De cerca | EN LA PIEL DE UN PRÓCER

«Subo al escenario y soy Sarmiento»

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Javier Firpo

Después de indagar a fondo en la compleja personalidad del autor de Facundo, Juan Leyrado lo trae al presente en la Sala Solidaridad del CCC. Historia, prejuicios y postales de una Argentina en crisis.

Foto: Jorge Aloy

Pensativo y silencioso, Juan Leyrado aguarda mientras el equipo de Acción acomoda cámaras, luces y micrófono. Mira hacia el pulmón de manzana donde el verde parece hipnotizarlo. «Vengo poco acá, pero cuando lo hago, me quedo cautivado mirando hacia afuera, me da paz», dice. Estamos en el consultorio de su mujer psicoanalista, en Villa Freud. El actor dice estar «en un momento de disfrute gracias a este trabajo». Se refiere a Sarmiento, la clase, la obra que protagoniza en la Sala Solidaridad del Centro Cultural de la Cooperación desde mediados de abril.

«¿Vos sabés que, entre tantas cosas que hizo Domingo Faustino Sarmiento, también incursionó en el mundo del teatro?», sorprende con su pregunta. «Tenía un grupo de actores con los que hacía algunos trabajos en escena. Pero Sarmiento, la clase es la primera vez, tengo entendido, en la que su figura es llevada a un escenario, cosa que me llama mucho la atención. El cine sí lo evocó en Su mejor alumno en 1944, la película de Lucas Demare, con Enrique Muiño en la piel de Sarmiento», informa.

Leyrado cuenta que en los últimos 12 meses estudió todo lo que pudo sobre el padre del aula. «Estando en Mendoza con amigos, en una sobremesa, un productor de cine me dijo al pasar: “Juan, ¿sabés que sos igual a Sarmiento? Tenés que hacerlo, loco, tenés que llevarlo al teatro, ¡cómo no te lo dijeron antes!”. Yo no le di bola, le dije que ni en pedo, que no me sentía parecido y que, además, tenía cierto prejuicio sobre Sarmiento a partir de algunas cosas que había leído. Quería ser más amplio en los motivos de mi rechazo a su propuesta y me puse a investigar hasta que, para mi sorpresa, me encontré con otro Sarmiento respecto al que nos enseñaron y a lo que yo creía. Y me empecé a amigar con su figura, a pesar de seguir manteniendo algunas diferencias», explica.

–¿Qué aspectos eran los que, a priori, no te gustaban?
–Mi visión era parecida a la de la mayoría, por mi ignorancia lo tenía en otro lado. Recordaba siempre una frase que Sarmiento le había escrito a Mitre en una carta, donde decía que no escatime sangre de gauchos. Eso más lo que estudiaba en el colegio y lo poco que leí de su libro Facundo, al que abandoné en la página quince porque no me interesaba su ideología. Pero ahora, a partir de la obra, me encontré con un hombre con una pluma extraordinaria: Borges y Cortázar lo elevaron muchísimo. Además de ser una persona que hizo y creó siempre en beneficio del país, se enfrentó con la Sociedad Rural y hasta con el propio Bartolomé Mitre, también fue criticado por la política de izquierda y de derecha. Descubrí a un hombre apasionado, aventurero y mujeriego.

–¿Te terminaste encariñando?
–A partir de todo el material recabado me pregunté: «¿Y yo qué hubiera pensado hace 138 años, en 1888, cuando murió Sarmiento? ¿Qué hubiera dicho, qué hubiera escrito?». Había que ponerse en el contexto de la época y así empezaron a aparecer cosas interesantes y me fui sintiendo representando por este hombre, empecé a comprender por qué el tipo estaba a favor de lo que llamaba civilización y barbarie, no como dicen muchos «civilización o barbarie». Comprendí que todos somos civilizados y bárbaros, todos tenemos luces y sombras. Y volví a leer Facundo y esta vez sí, lo terminé y lo disfruté.

–¿Cómo fuiste reuniendo material para estudiar al personaje?
–Hace tres años que me puse a trabajar en la investigación de Sarmiento y fue muy importante el aporte de Felipe Pigna, quien me pasó mucha información. En un momento era tanto lo que tenía, que me resultaba imposible construir un guion. Quería encontrar a alguien que con todo ese material escribiera una linda historia para este unipersonal y ahí es cuando apareció Juan Francisco Dasso, un joven y eximio escritor de teatro, que primero ordenó todo y luego elaboró una hermosa pieza teatral.

–¿En qué época transcurre la obra?
–En estos tiempos. Sarmiento vuelve de la muerte y es convocado para realizar una conferencia sobre cómo ve a la Ciudad de Buenos Aires en particular y la Argentina en general, mientras va intercalando con las cosas que hizo en su tiempo.

–¿Se habla de política y de temas actuales?
–Sí, claro, Sarmiento fue presidente, con lo cual no faltan los temas que nos importan, como la educación actual, que está tan bajo la lupa. También ratifica aquella reconocida frase «civilización y barbarie», muestra su personalidad, su humor y su manera de ser. Lo llamaban «el Loco» por sus arranques de ira.

