14 de marzo de 2019
Lahore, una de las más bellas ciudades de Pakistán, antes de la división con la India en 1947, fue uno de los principales centros comerciales del sudeste asiático donde reinaba el multiculturalismo, y donde musulmanes, sijs e hindúes se entrelazaban.
Aunque no ha perdido su encanto con sus mercados y templos, hoy su gran atracción es el puesto fronterizo de Wagah, a escasos 20 kilómetros de la ciudad. Mientras los gobiernos de Pakistán y la India alistan sus tropas para una eventual nueva guerra, en Wagah se desarrolla uno de los espectáculos más surrealistas que se puedan ver hoy. Al anochecer, en el momento de arriar las banderas, los soldados de ambos lados de la frontera comienzan una ceremonia marcial y se enfrentan cara a cara para demostrar que sus pasos aprendidos en la academia militar son mejores que los de sus históricos enemigos. Esto podría quedar como una anécdota si no fuera porque en las dos zonas se montan tribunas como si fuera un estadio para que una multitud pueda presenciar el espectáculo. Del lado pakistaní para darles ánimo a los guardias se comienza a corear «Pakistán, Pakistán», y del otro lado de la valla, se escuchan gritos de «Indostán, Indostán», el antiguo vocablo persa que identifica a la India.
En un momento se abren las vallas de manera simultánea para que los soldados puedan arriar sus banderas mientras se miran con odio. Todo transcurre en segundos al calor de una muchedumbre que sigue coreando el nombre de los países.
La ceremonia es apenas un reflejo del odio entre Pakistán y la India, que ya provocó tres grandes guerras y que hoy tiene en vilo al mundo porque ambos países poseen armamento nuclear. Las banderas por lo general no causan guerras, pero un avión derribado la puede desatar.
