Opinión

Luis Pablo Giniger

Cuando el medio es la mentira

En los últimos años los medios de comunicación, y en particular los espacios periodísticos, se han ido transformando de manera sustancial.
Hace ya varias décadas, los especialistas en comunicación advertían sobre la transformación del formato clásico del informativo en TV con la incorporación de varios recursos de otros géneros, como la música incidental como cortina de fondo y el entretenimiento entrelazado con las noticias políticas o de las mal llamadas policiales. Para un espectador desprevenido, entonces, se fue haciendo cada vez más difícil distinguir la información pura de las publinotas o la propaganda. Este nuevo género, el «infoentretenimiento», fue habilitando de a poco la utilización política encubierta en estos segmentos, ya sea a favor de un sector determinado o en detrimento de otro.
Nada de esto es nuevo en el periodismo, que en realidad surgió en todo el mundo como complemento de la tarea política, militante: el periódico como instrumento de difusión de ideas. La gran diferencia con la actualidad es que, en esos casos, el periodista o el dueño del periódico identificaba claramente su posición política, algo que –como sabemos– de a poco se fue ocultando ex profeso hasta instalar que la idea de la objetividad en la prensa era posible.
A lo que estamos asistiendo hoy en los medios de comunicación es diferente aunque, si se quiere, es un paso más en ese mismo derrotero. Con más frecuencia que la deseada se asiste a la mentira lisa y llana en medios escritos, televisión, radio y, por supuesto, redes sociales.
La operación es la siguiente: el conductor o conductora del programa dice algo que no es cierto, una supuesta información, un dato, sin citar la fuente ni aportar ningún tipo de pruebas sobre el tema y, más allá de que con el correr de las horas esta información se desmienta, ya fue instalada tantas veces por el sistema de multimedios (muchos medios en muy pocas manos) que, aunque en otros espacios se desmienta, ya queda instalada.
Como ejemplo, asistimos en estos días a una operación desinformativa a nivel mundial a propósito de la guerra entre Rusia y Ucrania con muchísima noticia falsa en medios nacionales e internacionales. Pero no hace falta irse al tratamiento mediático de la guerra en Europa para ilustrar el fenómeno, aquí en nuestro país el debate mediático en relación con los detalles del acuerdo del Gobierno con el FMI estuvo plagado de mentiras y desinformación y, a quienes hacían un esfuerzo por argumentar y explicar, se les opusieron siempre personajes histriónicos y mentirosos.
Suele culparse de este fenómeno a las redes sociales, pero se trata de una lógica que no comenzó allí y, en todo caso, las redes sociales son un instrumento más para quienes están interesados en desinformar y manipular a la opinión pública.
Si la función de la prensa y los medios de comunicación es la de transmitir información, de la manera más clara y fidedigna posible, esto no está ocurriendo. La opinión personal, institucional o de determinado sector político no solo es necesaria: la opinión pública tiene derecho a conocerla. Sin embargo, quienes la ejercen en los medios de comunicación deben identificarse como tales cada vez que se da una opinión y en ningún caso debe pasar como verdad objetiva, algo tan obvio como el derecho de las personas a formar y ejercer su opinión libremente.
Periódicamente se publican encuestas de opinión sobre la valoración que tiene la sociedad sobre los medios de comunicación y cada vez el apoyo es menor y la mirada es más crítica. Las audiencias, los pueblos, no son ingenuos ni pasivos ante la manipulación y es evidente que la desconfianza está instalada.
Por todo esto es imprescindible profundizar el análisis crítico de los medios, para desnudar y limitar estas operaciones y a la vez contribuir a la construcción de otro periodismo, otra comunicación, que permitan avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria.

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