

–Abuelo, ¿qué hizo el bisabuelo cuando Maradona le metió ese gol a Inglaterra?

Será porque las cuatro décadas exactas del gol (o de los goles) de Diego el 22 de junio de 1986 caen en medio de otro Mundial o porque las figuritas le coparon el campo de interés y la pasión, pero ese nieto y bisnieto no indaga ni en cómo se conocieron el bisabuelo y la bisabuela ni tampoco en qué sudor les permitía comer cada noche. Diego, ese domingo que inauguró un invierno y una leyenda, la reiteración infinita de «la jugada de todos los tiempos» –como la llamó Víctor Hugo en el instante mismo–, la certeza de que ni el actor de esa jugada ni el fútbol ni el país ni mucho mundo fueron idénticos después de la jugada, el maradonismo indetenible que no se achicó sino que se expandió con el devenir de los almanaques: todo es un cóctel que ubica a esa circunstancia excepcional muy por encima de ser una circunstancia y de ser, inclusive, excepcional. Ejemplo: el nieto/bisnieto no interroga sobre la final de siete días después contra Alemania, también en el estadio Azteca, un partido mucho más entretenido que el de los cuartos de final frente a los duros ingleses, el duelo que le dio a la selección su segundo supertítulo por un 3 a 2 trepidante. Y no interroga sobre los múltiples episodios de dentro y de fuera de las canchas que podrían invitarlo a descubrir quién fue su bisabuelo. Lo que quiere saber es ese momento, esa cumbre, ese gol.

El periodista Juan José Panno, habitante del Azteca aquella tarde, asegura que conoce detalle por detalle ese gol a través del millón de ocasiones en que lo vio en pantalla, pero asume que se le difumina qué le sucedió en el instante preciso. El exfutbolista Jorge Valdano acepta que, con el paso de los calendarios, lo impacta más que Diego le haya confidenciado en el vestuario que lo siguió con una parte del ojo en toda la jugada que los once segundos durante los que fue inventada esa corrida única. Millones de individuos que no recuerdan ni su penúltimo almuerzo identifican hacia dónde soplaron cada aire en el transcurso de aquella maniobra con destino de eternidad. El periodista Andrés Burgo, autor del libro ahora vuelto película El partido, recorrió cada pasillo secreto de ese 22 de junio, pero ni duda en que la médula de la médula es el gol. El gol es el gol, pero es otra cosa: una llave hacia todas partes, hacia la propia existencia y hacia la existencia de los demás, el Everest en medio de la rutina llana, un fuegi a la que la piel de lo popular y la industria de la comunicación le añaden una llama más. Si Jorge Luis Borges, que se murió durante aquel Mundial sin expresar inquietud por la pelota, parió su Aleph, que es lo más extraordinario que es posible generar a través del matrimonio entre la imaginación y las palabras, que es un cuento en el que en un punto caben todos los puntos, que es genial, entonces, genio más genio, Borges más Maradona, el gol, ese gol, es eso. Ahí residen millones de jugadas intentadas por argentinos y por no argentinos, miles de escenarios políticos y sociales que generan que un hecho se transforme mucho más que en un hecho, la pregunta fundamental de un nieto a un abuelo.


Abrazos de gol
Un abuelo funciona como un abuelo y, por eso, ese abuelo aprovecha para urdir un mensaje más ancho. Que ese día en la selección fueron titulares Pumpido, Cuciuffo, Brown, Ruggeri, Olarticoechea, Giusti, Batista, el Negro Enrique, Diego, Burruchaga y Valdano. Que al gol de Maradona la continuaron unos cuantos pánicos deportivos porque Inglaterra introdujo al desequilibrante Barnes y casi trunca la épica pero acabó 2-1. Que el equipo se fue haciendo desde la dificultad y desde la ilusión. Que el técnico que cinceló esa ruta fue Carlos Bilardo. Que nada queda en medio de la nada y que ese gol integra un camino: en la primera rueda, valieron dos victorias sobre Corea del Sur y sobre Bulgaria, además de un empate bravo con Italia; en los octavos de final, Uruguay no ejerció de obstáculo fácil; en la semifinal, Diego narró dos poemas con los pies ante los belgas. Un vagón de conmociones todo eso. Los años, con su poder para desmalezar, no esfumaron nada pero a nada entronizaron como al gol de Diego.

Héroes. Maradona y Pedro Pablo Pasculli, en andas, tras la victoria sobre Alemania 3 a 2. La celebración por la conquista del mundial fue imponente.

Foto: Getty Images

Y eso que los archivos de los mundiales suelen detenerse en la final.

Qué final la del 29 de junio de 1986: bajo un calor fatigante, repitiendo los once de comienzo del desafío con Inglaterra, con los tantos entusiasmantes de Brown (ese cabezazo luminoso, ese hombro salido de sitio que no constituyó dolor bastante para que abandonara el campo) y de Valdano («no sé por qué, cuando empezó la jugada, yo estaba casi de 4, si sé que terminé muy cansado por el gol y por los festejos y que Diego me dijo que, en los minutos posteriores, a Briegel, mi marca, un decatleta, lo perseguía él»), con la réplica de los alemanes hasta ponerse 2-2, con Diego y la bola que se encontraron en la zona de mediacancha para que partiera un pase geométrico –el más geométrico de los pases– y Burruchaga empujara el tiro suave del 3 a 2 definitivo, con todo tornado en fiesta. Y eso, encima, que, en el después de la final, hubo multitudes emponchadas en blanco y celeste, hubo consideraciones –suele haberlas– sobre el engarce ambiguo entre el fútbol y la nacionalidad y/o el nacionalismo, hubo balcón presidencial para el plantel pero sin presidente porque Raúl Alfonsín no cedió a la tentación de broncearse de protagonismo, hubo más cantos para enrostrarle el éxito a Inglaterra (el antagonista imperial en la Guerra de Malvinas de 1982, el antagonista imperial de huellas marcadas bastante antes de 1982) más que a Alemania, hubo eso y muchísimo más que eso.

Pero, igual, Diego. Ese gol de Diego. Ese nieto y bisnieto que necesita algo diferente del silencio.

Con semejante equipaje encima, al abuelo se le agotan los minutos para devolver una respuesta. Piensa en su viejo, entrañable, futbolerísimo, noble tipo, dador de incontables hallazgos que justifican vivir. Y responde:

–Tu bisabuelo, mi papá, vio ese gol sin creer lo que veía. Casi se le salieron los ojos de los anteojos. Después, lloró, rio y me abrazó. Como yo, ahora, te abrazo a vos.

Esa es la historia.

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