Cultura

Rebeldía pop

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A partir de la denuncia de la desigualdad, el consumismo y la guerra, las obras del artista urbano impactan en la cultura global y se cotizan en millones de euros. El enigma que rodea a su identidad. ¿Resistencia o mercado? Opinan los especialistas.


Sorpresa. La imagen de la niña triturada frente a los coleccionistas de Sotheby’s.

anksy lo hizo de vuelta», tituló la prensa británica algunos meses atrás. Esa tarde, el martillo de la muy paqueta tienda de subastas Sotheby’s, en Londres, marcó la venta de una de sus obras por 1,18 millones de euros. La imagen en cuestión mostraba a una niña de pelo arremolinado al viento, que soltaba un globo rojo con forma de corazón, una pequeña reproducción de un mural pacifista sobre el conflicto sirio, que además es uno de sus trabajos más conocidos. Hasta ese momento, era la obra más cara hecha por un artista urbano y grafitero. Ante los ojos de los coleccionistas presentes, una trituradora escondida en el marco del cuadro recién comprado mutiló la imagen casi por completo, en segundos. Y mientras el video que atestiguó el momento de la autodestrucción se viralizaba en las redes, la cotización de la obra se duplicaba.
¿Cómo se entiende este fenómeno que parece no tener ningún sentido? Se explica solo a través del enigmático y polémico personaje detrás de esta escena de película. Banksy es el mismo que colgó una versión de La Gioconda con cara de emoticón sonriente en el Louvre; el que infiltró una muñeca inflable vestida de prisionero de Guantánamo en una montaña rusa de Disney; o el que colocó una falsa pintura rupestre, donde se veía un hombre que empujaba un carrito de supermercado, en una sala del Museo Británico. Amante de los trucos y el efecto sorpresa, goza de una popularidad que cosecha fans por doquier y también detractores que lo tildan de publicista y marketinero. Y todo sucede en la total incertidumbre: jamás hizo una aparición ni declaración ni manifestación a cara descubierta.
Su verdadera identidad es un enigma y las especulaciones ya forman una bola de nieve: que nació en Bristol, en 1974; que fue carnicero y su padre un técnico de fotocopiadoras; que en los 80, durante el auge del grafiti en su ciudad, se fascinó con esta tribu y ya entrados los 90 salió a pintar a la calle. La obsesión por saber quién es llevó al diario Daily Mirror a publicar un artículo detectivesco en el que supuestamente revelaban su verdadero nombre: Robin Gunningham. Teoría, claro, negada por el manager de Banksy. También hay un mito que dice que se trata de Robert Del Naja, conocido aficionado al street art y líder de Massive Attack. Pero ninguna versión parece apagar la fiebre por saber: una vez, una caja de pizza que el artista tiró en un contenedor de Los Ángeles reapareció luego en eBay, donde el vendedor sugería que las anchoas que quedaban dentro podrían entregar rastros de su ADN.
A la vista de todos, pero sin que nadie pueda verlo. Encapuchado y escondido en la penumbra de un set –así aparece en Exit Through the Gift Shop, el documental que dirigió–, Banksy ocupa cada vez un poco más ese epicentro cultural que es el mundillo del arte internacional. Dice el artista urbano y diseñador gráfico Elian Chali: «Está en las colecciones de arte contemporáneo más importantes del mundo, hace proyectos con artistas de primera línea como Damien Hirst o el rapero Stormzy, incluso los museos se patinan en baba por tenerlo. Hay remeras con estampas suyas en La Salada y posters de sus sténciles en museos pueblerinos de Rusia. Es decir, llegó a los lugares más recónditos del mundo».
Una mucama con uniforme de punta en blanco, que barre la basura debajo del muro; una pintada con el lema «Sigue tus sueños», sobre la que un empleado de limpieza coloca un cartel que reza «cancelado». La niña de una icónica fotografía de los bombardeos en Vietnam que, reubicada por el artista, ahora va de la mano de Mickey Mouse y Ronald McDonald. O un osito de peluche que arroja una molotov a la policía. Banksy creó cerca de 350 obras en dos décadas. Unas 190 son intervenciones generadas en la calle y la gran mayoría son plantillas, pero también hay pintura al óleo y acrílica, esculturas, taxidermia, robótica e instalaciones (como Dismaland, un parque de atracciones, pero del horror, que emula al de Disney). Para sus obras elige espacios públicos, que representan el corazón de lo que denuncia. Ya lo hizo frente al hotel Hilton, las oficinas del holding Barclays PLC y el Parlamento británico.

