15 de mayo de 2026
River, Rosario Central, Belgrano y Argentinos Juniors definirán quién será el primer campeón oficial de 2026. Uno por uno, estilos de juego, tácticas y figuras de cara a las semifinales del 16 y 17 de mayo.

Alto voltaje. Di María frente a Montiel y Martínez Cuarta, en el primer encuentro que disputaron Canallas y Millonarios en febrero de este año.
Foto: Getty Images
A veces, dos pasos son un montón. A veces, dos pasos no son nada. ¿Cuánto cabe en dos pasos, los dos partidos posibles para consagrarse campeón, para los semifinalistas del torneo de Primera de la Argentina? ¿Cuánto son dos pasos para Argentinos y Belgrano, que se cruzarán en La Paternal el domingo 17, a las 17? ¿Cuántos representan esos mismos pasos para River y Rosario Central, que pisarán el césped del Monumental el sábado 16, a las 19:30? Esos pasos son, desde luego, hacia adelante. Esos pasos no pueden pensarse sin los pasos que dieron hasta acá. Los pasos que dieron jugando. Los pasos que implican su modo de jugar.
En Argentinos, una clave es el arquero. El chileno Bryan Cortés, que llegó para cubrir mejor que nadie la ausencia por lesión que dejó Diego Rodríguez, se corresponde exacto con el modelo trazado por el entrenador Nicolás Diez: funciona como un jugador más. Tanto que se anima a caminar con la pelota, fijar rivales para que le salten a marcar y encontrar a los centrales libres. Así, el equipo procura modelar una línea de tres defensores cuando pasa de la zona de inicio a la zona del medio. Usualmente, esa región central es el reino de Federico Fattori. Sin embargo, inteligente, decodificador de cada respiración de la cancha, hay momentos en los que Fattori encuentra la ventaja yéndose a un costado, por lo que migran allí los defensores Francisco Álvarez –en gran nivel– o Juan Riquelme –en rendimiento creciente–. Ambos son especialmente anticipadores dentro de un planteo que sobresale en los pastos argentinos por la presión alta, por ahogar con insistencia, por recuperar cada vez mejor con esa propuesta. Ese sello se notó mucho en los últimos partidos. Para quienes diseccionan los esquemas con números, el de Diez resulta bastante claro: 4-1-2-2-1. Todo se entiende desde el cuadrado del medio. Lo rotan. Al punto que Alan Lescano empezó en la parte superior del cuadrado y hoy frecuenta más otras geografías. La venta de Alan Rodríguez a Inter y la llegada de Hernán López Muñoz llevó un tiempo de transición en el cual Nicolás Oroz, zurdo y experimentado, se tornó pieza clave, acaso el futbolista dilecto del entrenador. Aunque lo formaron Jorge Sampaoli y Sebastián Beccacece, Diez se desprende de esa herencia: no apela a los wines y confía en que ese espacio lo transiten sus marcadores de punta (Leandro Lozano y Sebastián Prieto), quienes, al cabo, ejercen de extremos. Curioso: Argentinos, que va y va con la pelota en el piso, eliminó a Lanús (primer gol, Álvarez) y a Huracán (único gol, Tomás Molina) con centros y cabezazos. El resto es lo de siempre: este deporte es de los jugadores. Y Argentinos dispone de Lescano, capitán y corredor, pero más que nada un virtuoso de la técnica: gambetea, gira como pocos donde se esfuma el espacio, patea con chispa. Sus socios ofensivos mutan (a mirar bien a Facundo Jainikoski, delantero que ya es más que proyecto) según lo que se necesite (Iván Morales, Lautaro Giaccone) y su esperanza de victoria es Molina, goleador versátil, capaz de rehacerse de las malas a la manera de quienes intuyen que, en algún instante, sacudirá la red.
Belgrano se ilusiona develando que los esquemas son los esquemas pero, la fisonomía depende de los que juegan. Aquellos que lo observan enfatizan que el conjunto de Córdoba se planta con el 4-2-3-1 que privilegia Ricardo Zielinski. Sueña alto y eso que recién en la última fecha de la fase regular, una goleada contra Sarmiento, encontró a los protagonistas ideales. Ulises Sánchez, forjado en Boca, se desplaza mucho más cómodo en su sociedad más o menos flamante con Sebastián Longo (un histórico del club que viene de efectuar un paso corto en el San Pablo) para poblar sabiamente una mitad de cancha que, en otro tramo de la competición, se convertía en sufrimiento: basta recordar la derrota amplia frente a River y las desprotecciones que ahora, según se vio en los triunfos sobre Talleres y sobre Unión, insinúan estar resueltas. Alrededor del eje Sánchez-Longo, emerge el orden y ese orden invita a que la dupla Lisandro López-Leonardo Morales (con un inconveniente físico que lo hizo salir ante Unión) resista igual y sufra menos. De allí hacia el arco oponente, abunda la siembra más compleja: hay creatividad. A los casi 34 años, Lucas Zelarayán siembra hasta donde no hay agua y, además, simboliza la identidad. Un montón. Francisco González Metilli, alguna vez autor de un gol nominado para el Premio Puskas, pisa el área sin renunciar a ningún despliegue y alimenta lo que, con oscilaciones pero prometiendo cada vez, expresa Emiliano Rigoni, otro emblema, atacando por la derecha. Clásico centrodelantero, más que gravitante en los octavos de final con Talleres, Lucas Passerini le cedió su sitio, por suspensión, a Uvita Fernández en los cuartos de final. Uno oficia de referencia más fija y el otro se mueve menos detectable. El ingenio de Zelarayán logra hallarlos a ambos, esté quien esté. Y, cuando Zielinski lo evalúe pertinente, salta al césped otra bandera de la institución, Franco Vázquez, 37 años, alguien que, unos metros más atrás o más adelante, contribuye con una calidad que articula su olfato para localizar en qué rincón del campo hay que resolver algo y la fineza de su zurda. El uruguayo Thiago Cardozo enfoca ese horizonte desde el arco y acumula unas cuantas tapadas notables.