–¿Qué le preguntarías a Sarmiento si pudieras?
–Si es peronista. Yo creo que sí, pero es algo muy mío. También le preguntaría cómo me ve en la obra en la que lo interpreto.

Foto: Jorge Aloy

–¿Te mimetizás con el personaje?
–Debo reconocer que el personaje tiene una energía fuerte y yo lo siento, la percibo. Subo al escenario y soy Sarmiento, pero me bajo y me voy a comer una pizza siendo Leyrado. Ya pasó esa cosa de sentirme el personaje, ya está, la gente sabe y paga una entrada de teatro para ver cómo un actor juega a ser otra persona.

–En este tipo de obras, ¿aparecen las enseñanzas de tu maestro, Agustín Alezzo?
–Cuando empecé con todo este proyecto de Sarmiento, recurrí a mi amigo Julio Chávez y le comenté que necesitaba un director joven que pusiera un poco de orden al material y me respondió: «Hablá con Nico Dominici». Me entrevisté con este muchacho, le expliqué mi idea, pegamos onda. Nico es, también, profesor de teatro y me citó en su estudio. Cuando llegué me quedé impresionado.

–¿Qué viste?
–Una foto enorme de Agustín Alezzo y, arriba de la puerta, un cartel que decía «Estudio Alezzo». Lo recuerdo y se me pone la piel de gallina. Además de ser mi gran maestro, con Agustín di clases de expresión corporal y me dirigió en una obra. Me enteré de que Nicolás había sido alumno suyo y que le había dejado su escuela. ¿Entendés las vueltas de la vida? Estaba haciendo una obra en el lugar donde empezó todo mi camino.

–En estos días también estás filmando la segunda temporada de El tiempo puede esperar, que se verá por Netflix a fin de año.
–Sí, quiero agradecer a la producción de Underground que tuvo paciencia y me bancó, porque el rodaje de la serie coincidió con el estreno de la obra. Y fue cansador, mirá que hice tira diaria y teatro, y me la aguantaba, pero ahora estoy grande para este vértigo que conozco y me gusta.

–¿Se disfruta igual?
–Sí, pero es bravo estar todo el día grabando. Son muchas horas, ahora se filma como si fuera cine, no televisión, y es otra exigencia. Antes yo hacía veinte escenas por día para la tira, se editaban y salían al otro día. Ahora es otra cosa, son otros tiempos, otra forma de laburar, la calidad se nota, es fantástica, pero exige más.

–¿Qué podés adelantar de la serie?
–Es muy loca la serie, muy fantasiosa, con humor y gancho. Conozco Underground, fui parte de Educando a Nina y Graduados y hay una impronta bien marcada. Yo interpreto al padre del protagonista, que tiene la característica de no hablar porque es un personaje que sufrió una hemiplejia. Entonces estoy en muchas escenas en silencio componiendo a un hombre que mira, escucha, pero no habla.

–¿Te gusta personificar papeles tan diferentes?
–Sí, mucho, pero no es nuevo. Recuerdo que me dieron un premio Martín Fierro al mejor actor dramático por Desde adentro, una de las primeras miniseries que se hicieron en Canal 13 y pocos años más tarde gané el Martín Fierro al mejor actor de comedia por Gasoleros. Me gusta que sea así, la diversidad es parte del oficio.

Foto: Agustín Bordignon

–Fue una de las tiras más populares de la época, ¿qué recordás de tu personaje, Panigassi?
–Que la gente me lo sigue celebrando por la calle. Un personaje querible, que me recordaba a mi infancia en Barracas. Panigassi era un tipo que parecía un filósofo de barrio, al que pude construir con mi propia experiencia.

–¿Fue el personaje de tu vida?
–De mi vida no, sí fue importante, claro, por la llegada que tuvo en la gente.

–¿Cómo recordás aquella televisión en la que había tanta ficción?
–Con mucho amor y alegría, pero no la añoro porque estoy en otro momento de mi vida y de mi energía corporal. Hoy no estoy para volverme loco doce horas por día. Ya lo hice. Sí extraño la televisión para ver, como público. Y aquello de trabajar en equipo, todos juntos, cuando éramos una familia de laburantes.

–¿Cómo ves a la Argentina modelo 2026?
–Está todo cambiado, ya está, y hace no mucho me di cuenta de que ya se probó con la izquierda, con la derecha y ahora estamos con esto de ahora que no sé qué nombre ponerle. Esto es lo nuevo, no sé si se va a imponer, si va a durar, es lo que la gente votó. ¿Cómo llamar a esto que está pasando a nivel político, social y económico? Yo no soy un especialista, pero me parece cruel, aunque quizás es una genialidad y lo que se necesita es que se mueran los que menos tienen, que desaparezca la clase media.

–¿Qué opinás del presidente?
–Es un maleducado y para él todos somos una mierda: los periodistas, los actores, los escritores. Y decís algo que no gusta y te escrachan. Tenemos un presidente que está doce horas mandando tuits, hablando de la patria cuando hay gente cagándose de hambre. Pero bueno, fue votado democráticamente.

–¿Qué le diría Sarmiento a Milei?
–La verdad, no sé, se lo voy a preguntar en el camarín. Pero seguro que no estaría contento para nada, menos con una educación tan desfinanciada.

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