Para Valeria Barrasa, editora de Murales Buenos Aires, revista de difusión del arte mural, parte de su fama se explica en la forma creativa en la que usa una red social en auge para posicionarse públicamente: su perfil de Instagram tiene más de 7 millones de seguidores. «Y además de irrumpir con acciones que movilizan el modo en que miramos o aceptamos las cosas, también ha logrado hacer de la transgresión un gran negocio», dice. Es el artista urbano que ha realizado las intervenciones más mediáticas: sus obras son metáforas teledirigidas que apuntan contra el estilo de vida y la lógica capitalista. Sin embargo, es sabido cómo el sistema encuentra la vuelta para apropiarse de los discursos críticos, a los que muchas veces logra neutralizar.

Círculos que se abren
«El street art como práctica cada vez más consolidada dialoga con el arte institucionalizado y con el mercado, no solo del arte sino con el mercado en general. Por ejemplo, cuando las empresas buscan posicionar una marca a partir de asociarse con ciertos sentidos de lo joven, lo dinámico», apunta Claudia Kozak, doctora el Letras y autora del libro Contra la pared. Sobre grafitis, pintadas y otras intervenciones urbanas. «Desde ese punto de vista, algo que comenzó contestando los sentidos hegemónicos de lo urbano puede cambiar de sentido».
Las obras de Banksy denuncian desigualdades, corrupción, consumismo, conflictos bélicos, desastres naturales provocados por el hombre. No hay lugar para ambigüedades y, muchas veces, es justamente eso lo que hace que su obra sea catalogada de panfletaria o ficticiamente crítica. «Banksy es otra cosa, no es parte del movimiento de pintura en la calle: es un fetiche, pertenece más al mercado», dice la muralista Milu Correch. «Es más, su obra representa una falsa resistencia. Lo que hay, finalmente, es una capitalización, por parte del mercado, de la pobreza y de las luchas, una estetización de las resistencias. Un artwashing: un lavado de cara a través del arte», agrega.

¿Conservadurismo o resistencia? La discusión sobre si lo que produce este artista con espíritu vandálico es un producto más de un mercado que todo lo deglute o una flecha que abre una herida en el sistema, sigue abierta. La obra de Banksy ya es parte del establishment cultural, eso es cierto. Un espacio antes vedado para el arte urbano, que él logró abrir para que otros puedan pasar. Eso también es cierto.
«Banksy ocupa un lugar importante, si sus obras se venden por millones excede al artista y responde a la lógica mercantil que quiere hacer de este movimiento algo comerciable», opina Fede Minuchín, integrante del colectivo Run don’t Walk, y uno de los argentinos que más cerca estuvo de este personaje. Minuchín participó junto a él en el Cans Festival y le contó a esta revista que aunque no llegó a tratarlo personalmente, sí pudo ver en vivo y en directo cómo trabajaba.
Para Adriana Laurenzi, licenciada en Artes Plásticas de la UBA y docente, Banksy logró un perfil específico, una imagen propia. «Tiene que ver con lo que se plantea hoy en el arte contemporáneo, que es un arte más masivo», define. «Con ese giro hacia una cultura de masas y mediática, que tiene cada vez más fuerza, el arte es también así de masivo: llega más rápido al público, dejando atrás al arte solo como un reservorio de élites intelectuales».

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