Mundo | 200 AÑOS DE LA DOCTRINA MONROE

El guion de Estados Unidos

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Telma Luzzani

Con la frase «América para los americanos», la tesis se fue acomodando a la política expansionista de Washington y su control de la región. El desafío chino y la resistencia que subsiste.

Defensor. El expresidente Trump y una reivindicación de la Doctrina ante la Asamblea General de la ONU, en septiembre de 2018.

Foto: Getty Images

La Doctrina Monroe, formulada hace 200 años ante el Congreso de Estados Unidos por el presidente James Monroe, sentó las bases para que ese país llevara a cabo el objetivo imperial y expansionista que ha tenido desde siempre, desde sus orígenes, con la llegada de los peregrinos puritanos del siglo XVII a América del Norte, hasta hoy, cuando la general Laura Richardson, jefa del Comando Sur, con temible sinceridad, habla de «nuestro litio» (aunque el yacimiento no esté en territorio estadounidense) y exige expulsar a China de la región.
Aquel 2 de diciembre de 1823, Monroe sintetizó la directriz político-estratégica de la doctrina en una frase: «América para los americanos» (es decir para los norteamericanos). El mensaje era doble: primero, para la Europa colonialista que, una vez derrotado Napoleón, estaba maquinando nuevas estrategias para reconquistar América y, segundo, para el resto de los habitantes del continente americano que tenían, con Simón Bolívar a la cabeza, sueños de verdadera independencia.
«Es la ocasión propicia para afirmar, como un principio que afecta a los derechos e intereses de Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización futura por ninguna potencia europea…», declaró Monroe. La Casa Blanca se comprometía a no meterse en los asuntos de Europa y a cambio exigía la no intervención europea en nuestros territorios.
EE.UU. estaba preocupado especialmente por España, Francia y la Rusia zarista que poseyó Alaska hasta 1867 y, en aquel momento, pretendía llegar hasta Oregón. Desconfiaba también del Reino Unido, por supuesto, pero con los británicos tenían diálogo y, de hecho, la idea de la «no intervención europea en América» había sido sugerida por Londres. Los británicos, que tenían intereses económicos en las antiguas colonias españolas, estaban muy interesados en expulsar a España, por lo cual, en agosto de 1823, el canciller británico, George Canning, le propuso a Richard Rush, embajador estadounidense en Londres, hacer una declaración conjunta antiintervencionista. «¿No ha llegado el momento de que nuestros dos Gobiernos puedan entenderse con respecto a las colonias de España en América?», le escribió Canning, en lo que puede considerarse el embrión de la Doctrina Monroe.
La sintonía con Londres y el hecho de que EE.UU. no tenía todavía el músculo militar necesario para imponer su doctrina a la fuerza explican por qué la Casa Blanca no dijo nada ante la ocupación de las Islas Malvinas (1833), el bloqueo anglo-francés a los puertos argentinos (1839-1840) y luego al Río de la Plata (1845-1850) y la ocupación de la Guayana Esequiba por parte de los británicos (1855), entre otros atropellos europeos.
Es muy importante recordar que, en la usurpación de Malvinas hubo connivencia (más que desentendimiento) por parte de Estados Unidos. Desde mediados de 1830 varios pesqueros norteamericanos provocaban abiertamente al gobernador Luis María Vernet (investido oficialmente como Primer Comandante Político Militar de las Islas Malvinas con sede en la Isla Soledad el 10 de junio de 1829) desobedeciendo las leyes argentinas que prohibían la caza de ballenas, lobos marinos y focas en la jurisdicción de las islas. A mediados de 1831, Estados Unidos declaró que el Gobierno argentino no tenía ninguna autoridad sobre las actividades de caza y pesca y que lo seguirían haciendo cuanto quisieran. La goleta «Harriet» desafió aún más la autoridad de Vernet y como respuesta, el 30 de julio de 1831, el gobernador la incautó y viajó a Buenos Aires para someter el caso a los Tribunales.
El cónsul norteamericano en Buenos Aires no solo desconoció el derecho argentino a regular la pesca, sino que le exigió al canciller Tomás de Anchorena la devolución del pesquero, una indemnización y enjuiciar a Vernet por pirata. Mientras tanto, el Pentágono ordenó a la fragata de guerra «USS Lexington» que formaba parte de su escuadra en el Atlántico Sur que se dirigiera a las islas.
El 28 de diciembre de 1831, la Lexington entró en la bahía Anunciación con bandera francesa e invitó a las autoridades argentinas interinas de las islas a «dialogar» a bordo. Una vez allí, fueron arrestados. Los estadounidenses de la fragata desembarcaron, incendiaron viviendas y propiedades, destruyeron cañones y artillería y saquearon lo que quedaba de las instalaciones militares. Los «prisioneros» fueron llevados hasta Montevideo, donde arribaron el 3 de febrero de 1832.
La controversia entre Washington y Buenos Aires siguió todo el año. Estados Unidos acusaba a los argentinos de «violar la libertad de pesca». Hecho el trabajo sucio por Washington, Londres ordenó a la corbeta HMS Clío «tomar el control de las islas y hacer efectivo el derecho de soberanía de Su Majestad Británica sobre ellas». El 2 de enero de 1833, el gobernador interino, capitán José María Pinedo, antepasado del actual dirigente del PRO Federico Pinedo, no presentó batalla y dejó las islas al mando del colono Juan Simón. El día 22, la Cancillería argentina presentó una protesta formal ante el funcionario británico y pidió a EE.UU. la aplicación de la Doctrina Monroe. El Departamento de Estado se negó como, un siglo y medio después, durante la guerra de Malvinas de 1982, rehusó aplicar el TIAR, tratado firmado por todos los países americanos que compromete, a todos, a la defensa mutua ante la agresión de una potencia extracontinental.