Presión
River es, de a poco, como sea posible entre los vértigos y las histerias de esta era, el River del Chacho Coudet. Presión, presión, presión. Alguien que conoce al DT de cerca susurra: «En el fútbol argentino, es el equipo que más maneja o más intenta manejar distancias europeas». La amplitud la conceden los marcadores de punta o, en la jerga que se impone, los laterales. Lo advierte cada quien sudó en un estadio en un equipo más o menos organizado: no es que ocupa la última línea por fuera «estando» y sí la ocupa «llegando». Incluso si, tal cual ocurrió con Gimnasia, Gonzalo Montiel se queda afuera o Marcos Acuña dura un rato. Angosto y corto. Y presionar en la banda, como charlaba extenso César Luis Menotti. Una vez más, los esquemas. Coudet fotocopia a Coudet: 4-1-3-2., en lo que conforma casi una herencia del River de Marcelo Gallardo. Dos puntas evidentes porque «los equipos grandes juegan con dos puntas», según el entrenador.
El armado –o la voluntad de armado– del juego nuclea a tres. Dos centrales y Fausto Vera. Dos centrales y Acuña. Geometrías sencillas: Aníbal Moreno se ubica –siempre en principio: nunca conviene olvidar que el fútbol es una colección de dinámicas y que, entre esas dinámicas, la de «lo impensado», de Dante Panzeri, persiste mayúscula– como la punta alta de un primer rombo. La toca menos que con camisetas anteriores el exvolante de Newell’s, Racing y Palmeiras. Obra como un señuelo para mantener la presión del rival. En la mañana del jueves, aún con la garganta raspada por los cantos y los fríos de la noche del éxito sobre Gimnasia, un hincha consecuente de River sintetizó: «No jugamos todavía muy bien pero presionamos todo el tiempo, no jugamos todavía bien pero se nos está dando, no jugamos todavía bien pero no hay ningún equipo que tire más diagonales que nosotros». La última mirada es especialmente lúcida: los mediocampistas internos, el enganche que sea y los dos de adelante fabrican espacios de ese modo, siguiendo lo que la memoria del fútbol ofrece como práctica espontánea y el presente del fútbol enhebra como práctica sistematizada. Quienes estudian el juego denominan a eso «movimientos de arrastre». El hincha enronquecido abrevia: «Pica uno para que entre el siguiente. Lo hacíamos en el barrio. Ni en el barrio ni, por ahora, en el Monumental nos sale muy preciso». Ilusionado con la riqueza para definir de Sebastián Driussi (o con que si el universo se pone adverso el pibe Santiago Beltrán continuará iluminando desde el arco), insiste en que River viene derecho y pronto le va a salir.

Caras conocidas. Bichos y Piratas reeditarán el duelo clave de 2025, por Copa Argentina.
Foto: NA
Otros dos grandes candidatos
Central es muchas cuestiones. Y, en el tope, es Ángel Di María. Aventura humana plena de memoria, el fútbol se rinde frente a los cracks y a los supercracks. Di María, con asiduidad erigido sobre la derecha como en tantas épicas suyas y mucho menos sobre la izquierda como en la final victoriosa de Qatar, es un tipo libre que resuelve. Lo que se le ocurre, en general, fluye. No sólo como en la maniobra artística que transformó en gol frente a Independiente. También como lanzador más exacto que ninguno (o como Leandro Paredes, su compañero campeón mundial, que impone esa precisión en Boca). Muchísimo termina o transcurre en ese Central que va rumbo al ataque. Superó entre polémicas a Racing en los cuartos de final y, por pasajes, emplea un esquema con alguna similitud al de su vencido: 5-2-3 o, al menos, 5-2 y que Di María diseñe el resto. Por lesiones, perdió en esta etapa al colombiano Jaminton Campaz y a Julián Fernández, que desbandan por el poder de la gambeta. Alejo Véliz atrae a socios y a antagonistas. Su potencia como 9 puede desembocar en el gol o en la segunda pelota que recogen con eficiencia Franco Ibarra (cada vez más completo como jugador) y el chileno Vicente Pizarro. Enzo Copetti, que inclinó el resultado ante Racing, ataca y lucha, lucha y ataca. Si no bastara con eso, el reaparecido ídolo Marco Rubén cranea su última hazaña y Giovanni Cantizano, otro chiquito, descollante contra Independiente, palpita para sumar su velocidad. En el fondo, Ignacio Ovando (18 años) asombra por sus condiciones y se gesta mucho más peso ofensivo por derecha con Emanuel Coronel que por izquierda con Agustín Sández -que sí incide en el juego aéreo, otro atributo del equipo- en la convicción de darle amplitud a la ofensiva. Igual, más allá o más acá de todos los análisis, Di María pasea su dimensión de futbolista como un imán para compañeros, contrincantes, públicos o quien sea. Una cumbre entre todo lo que las semifinales portan como oferta de fútbol.
Dos pasos, apenas dos pasos, tanto como dos pasos, la gloria o como se llame a dos pasos. La ruta está abierta para ver quién dibuja el recorrido campeón.
