Dinero global

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En junio, Facebook anunció el lanzamiento de una moneda digital. Sin embargo, la desconfianza por su manejo poco transparente de los datos y las críticas de bancos y Estados obligaron a la empresa a dar marcha atrás. Los nuevos modelos de negocios.

(Foto: Shutterstock)

Empresas como Facebook, Google o Amazon, nacidas hace poco más de dos décadas, se cuentan ya entre las corporaciones de mayor cotización en el mundo. Su crecimiento veloz tiene un particularidad: pese a una revolucionaria tecnología que permitió conectar millones de personas, hacer búsquedas en internet o decir en tiempo real por dónde conviene manejar, no encontraron formas novedosas de generar ganancias. En el caso de Google y Facebook, por ejemplo, lo que hicieron fue comer de la misma torta publicitaria global de donde se nutrían, entre otros, los medios de comunicación masiva tradicionales. La diferencia la hicieron concentrando un gran mercado en sus manos gracias a una eficiencia que solo los datos y la segmentación del mercado pueden dar.
Este modelo de negocios les permitió un meteórico crecimiento pero también una dependencia muy grande del mercado publicitario. El 98% de los ingresos de Facebook y más del 80% de los de Google provienen de allí; entre ambas empresas se apropian del 60% del mercado publicitario online, el cual está a punto de alcanzar en volumen al viejo sistema tradicional. El problema de tanto éxito es que los inversores se han acostumbrado a un crecimiento continuo de sus ganancias y presionan a la empresa para que no baje el ritmo.
Por ahora el crecimiento de Facebook sigue siendo veloz: en el último trimestre aumentó su facturación en un 28% respecto al año anterior. Sin embargo, el nicho publicitario está mostrando señales de agotamiento, entre otras cosas, porque está atado a la lánguida economía global. Frente a esta situación, las empresas deben buscar nuevos espacios de conquista. Por eso es que nuevas startups se lanzan sobre el mercado hotelero (AirBnb), de  transporte (Uber o Lyft), cine (Netflix), entre otros. Facebook, consciente de los límites de su nicho, comenzó a acechar uno de los mercados más ricos y tentadores: el financiero.

Servicios financieros
A mediados de junio Facebook lanzó con bombos y platillos una moneda digital basada en blockchain (ver recuadro) llamada Libra. Según las propias declaraciones de la empresa, la moneda tendría varias ventajas: en primer lugar, su practicidad. Cualquier persona podría hacer transferencias sin problemas a cualquier parte del mundo simplemente haciendo click en su celular, incluso utilizando aplicaciones como Whatsapp y sin importar las distancias, lenguajes o fronteras. En segundo lugar, esta simpleza permitiría a millones de personas que no tienen acceso al sistema bancario utilizar servicios financeros por primera vez en su vida. En tercer lugar, la tecnología aplicada permitiría reducir enormemente los costos y, por lo tanto, abaratar las comisiones. Por último, para evitar la volatilidad de otras criptomonedas (o monedas virtuales), la Libra se compraría con dinero real como dólares, euros o yenes que quedarían como garantía de su valor.
Uno de los puntos fundamentales de la moneda, aclaró rápidamente Facebook, es que sería administrada por una asociación formada por cien empresas. Rápidamente se sumaron corporaciones como Vodafone, Spotify, la argentina Mercado Libre, pero también corporaciones financieras como Visa, Mastercard o PayPal que de esa manera se sumaron al proyecto. Probablemente les pareció la mejor opción al ver lo que les ocurrió, por ejemplo, a las empresas cinematográficas con Netflix, a las discográficas con Spotify y a otros que no comprendieron hasta qué punto estos recién llegados digitales afectarían sus negocios. La asociación de Libra, radicada en Suiza, se encargaría de producir un estatuto aprobado por todos. Para dar más garantías de que la moneda sería un espacio de libre competencia al que todos tendrían acceso, liberó su código para que cualquier interesado pueda desarrollar sus propias «billeteras virtuales» y competir en una (supuesta) igualdad de condiciones. Semejante maravilla financiera se pondría en funcionamiento en el año 2020.
El éxito de una moneda sumergida en esta plataforma que cuenta con más de 2.400 millones de usuarios (casi un tercio de la población mundial) está prácticamente garantizado; podría ser simplemente un botón más en una pantalla conocida. En países como Argentina, con una inflación galopante, sería un buen refugio para los ciudadanos que podrían pasar todos sus pesos a Libra rápidamente y evitar su desvalorización.
Sin embargo, no todo es tan simple.Puede fallar
El énfasis de Facebook en el control distribuido de la moneda tiene que ver con que su reputación está muy dañada. El escándalo de Cambridge Analytica desembocó en julio de este año en una multa de 5.000 millones de dólares y la exigencia de garantías en la gestión de los datos privados de los usuarios. La sociedad en general ya no mira con tan buenos ojos a estas corporaciones que, pese a estar dirigidas por jóvenes de remera y jeans que hablan de sueños de conexión y horizontalidad, están sacudiendo el sistema económico y político mientras se llenan los bolsillos. Incluso los bancos reaccionaron al ver que eran los próximos en la fila de afectados por el desembarco digital y exigieron explicaciones.
Uno de los mayores problemas sería la opacidad de la moneda frente a los controles del Estado. Si conocer los movimientos en Libras parece difícil para los EE.UU., en el resto de los países resultarían directamente inaccesibles: ¿cómo podrían las autoridades locales, como la AFIP, saber qué transacciones se producen en el país si ocurren dentro de servidores a los que no tienen acceso? ¿Podrían pedirle a Facebook que amablemente comparta la información de sus usuarios? Todo el sistema impositivo que permite financiar los servicios y funciones del Estado correría serios riesgos. De hecho, en nuestro país ya existe una discusión similar acerca del rol de Mercado Libre, una plataforma de compras en la que se realizan transacciones y se ofrecen servicios financieros sin que la empresa esté controlada como una entidad de ese tipo.
Por todas estas razones, distintos sectores del poder político, sobre todo de los EE.UU., se mostraron más rápidos que otras veces y salieron al cruce del proyecto. A las pocas semanas del anuncio de Libra, David Marcus, el líder del proyecto, fue convocado por los Senadores del Comité de Bancos de los EE.UU. para que diera explicaciones. Las primeras preguntas se enfocaron en por qué el Congreso debería autorizar este experimento tecnológico con el sistema financiero luego de la seguidilla de escándalos en los que está envuelto Facebook. La desconfianza de los reguladores plantea un problema irresoluble: si la principal virtud de Libra es la facilidad con la que todos pueden comenzar a usarla sin demasiados trámites, ¿cómo podría entonces controlarse para que no se use para el narcotráfico, evadir impuestos o lavar dinero? Incluso Donald Trump se preguntó eso mismo en un tuit, dando una idea de la resistencia que tendría el proyecto. El problema no parece tener solución: si hay controles, la moneda no va a ser tan fácil de usar; si no los hay, puede transformarse en el espacio ideal para todo tipo de delitos.
Facebook suele tener una política de pedir perdón en lugar de pedir permiso, pero esta vez se encontró con una rápida resistencia y hay rumores de que el lanzamiento será postergado. Luego de sus visitas al Congreso, David Marcus declaró: «Facebook no ofrecerá la moneda digital hasta que hayamos abordado por completo las inquietudes normativas y recibido las aprobaciones apropiadas».
Así las cosas, los Estados nacionales parecen dispuestos a defender uno de los pilares sobre los que se construye su autonomía: la moneda.

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