29 de julio de 2026
El historiador Ezequiel Adamovsky analiza las acusaciones contra la Argentina que se expandieron en redes sociales durante el tramo final del Mundial. Prejuicios, falsedades y verdades incómodas.

Las acusaciones de racismo contra la Argentina que circularon en los últimos días trascendieron las redes sociales y abrieron una discusión atravesada por la historia, la identidad nacional y los prejuicios. La virulencia de las críticas reactivó viejos estereotipos y puso en primer plano una pregunta incómoda: cuánto hay de realidad y cuánto de construcciones infundadas en la idea de una Argentina racista. «La Argentina tiene un problema serio de racismo, pero decir que es el país más racista del mundo es un disparate que no tiene ningún sustento», sostiene Ezequiel Adamovsky, doctor en Historia por la University College London (UCL), licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigador del CONICET. Especialista en el estudio de las identidades sociales, étnicas y políticas, el historiador revisa las raíces históricas del racismo, su dimensión material y las diferencias entre la experiencia argentina y la de otros países. «En términos de racismo, ningún país latinoamericano se compara con Estados Unidos», advierte.
–¿Cómo entiende el racismo en el contexto de la historia y la sociedad argentina?
–Lo primero a tener cuenta es que el racismo no es una cuestión individual de actitudes que pueda tener una persona de despreciar a otra; es algo mucho más profundo: estructura los vínculos en la sociedad. Consiste en que determinadas personas, por lo que se supone que portan sus cuerpos, son consideradas inferiores y por eso sufren consecuencias concretas. En ese sentido, el racismo marca muy profundamente a todas las sociedades, como mínimo a todas las sociedades atlánticas. Es el resultado de siglos de colonización, en los que los países europeos raptaron poblaciones africanas para trasladarlas a las Américas para trabajar y servilizaron a la población indígena.
«El orden colonial construyó la idea de la superioridad del hombre blanco como justificación y derecho a colonizar, a reordenar la vida de otras sociedades y a servirse del trabajo y de la riqueza que generaba ese trabajo.»
–¿Cómo se tradujo ese proceso histórico en la organización de nuestras sociedades?
–La raíz del racismo surge como una práctica discriminatoria para repartir ventajas y desventajas. En América, eso se tradujo en que clase y etnicidad o raza quedaron combinadas: se construyó una jerarquía de clases sobre la base de diferencias étnicas. El orden colonial construyó la idea de la superioridad del hombre blanco como justificación y derecho a colonizar, a reordenar la vida de otras sociedades y a servirse del trabajo y de la riqueza que generaba ese trabajo. Al mismo tiempo, destruyó África. Las consecuencias de ese ordenamiento social todavía se observan en todos los países del Atlántico; aunque uno podría ir más allá del Atlántico incluso.
–¿Cuáles son esas consecuencias a las que alude, puntualmente?
–Las consecuencias están a la vista. África sigue siendo un continente devastado y, en América, todos los países de la región muestran un fenómeno similar: cuando se observa la relación entre clase social y color de piel, aparecen correlaciones muy evidentes. Los sectores más ricos suelen ser de tez blanca, mientras que los sectores más pobres suelen ser de tez más oscura o negra, y de ancestralidad indígena, africana o ambas. Eso estructura a la Argentina, como a Chile, Perú, Brasil, México y Estados Unidos. Es un fenómeno mucho más profundo que la plasmación cultural: lo más relevante es su dimensión material.
–¿Cómo se materializa el racismo en la vida cotidiana?
–Hay personas que se benefician de que el trabajo de otras sea barato. Si uno observa cuáles son los trabajos peor remunerados en nuestro país y quiénes los realizan, verá que quienes los hacen suelen tener la tez amarronada, mientras que quienes se benefician de esos salarios bajos suelen tener la tez clara. Se plasma también cuando uno ve cuáles son los rostros del gatillo fácil. Esa es la plasmación material del racismo. Y luego aparece el vocabulario, pero es lo menos importante. Algunos países aprendieron a controlar el vocabulario racista y dejaron intacto todo lo demás. En la Argentina no aprendimos a hacerlo y somos capaces de decir cualquier barbaridad, sobre todo en la cancha, pero esa es la capa más superficial del racismo. Si uno se queda solo en el vocabulario, podría parecer que hay una diferencia abismal entre un canadiense o un estadounidense y un argentino, pero al observar la dimensión material del racismo, la diferencia no es tan evidente o, al contrario, pueden ser más racistas en lo material países que controlan mejor su vocabulario.