A lo largo de los años
En el año 1845, con la usurpación de la mitad del territorio de México por parte de EE.UU., quedó claro cuál era el significado de «América para los americanos». Juan Bautista Alberdi, entre muchos otros, lo denunció: «Si estos tres ejemplos –Texas, Nuevo México, California– no bastan para convencer a los sudamericanos de que el monroísmo es la conquista, su credulidad no tiene cura, y su desaparición como raza es su destino fatal».
La Doctrina Monroe fue acomodándose con las décadas –a veces de forma más evidente, a veces más subterránea– según los intereses de EE.UU. en cada momento. Un ejemplo entre muchos: en 1880, en plena etapa expansiva, se agrega el siguiente corolario: «Para evitar la injerencia de imperialismos extracontinentales en América, EE.UU. debe ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese». Washington ya planificaba un paso con funciones comerciales y militares para abaratar los costos de traslado mercante y conectar con rapidez las flotas del Atlántico y el Pacífico en caso de amenaza. En la época la ruta de los barcos era a través del Cabo de Hornos, travesía que duraba 60 días. En 1914 se inauguró el Canal de Panamá.
A partir de 1945, durante la Guerra Fría y por su competencia con la Unión Soviética, la injerencia en los asuntos internos de Nuestra América adoptó un perfil más siniestro: instauraciones de dictaduras militares, Gobiernos títere, invasiones militares, operaciones de falsa bandera, asesinatos de líderes y dirigentes perpetrados por la agencia de inteligencia (CIA), etcétera.
En el siglo XXI, salvo un brevísimo período en el gobierno de Barack Obama, el monroísmo continuó como principal proyecto continental. Con la asunción de Hugo Chávez y otros líderes progresistas latinoamericanos, el sueño de Monroe peligró. La región se integró con tal fuerza que llegó a voltear la Asociación de Libre Comercio para las Américas, ALCA (un proyecto que convertía a todo el continente en un solo mercado sin fronteras bajo la ideología neoliberal) y obligó a la Casa Blanca a decir, en noviembre de 2013, en boca del secretario de Estado de Obama, John Kerry, «la Doctrina Monroe ha terminado».
El segundo gobierno de Obama y los de sus sucesores, Donald Trump y Joseph Biden, la restauraron. Se inició el período de los golpes blandos (y no tanto), las sanciones económicas, el lawfare y los intentos de magnicidio. Por si no estaba claro, en 2018, el canciller de Trump, Rex Tillerson, lo dijo con todas las letras: «La Doctrina Monroe es tan relevante hoy como lo fue en el pasado». El mismo Trump, durante su gobierno, hizo una férrea defensa de la Doctrina en un discurso ante Naciones Unidas.
Actualmente, en un proceso histórico de transición hegemónica y evidente pérdida de liderazgo global, EE.UU. necesita más que nunca fortalecer el control del continente. Los rivales son China, Rusia y una novedosa asociación internacional llamada BRICS. La resistencia al monroísmo se localiza fuertemente en Cuba, Venezuela y Nicaragua. El resto de Nuestra América pendulea entre restauraciones conservadoras y avances progresistas. Pero, mal que le pese a Monroe, la espada de Bolívar sigue viva en América Latina.

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