–El Mundial reavivó el debate sobre la relación entre Argentina y el racismo. En ese marco reaparecieron viejas acusaciones y estereotipos sobre el país. ¿Cuáles son esas percepciones y hasta qué punto se sostienen en hechos o responden a ideas instaladas?
–Hay varias acusaciones que retoman estereotipos falsos. Por un lado, la que presenta a la Argentina como un país especialmente racista con los afrodescendientes y, en menor medida, con los pueblos originarios. Por otro lado, también persiste otro estereotipo muy antiguo que tiene que ver con la idea de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la Argentina protegió y cobijó nazis.
–¿De dónde proviene esa acusación?
–Es un estereotipo falso y perdurable, repetido por el cine estadounidense y las redes sociales. Surgió en 1940, en el contexto del enfrentamiento entre Perón y el Gobierno de Estados Unidos. No hay ningún motivo particular para considerar a la Argentina el gran refugio nazi. Estados Unidos recibió muchos más criminales nazis y además su Estado les pagó sueldo y los protegió durante décadas, cosa que en Argentina no pasó. Sin embargo, cargamos con ese estereotipo porque efectivamente hubo criminales nazis escondidos en la Argentina, como los hubo en Estados Unidos, Francia, incluso en la Unión Soviética y en el resto de los países europeos y en otros países sudamericanos. Ese estereotipo se reactiva cada dos por tres.
–¿Por qué ahora?
–Se reactivó en este último Mundial y le da más credibilidad a la idea de que Argentina es un nido de racistas espantosos. Porque si éramos nazis, imaginemos cómo seríamos ahora con la población indígena o negra. Acá aparece otra cosa que es nueva, que registré en el Mundial de 2022, y es que apareció todo un debate bastante tonto en referencia a que no había jugadores negros en la selección. A partir de ahí empezó a circular, sobre todo entre personas del hemisferio norte que no conocen mucho la historia argentina, la idea de que la Argentina es un país particularmente hostil hacia los negros e, incluso, afirmaciones de que el Estado argentino exterminó a los negros, algo que es totalmente falso.
–¿Qué explica la intensidad que alcanzó esta campaña de demonización de la Argentina, como usted la llama? ¿Hasta qué punto confluyeron en ella viejos estereotipos y la coyuntura política actual?
–Creo que a estos estereotipos falsos se suma la percepción de que la Argentina es un país de extrema derecha por su presidente actual. Esto se combinó además con una reacción internacional muy fuerte frente a lo que ocurre en Palestina y con el posicionamiento del Gobierno argentino respecto de Israel. Es muy lamentable, pero en esa acusación hay una parte de verdad, aun cuando la gran mayoría de los argentinos condena el genocidio de Israel en Gaza. Todos esos motivos, sumados a los temas futbolísticos, terminaron confluyendo en esta campaña de demonización.

–Aunque muchas de estas acusaciones parten de un profundo desconocimiento de la Argentina y, muchas veces, también de la historia de los propios países desde donde se formulan, si miramos hacia adentro, ¿hay aspectos de nuestra historia, prácticas sociales o discursos públicos que hayan contribuido a darles verosimilitud o a reforzar esa imagen de la Argentina en el exterior?
–Sí, creo que hay cosas que los argentinos hacemos y decimos que hicieron más receptivas esas acusaciones. Una son los cantos de cancha. Tenemos una cultura de cantos de cancha que es tremendamente agresiva. Los argentinos esto lo decodificamos como parte de un folklore, pero para sociedades que ya se acostumbraron a pulir su lenguaje y quitarle cualquier forma de agresividad racista, eso resulta tremendamente chocante. También influye que la Argentina sea uno de los pocos países de América Latina, junto con Costa Rica, que se imagina como una nación racialmente «blanca» y culturalmente «europea», a diferencia de otros de la región, donde las élites propusieron narrativas de unidad que invitaban a sus ciudadanos a imaginarse como una nación mestiza o heterogénea en sus colores, y heredera de influencias culturales más variadas, incluyendo las africanas e indígenas.
«Maradona era afrodescendiente, pero no lucía negro, porque en este país sus antepasados se mezclaron con blancos durante un montón de generaciones.»
–¿Qué similitudes y diferencias existen entre las formas que adopta el racismo en la Argentina y aquellas que se observan en Estados Unidos y Europa?
–Tanto en Estados Unidos como en Europa y la Argentina, quienes realizan los peores trabajos, ganan menos y son más violentados son cuerpos no blancos. Pero en la materialidad del racismo y en la violencia concreta, Estados Unidos y Europa son incomparablemente más racistas que América Latina, Argentina incluida. Estados Unidos tiene una historia racial muy singular, marcada por formas de violencia espeluznantes, comparables solo con casos como la Sudáfrica del apartheid o la Alemania nazi, cuyo legado aún se observa hoy. Argentina tiene una historia más cercana a la de América Latina: desde la Revolución de Mayo comenzó a desmantelar la esclavitud, no tuvo segregación legal ni prohibiciones de matrimonios interraciales y desarrolló una sociabilidad popular más mixta e integrada. A diferencia de Estados Unidos, en la Argentina no hubo regímenes de segregación racial. Eso no significa que no hubiera racismo, pero esa mezcla es una de las razones por las cuales muchas personas no perciben la presencia afroargentina –aunque es muy importante–, ya que muchos descendientes de afroargentinos del siglo XIX no lucen hoy negros.
–Ahí la explicación a los comentarios que circularon sobre la ausencia de jugadores negros en el plantel argentino…
–El equipo tuvo jugadores negros en su plantel bastante antes que la mayoría de los países europeos. Y siguió teniendo afrodescendientes más tarde. Maradona era afrodescendiente, pero no lucía negro, porque en este país sus antepasados se mezclaron con blancos durante un montón de generaciones, cosa que en Europa y en Estados Unidos no pudieron hacer porque hubo leyes que lo prohibían.
–¿Cómo influyen las redes sociales y la lógica de sus algoritmos en la difusión de este tipo de narrativas?
–Todo esto está muy atravesado por las tecnologías de comunicación que usamos desde hace algunos años, especialmente las redes sociales, que están diseñadas para premiar la idiotez. No se trata solo de la soberbia de la ignorancia, que existe desde siempre, sino de una estructura comunicacional y económica que incentiva y premia la circulación de este tipo de contenidos. Es una buena invitación a mirar qué nos pasa internamente: hay un sistema que premia la difusión de información falsa y que no funciona por casualidad, sino de manera deliberada.
«Asistimos a retrocesos que no son únicamente discursivos, sino también materiales. Este Gobierno clausuró todo y habilitó el desprecio en el debate público».
–¿Qué es lo que más le preocupa del modo en que se está dando el debate sobre el racismo en la Argentina?
–Varias cosas. Por un lado, no creo que estos estereotipos que se lanzaron estos días vayan a disiparse rápidamente. Me preocupa, también, un tipo de reacción defensiva que sostiene que en la Argentina no existe el racismo, porque esa negación, además de absurda, termina reforzando los argumentos de quienes demonizan al país. A la vez, me preocupa el impacto que tiene el racismo en nuestra vida democrática. En los últimos años veníamos construyendo políticas afirmativas interesantes: el trabajo del INADI, la reversión de la invisibilización de los afroargentinos, el reconocimiento de lo afro y lo indígena y las políticas de devolución de tierras. Hoy asistimos a retrocesos que no son únicamente discursivos, sino también materiales. Este Gobierno clausuró todo y habilitó el desprecio en el debate público.
